En la república de 1931 hubo dos tendencias principales. Una aspiraba a una democracia liberal, y la otra venía impregnada de mesianismo revolucionario y, por tanto, de demagogia. La primera la auspiciaron los llamados Padres espirituales de la República, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, así como los organizadores del movimiento republicano, Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura.
La tendencia mesiánica dominaba en la izquierda, desde Azaña, que tenía una concepción despótica (un régimen para todos los españoles pero gobernado forzosamente por los autoproclamados republicanos, es decir, los afines al propio Azaña), hasta el Partido Socialista, que tras haber colaborado con la dictadura de Primo de Rivera pasó a exigir la dictadura del proletariado, es decir, del propio PSOE; pasando por los separatistas vascos y catalanes, o los anarquistas, sistemáticamente violentos.
Cabe interpretar la evolución de aquel régimen como la pugna entre esas dos concepciones, la democrático-liberal y la despótico-revolucionaria. Desde muy pronto la segunda desbordó a la primera con agresiones brutales, como la quema de iglesias, bibliotecas y centros escolares, y una Constitución sectaria, no laica sino antirreligiosa. Tales abusos expulsaron del ideal republicano a una gran masa de la población, representada en la CEDA, la cual aceptó pacíficamente al nuevo régimen y sus leyes pero no pudo identificarse con él. Ello debilitó el proyecto de una democracia moderna y pluralista donde cupieran todos los españoles.
En 1933, luego de dos años de experiencia de gobierno de izquierdas, una amplia mayoría de la población votó al centro-derecha, que llegó al poder pacífica y legalmente. Pero la decisión popular fue rechazada por las izquierdas y los separatismos, los cuales intentaron varios golpes de estado, desestabilizaron el Gobierno legítimo y, finalmente, planearon, en sus propias palabras, la guerra civil. La derecha defendió la legalidad republicana, pese a disgustarle, contra el asalto de las izquierdas, que ocasionó una guerra en octubre de 1934 con 1.400 muertos en 26 provincias, y enormes daños materiales.
Pese a este fracaso, la corriente despótico-revolucionaria, atribuyéndose con pleno fraude la legitimidad republicana, consiguió unirse y volver a la carga. En los comicios de 1936, repletos de irregularidades, ganó, en principio, en diputados, empatando en votos (si bien los supuestos vencedores nunca publicaron los datos fehacientes de las elecciones). Su victoria originó un rápido proceso de descomposición social y política, con cientos de muertes, incendios y destrucciones, culminados en el secuestro y asesinato de Calvo Sotelo, uno de los jefes de la oposición, y el intento fallido contra otros. Este crimen, perpetrado por la policía y milicianos socialistas, prueba la extrema degradación de un Estado cuyos aparatos de seguridad actuaban como grupos terroristas.
La legalidad había sido destruida por completo desde el Gobierno y desde la calle, y ello causó la Guerra Civil; o, más propiamente, la reanudación de ella después de los episodios de 1934. Vale la pena recordar las invectivas de los "Padres espirituales de la República", y de tantas personas sensatas, contra "los desalmados mentecatos", "los canallas" que habían traído la ruina al régimen y la guerra a España
Hoy contemplamos con alarma cómo un presidente del Gobierno se declara "rojo", es decir, afín a la ideología más mortífera y tiránica del siglo XX, en rivalidad con la nazi; y reivindica los "valores republicanos", entendiendo por tales los de la corriente despótico-revolucionaria. Le oímos hablar de "Paz, piedad, perdón", pervirtiendo el lenguaje de forma inaudita. Para él, la paz se obtiene liquidando la Constitución; la piedad la dedica a los asesinos y la aparta de sus víctimas; y el perdón, grotesco perdón, consiste en la legalización del asesinato como forma de hacer política y obtener ventajas inadmisibles.
El Gobierno actual está destruyendo la ley, y por tanto la posibilidad de una convivencia en paz y en libertad en España. Y los ciudadanos demócratas debemos denunciar y frenar este proceso enloquecido.
Quiero rescatar esta denuncia al PSC, realizada nada más formar Gobierno Maragall con Iniciativa y ERC, porque aún hoy en España hay socialistas que no se han caído del guindo.
Autonómicas catalanas, noviembre de 2003. Han sido necesarios 23 años y un nuevo revés para que los votantes socialistas comiencen a sospechar que las derrotas continuadas y sistemáticas, mantenidas a pesar de la evidencia de sus errores, no eran equivocaciones inocentes sino la evidencia de una estrategia llevada durante años por los barones nacionalistas del PSC para eliminar al PSOE de Cataluña. Por decirlo sin matices: los reventós, obiols, molas, maragalls, nadales, etcétera, serían el Caballo de Troya que ha utilizado la burguesía nacionalista para disolver la fuerza socialista de raíz española representada en Cataluña por la emigración, con escasa o nula simpatía al nacionalismo.
Por eso no comprendimos, pero acatamos, en 1980 la renuncia de Joan Reventós a encarar el incipiente nacionalismo de Pujol. ¡Qué ingenuos! Por entonces creímos que lo hacía obligado por la aritmética electoral y la generosidad socialista para cooperar en una transición tranquila. Más tarde se negaron a matizar el rencor encubierto hacia todo símbolo cultural español que, sutilmente primero, groseramente después, se fue imponiendo desde la escuela y los medios de comunicación públicos y afines.
Y, puestos ya a transigir, renunciaron a denunciar la política de segregación lingüística cuando a los hijos de sus votantes les inmersionaban en catalán desde preescolar, no para aprender dos idiomas sino para arrancarles de cuajo el sentimiento del que traían de casa. Y cuando alguien protestó contra este monolingüismo no dudaron en apoyar la criminalización que el nacionalismo ponía en marcha contra los disidentes.
No pudimos sospechar entonces qué extraña misión patriótica se impusieron para evitar el "lerrouxismo", ese espantapájaros utilizado para dejar sin voz a todos los que no estuvieran por la construcción nacional, ni qué extraña visión les condujo a empaquetar en un mismo infierno a los defensores del bilingüismo con los "fachas", otro espantapájaros para callar al disidente. ¿Dónde están aquellas "hordas fachas" de las que nos defendían cada vez que exigíamos derechos lingüísticos? A espaldas de sus militantes andaluces, desnutrían el catalanismo propio para engordar el nacionalismo de sus adversarios políticos.
El "oasis catalán" se incubó en estos años. Líderes sindicales, asociaciones de vecinos y de padres, claustros y rectorados universitarios, colegios de licenciados, innumerables revistas subvencionadas por las instituciones nacionalistas, prensa escrita y medios audiovisuales de comunicación; todos y cada uno de los espacios sociales y políticos se ponían al servicio de la nueva verdad de época: el nacionalismo. Silencio, cooperación, manipulación, acoso moral al disidente.
Pronto, muy pronto, el olfato alertó que podías quedar fuera del concurso social, laboral, político si contradecías esa verdad de época. Y los que tenían la obligación de denunciarlo y podían haberlo hecho se dedicaron a apuntalarla. Relegaron su ideología de izquierdas en favor de la nación y renunciaron a la lucha por la igualdad.
El esfuerzo debido a la justicia social se perdía en discursos etnicistas, como la reforma del Estatuto, la exigencia del federalismo asimétrico (dícese de la reivindicación de la desigualdad en nombre de la patria) o la resurrección de la Corona de Aragón para simular el complejo nacionalista. Nada contra esos cachorros convergentes de ERC cuando, blandiendo el discurso más reaccionario y contrario a la ideología socialista, pretendían acabar con la única revolución social posible en el siglo XXI: la nivelación de la economía a través de los impuestos. Argumento: "España nos roba cada año dos billones de pesetas".
¿No había ningún líder socialista para aclararles que Cataluña no paga impuestos, sino que lo hacen los ciudadanos? ¿Ninguno que les recordara que quien gana 45.000 euros en Cataluña paga el mismo 45% que quien los gana en Extremadura? ¿Ninguno que les reprochara que tal argumento, llevado a sus últimas consecuencias, significaría que los de Barcelona podrían exigir gestionar sus impuestos frente a las comarcas menos prósperas de Cataluña, y los ricos de Pedralbes frente a los barrios más pobres de Barcelona? Seguro que la Bonanova tendría los mejores servicios sociales y las pensiones más altas de Europa, pero Nou Barris carecería de lo más elemental. Al final, el más rico del lugar exigiría gestionar sus propios impuestos, ya que su dinero no retornaba a él en su totalidad.
En lugar de desenmascarar estos discursos de la derecha más rancia, se han confundido con ellos para inventar agravios, crear insatisfacción y provocar frustración: "El Estado nos roba", "El catalán desaparecerá en 50 años", "Mientras Cataluña trabaja, Andalucía vive del paro", "Salamanca se niega a devolver nuestros archivos", "Las autopistas catalanas son las únicas del Estado que pagan peaje"; y, para colmo, "Nos quieren robar el agua del Ebro". "Ni una gota fuera de Cataluña". Crear frustración para presentar al nacionalismo como la única forma de evitarla.
Durante 25 años, la federación socialista del PSOE, engañada o vendida a los dirigentes con pedrigí nacionalista, acompañada de nacionalcomunistas de salón y sindicalistas burocratizados, les han ayudado a generar esa frustración, y ahora no comprenden por qué los jóvenes han votado al nacionalismo independentista de ERC. ¡Por Dios! ¿Tan difícil es ver que durante 25 años han estado legalizando y ensanchando el espacio nacionalista hasta convertirlo en el único campo de juego, fuera del cual no es posible jugar? ¿No se dan cuenta de que han estado engordando a sus sepultureros? ¿Qué esperaban?
Era comprensible que lo hiciera el pujolismo: vivía de ese victimismo nacionalista; como comprensible es el empecinamiento de ERC por alcanzar la independencia: es su negocio. Pero que renunciara a su ideología el Partido Socialista Obrero Español sólo podía ser de ingenuos, de acomplejados o de entristas al servicio del nacionalismo. Ahora podemos saber con certeza que ha sido fundamentalmente por esto último.
Retrocedamos al origen del PSC, a finales de los años 70. Allí encontraremos el origen oculto y ocultado de una estrategia nacionalista cuyo interés fue poner los fines nacionalistas por encima de la ideología socialista [*].
Cuenta Oriol Bohigas, en Entusiasmos compartidos y batallas sin cuartel, que en 1977 el que llegaría a ser líder del PSC, Joan Reventós, presidente en esos momentos de Convergencia Socialista de Cataluña, le advirtió (así como a Josep Maria Castellet) del "peligro de un triunfo en solitario del PSOE". Por entonces, la Federación Catalana del PSOE, dirigida por Josep M. Triginer, tenía gran implantación social, pero no era nacionalista, mientras el Reagrupament, dirigido por Josep Pallach, era nacionalista pero sin implantación social. Ante ese panorama, Joan Reventós advierte a sus dos amigos de que la única salida era aliarse con el PSOE.
"Esta situación tenía una doble ventaja: se aseguraban los votos populares propios del partido de González y se garantizaba el catalanismo gracias a Convergencia. Lo que no dijo Reventós, o no recoge Bohigas en sus memorias, es que los catalanistas irían a la cúpula mientras el PSOE ponía el cuerpo militante y electoral. Así se tendría una izquierda 'propia', una lengua 'propia', una cultura 'propia'" (C. A. de los Ríos, La izquierda y la nación, Planeta, 1999).
Muchos años después, con motivo de la presentación de sus memorias de embajador, el líder socialista Joan Reventós se responsabilizaba de la hegemonía del nacionalismo:
"Yo rechacé el pacto con Pujol porque los socialistas nos hubiéramos partido en dos mitades. Y preferí la hegemonía de Pujol a que en Cataluña se instaurara con fuerza una opción lerroxista".
Continuará…
[*] Esta política de disolver el socialismo en el nacionalismo no la han inventado ni ERC ni el PSC, sino la Alemania nazi de Adolf Hitler. Define así al nacionalsocialismo la Gran Enciclopedia Larousse:
"Doctrina de Hitler y del Partido Nacionalsocialista. El nombre de 'nacionalsocialismo' señala el intento realizado por ciertos nacionalistas para separar a las masas del socialismo, al que se reprochaba ser internacionalista y, por lo tanto, destructor de la comunidad nacional. Esta teoría fue expuesta por primera vez en el programa de veinticinco puntos redactado por Feder para el Partido Obrero Alemán (1920), y después en Mi lucha, obra de Hitler (1925-1927)".
Huelga decir que ni en las intenciones ni en la realidad tiene nada que ver el PSC, o ERC, con ese partido nacionalsocialista de infausta memoria, pero no deja de ser inquietante que ambos tomen de aquél el camino de nacionalizar, en lugar de socializar y universalizar.
El tema de la Guerra Civil está hoy de plena actualidad. Recuerdo que en mi primera comparecencia política en los años de la Transición, en la que diserté sobre los fueros del futuro, dije lo siguiente: “Para que la democracia en España sea factible es preciso restañar definitivamente las heridas de la Guerra Civil. Yo tengo un profundo respeto hacia cuantos de buena fe en uno u otro bando creyeron luchar por un futuro mejor. Pero a la vista de los horrores de aquella lucha entre hermanos el corazón se estremece, y sólo quisiera que esa triste página de nuestra historia nunca hubiera tenido lugar. La amnistía debe ser el último acto de la gran tragedia, pero no puede convertirse en el comienzo de una nueva etapa revanchista”.
Fruto de ese espíritu de conciliación fue la Constitución de 1978. No en vano se le ha llamado la Constitución de la libertad y de la concordia. Los que la hicimos y la votamos estábamos convencidos de que la Guerra Civil, aquel gran fracaso colectivo de los españoles de los años 30, era ya un triste y trágico episodio definitivamente cerrado y enterrado.
Ocurre que el Gobierno de Rodríguez Zapatero, so pretexto de impulsar la "recuperación de la memoria histórica", ha vuelto a abrir el telón de la gran tragedia, pero de momento no parece tener otro objeto que mostrar los horrores protagonizados por el bando victorioso. Hay incluso una creciente sospecha de que, en último término, la recuperación de la memoria histórica no es más que la tapadera para otra operación política de gran calado: la recuperación de la legalidad republicana. El argumento subliminal es bien claro. Si los fascistas de la derecha derribaron la República, todo cuanto vino después está viciado de raíz, incluida la restauración de la Monarquía. Y si hasta ahora se respeta la figura de Don Juan Carlos –un rey bastante republicano, según Rodríguez Zapatero– es porque impulsó el tránsito a la democracia e impidió en 1981 el triunfo del golpe de Estado de los generales Milans del Bosch y Armada. Pero después ya veremos.
Hace unos día el hispanista Ian Gibson, en una entrevista publicada en el diario El País (22 de septiembre de 2005), decía: "Las heridas de la Guerra Civil sólo se curarán definitivamente cuando ambos bandos acepten la verdad de lo que pasó en sus respectivas retaguardias durante la contienda fratricida". Parece una reflexión razonable. Pero esta proposición de Gibson parte de un supuesto equivocado, cual es el de la existencia y permanencia en la España de hoy de los dos bandos enfrentados en la Guerra Civil. Y eso no es así, porque la inmensa mayoría de los españoles creyó, con todo fundamento, que la Constitución de 1978 cerraba el paso definitivamente a las dos Españas. A partir de su promulgación sólo habría ciudadanos españoles libres.
El problema reside en que la recuperación de la memoria histórica consista no en conocer con objetividad el pasado, sino en resucitar a uno de los bandos, el vencido en la Guerra Civil, presentado como protagonista de una titánica lucha frente al fascismo totalitario en pro de la democracia, de los derechos humanos y de un sistema político, social y económico justo y benéfico. Los valores cívicos y morales de la II República habrían sido aplastados por los sublevados de 1936, que no podían soportar un régimen político donde la libertad, la igualdad y la solidaridad constituían el eje fundamental de la acción de los poderes públicos. Los vencidos renacen, pues, de sus cenizas, a través de sus naturales continuadores políticos en la España de hoy, para vindicar su memoria y, de paso, para denunciar la ferocidad genocida del bando vencedor. De ahí a sentenciar la ilegitimidad de todo lo actuado en la Transición, bajo la tutela de los supuestos poderes fácticos del franquismo y de modo especial del ejército, no hay más que un paso.
Hay otro riesgo aún mayor. En España el bando vencedor de la Guerra Civil ha desaparecido. Nadie reivindica hoy la dictadura como régimen político ni justifica cualesquiera crímenes cometidos durante la Guerra Civil ni la represión posterior. Los partidos políticos que fueron responsables directos del alzamiento de 1936 o han desaparecido o apenas pasan de ser formaciones puramente testimoniales. Dicho de otra forma: ni UPN ni el Partido Popular tienen nada que ver con el franquismo. Ambas formaciones nacieron y se desarrollaron tras la instauración de la democracia con el compromiso claro y nítido de defender el marco de convivencia de nuestra Constitución. La pretensión de que el Partido Popular o UPN pidan perdón por los crímenes cometidos en la retaguardia en la Guerra Civil y por la represión franquista no tiene ningún fundamento. Ni uno ni otro pertenecen a ninguno de los bandos enfrentados.
Por el contrario, la izquierda española la integran los mismos partidos que tanto contribuyeron al fracaso de la República, como el PSOE, el Partido Comunista y Esquerra Republicana de Cataluña. Más aún, se da la circunstancia de que los partidos que hoy gobiernan España formaban el núcleo esencial del Frente Popular que condujo la II República al precipicio. Aun con todo, esto no fue ningún obstáculo para lograr el consenso que permitió una transición política ejemplar, pues los partidos metieron en el baúl de los recuerdos su pasado para mirar hacia delante. A nadie se le preguntaba de dónde venía, sino a dónde quería ir.
Sin embargo, la recuperación, al cabo de treinta años, de la memoria histórica puede tener otro efecto perverso, si los partidos históricos caen en la tentación de convertir aquel funesto episodio en una historia maniquea, de buenos y malos, para que al fin los malvados vencedores de ayer sean derrotados por los buenos de hoy. Los partidos históricos del actual sistema, cuando reivindican con orgullo su pasado, están en su derecho, pero no tanto cuando omiten cualquier referencia a sus propias responsabilidades durante la República y la Guerra Civil. O cuando transmiten la idea de que el Partido Popular y UPN son los herederos ideológicos de aquella derecha conservadora, clerical y fascista, enemiga de la democracia, que decidió un buen día porque sí derribar por la fuerza el poder legalmente establecido.
Se intenta demonizar a la derecha para deslegitimarla como opción de gobierno. Sólo la izquierda progresista tiene derecho a ejercer el poder, porque la derecha es fascismo. ¿Qué puede ocurrir si se sigue por este camino? Pues que se reabran las heridas de la Guerra Civil que creíamos totalmente cicatrizadas, y eso sí que es un esperpento o un desatino.
Al comentar la frase del hispanista Gibson dije que su proposición era imposible de llevar a cabo porque el bando vencedor ya no existe y es imposible que pida perdón. Por otra parte, la izquierda histórica tampoco parece estar dispuesta a hacerlo, y no hay por qué exigírselo. ¿Entonces? La solución sería dejar hablar a la historia, con objetividad, sin apasionamiento ni espíritu revanchista. Y la historia no es cosa de políticos sino de historiadores. En cualquier caso, seamos conscientes de que obligar a los nietos de la generación del 36 a tener que alinearse, en memoria de sus abuelos, con una de aquellas dos Españas enfrentadas es volver a sembrar odio, resentimiento, confrontación civil.
Reivindiquemos, pues, el espíritu de la Transición. Rechacemos toda suerte de extremismos. Tendamos la mano y no cerremos el puño. Somos ciudadanos de un país democrático y libre, además de próspero. Aprendamos las lecciones de la historia, pero neguémonos a repetirla.
Hace poco ha llegado a las pantallas españolas la versión cinematográfica de un cuento clásico de Ray Bradbury, El sonido del trueno, escrito en 1952. Bradbury estimó por entonces, cuando la fecha parecía tan inalcanzable como 1984, que en 2055 se podría viajar en el tiempo; y como creía –y cree– que los avances científicos están condenados a la banalización por la propia condición humana, imaginó a un grupo interesado en hacer safaris al pasado remoto en busca de dinosaurios.
Las cosas están dispuestas de modo que los viajeros en el tiempo tienen sendas trazadas de las que no deben apartarse: una pisada fuera de ese camino puede ocasionar cambios de proyección incalculables. No hay que abandonar nada de lo que se lleve en el territorio temporal visitado, no hay que traerse ningún recuerdo, no hay que alterar nada. Por supuesto, habrá quien viole una de esas normas, y al regreso el presente será radicalmente distinto de aquel del que se partió: decididamente irreconocible, puesto que se habrá modificado toda la cadena de la evolución y las especies derivadas no serán las mismas.
En el final de la narración de Bradbury se descubre una mariposa muerta bajo la bota de uno de los turistas. El principio del que se parte es evidente: cualquier intervención en el pasado tiene su reflejo en el presente; además, cuanto mayor sea la distancia entre el presente y el punto del pasado en que se intervenga, mayores serán las consecuencias. Se trata de una versión de índole temporal de aquello que la teoría del caos enuncia como espacial al hablar del efecto mariposa: "El batir de alas de una mariposa en Tokio puede producir una tormenta en Ámsterdam".
La humanidad interviene constantemente en su pasado, que no es natural, sino histórico –el hombre no tiene naturaleza, sino historia, decía Ortega–. Pero con ello ocasiona trastornos igualmente significativos. Otra vez Ortega: la historia es "el sistema de las experiencias humanas que forman una cadena inexorable y única". Claro que ese sistema de experiencias depende de un factor inconstante: la memoria. Y el sistema está en permanente recomposición, porque la historia no es una sucesión de hechos, de acontecimientos, sino el relato que de ellos se hace.
El sistema de las experiencias es un sistema narrativo. Los románticos fueron los primeros en comprenderlo plenamente y los primeros en callarlo: la suya fue una reescritura total del pasado, subdividiéndolo y espacializándolo para crear naciones que nutrieran el imaginario del Estado, en última instancia un pacto de fe. Fue la remake romántica de la historia lo que permitió reunir en una razonada serie de causas y efectos a Sigfrido con los jóvenes SS, al César con el Duce y, en proyecciones posteriores, a Simón Bolívar con Hugo Chávez. Pero esas genealogías falaces, exaltadoras de la singularidad y de la superioridad de la etnia, llegan a ser pecados veniales cuando se observa el modo en que se trasplantan a los pseudoilustrados, a los neorrománticos y a los positivistas que se ponen a buscar leyes generales que explican el sentido de la historia.
Hegel tuvo el cobarde mérito de limitar la historia a su tiempo y decir que todo había ocurrido para que el Espíritu universal encarnara en el Estado prusiano. Al menos no se pretendió profeta, y, si bien su lectura del relato histórico es teleológica, poco se interna en el futuro. Más allá fue Marx, y en mucho lo superó el grupo de los que se declararon sus discípulos, sin que maestro y alumnos coincidieran realmente en todos los casos: Lenin, Trotski, Stalin, Mao Tse Tung componen una lista por demás heterogénea para poder aceptar la unidad de esa herencia. Una herencia de la que el propio Marx se distanciaba al decirle a su despreciado yerno, Paul Lafargue, que él no era marxista; aunque el daño ya estaba hecho y docenas de intérpretes, todos ellos convencidos de poseer la verdad, habían establecido que el marxismo es una ciencia, una ciencia de la política y de la historia –el socialismo científico–, y, lo que es peor, que la historia se mueve con arreglo a leyes que determinan su curso y son a su vez determinadas por una necesidad última, por una finalidad establecida por quién sabe quién, a la vista de que los grandes promotores de estas nociones no creían en Dios.
Era científicamente irremediable el advenimiento del socialismo, por obra del proletariado, suma de todas las alienaciones pero encargado, a la vez, de superarlas y de devolver a la humanidad a su condición esencial, de humanizar al hombre. El proletariado, puesto en su senda por el motor objetivo de la lucha de clases y guiado por su vanguardia esclarecida y esclarecedora, el Partido. Qué partido, ése ya es asunto a discutir, como dolorosamente aprendió Trotski por mano de Ramón Mercader.
Afirma Finkielkraut que el del proletariado universal ha sido uno de los dos grandes mitos del siglo XX, complementario y potenciador del otro, el de la raza aria. Ambos se extendieron, llegaron por una u otra vía a las cabezas de todo el mundo. El de la raza aria parece haber entrado en el olvido, aunque perviva silenciosamente en algún núcleo austrobávaro. Lo cual no resta un ápice de vida al antisemitismo, que no requiere justificación, ni siquiera pseudorracional.
El del proletariado, en cambio, goza de bastante buena salud, sobre todo en los países en que no ha existido nunca: nadie puede sostener con un mínimo de respeto a la ortodoxia que son obreros los trabajadores semiesclavos, hombres y mujeres, de los países productores de materias primas, y sólo en China y en los diversos tipos de maquila dominantes en América Latina, Asia y el Magreb se añade valor a las mercancías de acuerdo con el esquema ricardiano adoptado por Marx en el primer libro de El Capital, sin que ello resulte en situación revolucionaria.
Previendo esa desviación, Lenin y algunos de sus compañeros desarrollaron la teoría del imperialismo y del colonialismo, e inventaron los países obreros, cuya liberación, por la vía de la autodeterminación, derivarían en alguna forma de democracia popular, vale decir, alguna forma de socialismo científico.
La clave de la acción del proletariado no es su desarrollo ni su progreso, sino su autoabolición, paralela y simultánea a la abolición de la burguesía, en una etapa superior, el comunismo, en la que comenzaría la verdadera historia del hombre. Huelga decir que el socialismo científico, el comunismo soviético, chino, cubano, realizó efectivamente los proyectos del socialismo utópico, falansterial, necesariamente totalitario. Pero a los auténticos creyentes eso no les hace mella. Siguen pensando que el socialismo es inevitable.
Y es que las intervenciones en el pasado y la deducción de leyes históricas, que, por cierto, no es particular del marxismo –las leyes pueden ser étnicas, espirituales, hasta metafísicamente ligadas a un destino, aunque en todos los casos una parte de la humanidad, vanguardia o reserva racial, intelectual o mística, está llamada a salvar al resto, quiera o no quiera, de su propia inferioridad o entrega inconsciente a la pereza histórica–, están a la orden del día: desde el destino manifiesto de Cataluña y el País Vasco hasta la senda buscada por los indigenistas suramericanos hacia el socialismo precolombino. El pasado ya no es lo que era: Jesús no es ya el Mesías, sino el precursor del socialismo igualitario; el Partido Republicano de los Estados Unidos no es ya el partido abolicionista y progresista del Norte, sino todo lo contrario, mal que les pese a Colin Powell y a Condoleezza Rice; la propiedad ya no es un derecho reconocido como consecuencia de una revolución, sino un robo; la pobreza de unos es resultado de la riqueza de otros, sean personas o naciones.
Pero las pseudociencias históricas del siglo XX han servido sobre todo a una idea deletérea para Occidente: la de que los hombres no hacen la historia, sino que ésta les viene impuesta por una serie de leyes cuyo cumplimiento sólo cabe acelerar –eso es el marxismo leninismo– pero que, en última instancia, son de hierro. Como esas leyes apuntan al progreso, contribuir a su realización es deseable; pero si no se contribuye a ella no pasa nada: el socialismo es inevitable. Por supuesto, ahí está la reacción, los conservadores, cuyo papel consiste en oponerse al progreso: un reparto de papeles entre buenos y malos que se expresa como tal cada vez más a menudo, en homenajes a leales profesores –con retiradas nocturnas de estatuas– o en alianzas con enemigos de Occidente santificados por la pobreza de sus súbditos.
No es nada fácil aceptar que Winston Churchill fue un enemigo del progreso: hace falta mucha mala fe y, sobre todo, mucha ignorancia. Tampoco es fácil aceptar que Fidel Castro es un amigo del progreso: hace falta mucha buena fe y, sobre todo, mucha ignorancia. Pero la ciencia marxista tiene una explicación para ello, ha deducido unas leyes que llevan a esa conclusión: claro que no las ha deducido de los acontecimientos, sino del relato de algunos acontecimientos.
Durante décadas la izquierda fomentó mentiras absurdas que todavía persisten, como que los socialistas son más sensibles al sufrimiento de los pobres, que los gobernantes de izquierda son más honestos y dedicados al bien común y que la corrupción es un mal del capitalismo. Por eso los pueblos se asombran cuando ven a los gobernantes socialistas robar a manos llenas los fondos públicos que debieran servir para dar mejor salud y educación a los más pobres, como se ha visto en la enorme corrupción develada en el Gobierno de Lula en Brasil.
Peor aún son las falsas generalizaciones que origina. Así, se piensa que todos los gobiernos caen siempre en la corrupción, o que la corrupción es un mal de las democracias y que para eliminarla es preciso restringir la libertad. ¡Absurdo! ¿Acaso las dictaduras no han sido más corruptas? La corrupción es un fenómeno que afecta con fuerza únicamente a los gobiernos estatistas, de izquierda o derecha, en los que prevalece la compra y venta de favores y el tráfico de influencias. Las economías más libres, en cambio, se suelen ver muy poco afectadas por la corrupción, como fue el caso de Chile hasta hace poco.
Los países capitalistas no sufren la corrupción característica de los gobiernos estatistas gracias a la libertad económica. Ésta frena la corrupción porque limita la injerencia del poder en la economía. El poder corrompe, por eso el liberalismo siempre desconfió del poder. En los mercados libres no hay lugar para la corrupción.
Los estudios de Heritage, Fraser, Cato, Freedom House y Transparencia Internacional muestran que los países más corruptos son los más estatistas. A mayor libertad económica menor es la corrupción, mientras que a menor libertad económica, o más estatismo, mayor es la corrupción. A su vez, a mayor libertad económica, mayor prosperidad.
La libertad económica es la libertad de trabajar, producir, comprar, vender, importar, exportar sin restricciones ni coerción del Gobierno. Los diez países con economías más libres –Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Luxemburgo, Irlanda, Estonia, Inglaterra, Dinamarca, Suiza y Estados Unidos– están entre los menos afectados por la corrupción. Por otro lado, los países más estatistas, como Brasil, Rusia, Zambia, Argentina, Paraguay, Venezuela, Laos, Zimbabue, Cuba y Corea del Norte, están entre los países más corruptos del mundo, en los que es común la captura del Estado por las élites y el abuso del poder público para beneficio privado.
Las excesivas regulaciones, controles e intromisiones en la economía que imponen los estatistas, así como las violaciones a los derechos de propiedad, crean el caldo de cultivo ideal para el soborno. Nadie respeta las leyes, y los funcionarios pueden exigir coimas a los productores y enriquecerse a costa del pueblo. La corrupción es inevitable cuando las decisiones económicas se concentran en manos de los funcionarios. La vieja cultura del trámite y la coima, producto del estatismo, no sólo es la causa de la corrupción, también de la pobreza y el atraso.
Las excesivas restricciones a la libertad económica que soportan los países estatistas en detrimento de su desarrollo no existen en las economías libres. En Paraguay registrar una compañía toma más de 100 días, mientras que en Australia y Hong Kong toma dos. El costo de legalización es superior al ingreso per cápita anual, mientras que en los países desarrollados los trámites son baratos o gratuitos. Lo mismo se observa en todas las gestiones del sector público, desde los interminables trámites y aprobaciones necesarias para una exportación o importación hasta el pago de impuestos. El resultado es que el 70% de la economía es clandestina y en lugar de tributos se pagan coimas.
La realidad de la corrupción es que la naturaleza humana es proclive a ella. La diferencia entre un país con baja corrupción y otro con alta está esencialmente en el sistema económico, no en la educación, la cultura, la raza o la religión. Los países muy poco afectados por la corrupción tienen economías bastante libres, en cambio los más corruptos son todos estatistas. El único remedio eficaz contra la corrupción consiste en ampliar las libertades económicas, reducir las regulaciones y privatizar los monopolios estatales.
Toda esta vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor de disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo. Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas, es capaz de asimilar el material de derribo esparcido por la vulgata marxista y adoptarlo como patrón de conducta.
La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja voluntariamente de su principal herramienta de supervivencia: La razón. Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observadas como la demostración del carácter autoritario de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie puede responder.
En la sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio de reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios de comunicación, las películas, etc., presentan por lo general a una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en sus múltiples variantes como modelos de conducta (repase mentalmente el lector cualquier película de “nuestro director de cine más internacional”) o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían suscitar en cualquier mente sana.
Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en sus múltiples posibilidades.
Durante la II Guerra Mundial, no fue infrecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente que eran rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será tal brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los derechos humanos, la legalidad internacional emanada de la ONU, la paz mundial o el desarrollo sostenible, que ni un insecto se dejaría matar por ellos.
Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso la inteligencia humana. En este estado de postración intelectual, no resulta extraño el extraordinario florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las doctrinas descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su principal expresión.
Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la convierte, de inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.
El movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural), cuyo origen se localiza en la costa oeste de los EEUU durante la década de los sesenta, que se basa en una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de las culturas más disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más absurdas y una antropología irracional, se trufan con un mesianismo milenarista, un pacifismo ultramilitante y el inevitable toque OVNI, formando una grasienta empanada de imposible digestión. La renuncia intelectual de sus practicantes es tan severa, que dentro del movimiento de la Nueva Era no resulta extraño encontrar a cristianos que creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de Hollywood, cuya evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse fervorosas seguidoras del ascético budismo zen.
En realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los ideólogos de la guerra contracultural, pues su mística, al contrario que la judeocristiana no está basada en la comunión o el crecimiento personal, sino en la disolución total con un evanescente “todo cósmico”. Este carácter decadente de la ética y la estética New Age, que entroniza el relativismo moral y cultural como un valor a perseguir, convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de la intelectualidad progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos eficaces contra su propaganda anticapitalista.
Es hora de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le lleven, recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito no depende del dictado arbitrario de unos pocos sino de la aceptación de una mayoría libre. No nos engañemos. Nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este ejército de zombis morales por sus defectos (que los tiene como toda obra humana), sino precisamente por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura, no es su amor por el comunismo o su pasión por la “liberación del tercer mundo oprimido”, sino su odio visceral hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su mediocridad les impide admitir que el éxito de los demás se debe a su superior talento o disciplina; por tanto insisten con empeño en que toda fortuna es fruto del robo y, por extensión, que la riqueza de los países prósperos procede de la explotación injusta de las zonas míseras del planeta. Por eso siguen repitiendo que los que defendemos la libertad civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos adalides de la libertad y el progreso.
Ahora, más que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que desenmascare todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la tarea es ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos en amplias capas de la población. El éxito de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente las masivas manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social y a los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuestran a nuestro juicio. El nerviosismo de la izquierda lo corrobora. Es como si todos esperaran a que el vecino afirme públicamente que el “rey va desnudo” para sumarse con bravura a esta denuncia de lo evidente. Pues bien, proclamemos ya, ahora, que el rey no sólo va en pelotas, sino que además, estamos dispuestos a rebelarnos contra su tiranía con las herramientas que proporciona a todo hombre la razón, la moral y la inteligencia, para distinguir lo que la Historia ha demostrado que hace a las sociedades prósperas de lo que las esclaviza.
En última instancia, la única diferencia entre la conquista violenta del poder por una minoría totalitaria, como pretendía el leninismo, y la obtención del mismo por caminos difusos previa aniquilación del arsenal moral e intelectual de la sociedad, si finalmente sucede, sólo estribará en que la agonía habrá sido más larga y las víctimas mucho más numerosas. Es posible que estemos inmersos en una guerra perdida de antemano, pero aún así, nosotros estamos dispuestos a luchar en ella con todas sus consecuencias. ¿Y usted?
A comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros compañeros del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno, los sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir una escolástica marxista con la que emprender “el largo camino a través de las instituciones”.
Las figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer, bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro de pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y un joven talento nacido de la propia escuela llamado Herbert Marcuse. Todos ellos arribaron a los Estados Unidos de Norteamérica huyendo del nazismo, encontrando acogida en la Universidad de Columbia, en el Estado de Nueva York.
A los efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de Francfort es el desarrollo de lo que se llamó “La Teoría Crítica”. La crítica a la que hace referencia su denominación se dirigía, obviamente, hacia la sociedad occidental capitalista, que estos pensadores marxistas declaran férreamente oprimida por una mentalidad tradicional judeocristiana, a la vez que manipulada por las estructuras burocratizadas de los grandes medios de comunicación, que producen una falsa cultura con el objeto de apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.
Bajo la teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (el mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco filosófico que pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental, a pesar de ser la sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad». A grandes rasgos esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los 60, la más privilegiada de la Historia, se convenciera a sí misma de vivir en un infierno insufrible.
Pero quizás el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la publicación del libro de Herbert Marcuse "La tolerancia represiva", que muy pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos. Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a los EEUU junto con los demás integrantes de la escuela aunque, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no volvió junto a ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus universitarios norteamericanos ardían en las oleadas violentas de los 60, Marcuse era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamándolos a la rebelión le convirtieron en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el amor y no la guerra».
En “La tolerancia represiva”, Marcuse construye su acta de acusación formal contra la burguesía, considerándola no como un crisol de conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector sociológico formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales o, en general, los autotitulados conservadores.
Pero Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del arsenal progre como el concepto de «tolerancia represiva», según el cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (otros lo llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en realidad, una forma escogida de represión. Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz conservador. Un ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que José Bono fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas airadas de un grupo de ciudadanos contra la presencia en la misma de un ministro del Partido Socialista Obrero Español, fueron calificadas como un acto injustificable de exaltación fascista. Por el contrario, las violencias que en los últimos años ha padecido el sector conservador de la sociedad –éstas sí muy reales y, en algunos casos, con riesgo físico más que evidente para los que las padecieron–, el destrozo de las sedes del partido de la derecha o las pancartas con gravísimos insultos a sus representantes políticos (con fotografías incluidas, para que no hubiera duda) sólo merecieron –más daño hacen las bombas de Irak– comprensión y argumentos exculpatorios por parte de estos mismos custodios de la ortodoxia democrática. La circunstancia de que el autor de la palinodia más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico, publicada a raíz del suceso, acumulara en sus manos las carteras de Interior y Justicia, suceso inédito en las democracias avanzadas y, en cambio, algo muy habitual en los regímenes fascistas, sólo añade el tradicional toque esperpéntico de la izquierda cuando se pone a pontificar.
En realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a sus cuadros con la siguiente consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente».
Esta técnica dialéctica ha sido adoptada por la progresía contemporánea (cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor) y sigue plenamente vigente sesenta años después. Este y no otro es el origen de lo que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto” –marxismo cultural sería la definición más apropiada en términos históricos–, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión, que desemboca con éxito en la imposición de los tópicos prefabricados en defensa de la agenda cultural, intelectual y moral de la izquierda. Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la propiedad privada en beneficio de un “interés público”, la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar, son considerados también elementos imprescindibles para el progreso de las sociedades. Por el contrario, la religión –cómo cocinar un Cristo para dos personas–, la defensa de la propiedad privada y el capitalismo como elementos imprescindibles para el progreso económico, la familia como forma de organización social o la observancia de un código moral transmitido durante generaciones, son elementos situados en el punto de mira de los acorazados del progreso con carácter permanente. Cualquiera que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural configurado a través de estas consignas, es tachado inmediatamente de reaccionario, fanático o, si persiste en su empeño, de fascista.
Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto, las únicas expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progre como la justicia social, la redistribución de la riqueza o el tercermundismo anticapitalista. Por otra parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos son los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la izquierda como los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo o el relativismo ético.
El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer, quien en el número de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas: «el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, periodos vacacionales, etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego». Pero lo más destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas, sin que respondan a la presión de movimientos de masas.
Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada de la agenda política de la izquierda –hasta los partidos de la derecha conjugan con total despreocupación términos como desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defienden la educación pública, el estado del bienestar, etc.–, en lo que quizás es la última fase de esta larga marcha a través de las instituciones diseñada en su día por Gramsci con dimensiones proféticas y que Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió que “un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre.”
Probablemente, Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs, otro teórico del “terrorismo cultural” según su propia definición, sentaría las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg, principal dirigente de la Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se encargaría, con eficacia estalinista, de extender por occidente las consignas para la subversión.
El comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis, percibió tras su primera visita a la URSS que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror de masas como arma para la obediencia política.
Cuando Mussolini, el socialista –conviene no olvidarlo– que acabó creando el fascismo, llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo a uña de avión (en España, los cuadros dirigentes del PCE protagonizaron episodios similares al final de la contienda civil. Otros camaradas, a falta de aviones soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja, llenas por cierto de alhajas y otros objetos valiosos, para pasar la frontera evitando los rigores de una huida a pié con los nacionales pisándoles los talones, como es bien conocido).
Ya en Rusia, pues ningún otro destino era más apropiado para el exilio de un fervoroso marxista, el italiano, haciendo gala de una honestidad intelectual a la que fue ajeno el resto de “tontos útiles” (Lenin dixit), que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique –“la libertad de crítica en la URSS es total”, proclamaba solemne Jean-Paul Sartre tras una de sus giras turísticas al paraíso proletario–, consignó con frialdad la terrible aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que provocaba entre la población.
Puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en la tradición judeocristiana, que durante dos mil años había estado infectando el alma de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección prevista por los científicos del marxismo.
Finalizado este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques –y horrorizado tras comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder– Gramsci volvió a su país con la intención de liderar el Partido Comunista Italiano. Sin embargo, Mussolini tenía planes distintos para el futuro del líder comunista en Italia, así que le metió en la cárcel y tiró la llave.
En este régimen de enclaustramiento obligado, tan favorable para el recogimiento espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa intelectual de campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el italiano, era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, al mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva a los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiaría radicalmente el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de la Cárcel, son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia. De la importancia seminal de este trabajo, puede hacerse el lector una idea tan sólo indagando en internet a través del motor de búsqueda más popular, utilizando las palabras “quaderni” y el nombre del italiano: el primer resultado que aparece, si se solicitan sólo páginas en español, es un estudio hagiográfico de la obra de Gramsci editado por la UNESCO, quizás el mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que, dicho sea de paso, confirma plenamente las teorías del aludido.
Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukacs, además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve dictadura de Bela Kum, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukacs –¿Quién nos librará de la civilización occidental?– instauró, como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados. Como se puede ver, los patrones intelectuales de la generación del baby boom tienen su origen en el programa ideológico diseñado por el húngaro con medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol.
Es importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista. Lo único en lo que diferían respecto a sus antecesores era en los medios para alcanzar esos fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren (como tantas otras cosas), éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. De hecho, podríamos decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del progre del Siglo XXI, y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas con la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara. Ambos pusieron las bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como propia a partir de los años 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida de occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo reliquias del pasado.
Pero estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la forma de vida occidental sin la participación de la más formidable maquinaria de propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la Kommintern, o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop como Willi Münzenberg.
Münzenberg había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la revolución bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético le puso a trabajar junto a Karl Radek –un intelectual radical polaco dedicado a “racionalizar” las ideas revolucionarias– y Félix Dzerzhinsky –creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario–, convirtiéndose en el responsable directo de las operaciones de propaganda en occidente.
Münzenberg utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy sencillo en su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o sencillamente estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo eran, por el contrario, gente con una mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo especial de refinamiento intelectual. Para ello, los hombres de Münzenberg contaron con la colaboración, dentro de occidente, de una auténtica pléyade de escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas, de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy Parker, dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético. Sobre la opinión que el propio Münzenberg tenía de todos ellos, baste señalar el calificativo que empleaba en privado para definirlos: “El club de los inocentes”.
Bajo su dirección, la Kommintern se convirtió en el primer “multimedia” de la Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión del tipo de mensajes que interesaba a la dirección comunista. El éxito de la estrategia, pudo influir en su posterior reproducción a escala nacional por parte de corporaciones empresariales privadas, cercanas a los centros de poder socialista y con algunos ejemplos exitosos bien conocidos, cuya condición empresarial, rabiosa y saludablemente capitalista, no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU o la moral judeocristiana de los que se nutre diariamente su parroquia.
Münzenberg, además, fue el creador de la figura de la “agencia de noticias”, que bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación informativa como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de las tareas de espionaje en los países anfitriones.
Pero además de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de Francfort, fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán, estaba llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión cultural, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, donde recaló huyendo del nazismo (de nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta troupe de intelectuales concienciados. A su examen y al de las claves del combate contracultural que se viene desarrollando desde hace ya medio siglo, dedicaremos el siguiente capítulo de esta serie.
Tras la primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por la clase proletaria. En lugar de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas), adoptan la tesis contraria
Es necesario primero transformar radicalmente el alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del propio Gramsci, “como fruta madura”. El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a la violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.
A comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, dando como resultado el triunfo de la revolución socialista.
En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran, tan sólo, una mera cuestión de tiempo.
Es necesario reseñar, sin embargo, que junto a esta corriente de marxismo contemplativo, coexistían enérgicos líderes partidarios de “ayudar” a la historia a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su “gimnasia revolucionaria”, que las masas debían ir practicando para que el advenimiento marxista no les cogiera con las articulaciones morales anquilosadas, o el más clásico ejemplo de Lenin, que, bastante más desconfiado, no creía que el sistema capitalista fuera a reventar por sí sólo de un día para otro (las famosas “contradicciones internas”); por el contrario, según Lenin, era necesario colaborar de forma exógena con esas contradicciones, inoculando al proceso las dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba.
Cuando los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver la oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en todo el continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía responder de forma homogénea ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental capitalista, no podía tener mas que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era suficientemente explícita al respecto:
“En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”.
Sin embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas alemanes ¾al igual que sus correligionarios ingleses y franceses en sus respectivos parlamentos¾ votaron en el Reichstag como un sólo hombre a favor de los créditos de guerra, aspecto éste terminantemente prohibido por la II Internacional y reivindicado en sus distintos congresos. En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos de corte socialista, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (y no de sus intereses de clase) dejando “la revolución” para otro momento. Los dirigentes marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.
Ni siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de una vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En lugar de ello, los espartaquistas alemanes, que vieron en la revolución bolchevique la ocasión perfecta para agitar las conciencias de los trabajadores de forma irreversible, fueron molidos a palos ¡por sus hermanos de clase! (los grupos paramilitares encargados de la represión fueron dirigidos por el socialdemócrata Noske, que cumplió este cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia). Rosa Luxemburgo, líder del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la “gimnasia” que ella misa pregonaba a las masas, aunque en este caso no fue precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario, y acabó asesinada a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver varios meses más tarde; otros levantamientos similares en Baviera o Budapest fueron igualmente aplastados con facilidad. Los trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.
Parecía increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado, el resultado fue exactamente el contrario.
Era imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave estaba en modificar las conciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y demás centros de pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista, recordemos, como fruta madura. Al estudio de esta estrategia dedicaremos la próxima entrega de esta serie.
Cuando la matanza del 11-M, la izquierda socialista y comunista, más los separatistas lograron que millones de ciudadanos exculpasen a los asesinos y cargasen las responsabilidades sobre Aznar, con el argumento de que éste nos puso en la diana del terrorismo, al haber intervenido en la guerra para derrocar al genocida Sadam Husein. España sólo intervino en la guerra con apoyo político y moral, pero bastaba y, ello junto a la propaganda anti PP logró crear la impresión de una intervención española armada. Pero eso es lo de menos. Para los acusadores, Sadam no era un tirano genocida, sino un líder representante de su pueblo; y los terroristas no eran tales, sino vengadores del “mar de injusticia” causado por las democracias. En consecuencia, la matanza de Madrid, aunque retóricamente condenable, no dejaba de tener una faceta justiciera, mientras que la postura de Aznar carecía de cualquier justificación: él nos había atraído la venganza de los oprimidos.
La torpeza extraordinaria de la derecha, su costumbre de replicar a las estocadas con alfilerazos, le impidió aclarar debidamente la realidad, facilitando con ello la confusión sembrada por la alianza izquierdista-separatista.
Ante todo conviene insistir hasta meter en la cabeza de todo el mundo que España está, de modo general, en la diana del extremismo islámico, por cuanto éste, en sus propias palabras, lucha contra el mundo que llama cristiano. Dentro de ello, la posición de España como objetivo terrorista empeora, porque en el imaginario musulmán –y no solo en el extremista– España es Al Andalus, un territorio a reconquistar si Alá lo permite, que bien pudiera permitirlo en un futuro próximo. Los atentados de Nueva York y otros realizados en España precedieron a la guerra contra Sadam, no reaccionaron a ésta.
Ello, como consideración general, pero ¿y en concreto? ¿Algún factor ha animado especialmente a los asesinos a golpear en Madrid y en el período electoral? Ante todo debemos observar que el terrorismo islámico no es tan ciego como algunos pretenden. Sus promotores se consideran en guerra contra el Occidente democrático y “cristiano”, y su estrategia está definida en el concepto de guerra de cuarta generación, que no diferencia entre objetivos militares y civiles, y en la que el impacto sobre la población a través de los medios de masas vale más, por su efecto de descomposición social, que grandes unidades del ejército. Ellos mismos han explicado esta concepción, y la experiencia demuestra que saben aplicarla. Dentro de esa orientación, el objetivo esencial actualmente parece consistir en hacer de Irak un segundo Vietnam para Occidente (y no sólo para Usa, pues de un fracaso en la estabilización de Irak resultaría especialmente perjudicada Europa). A ese fin tiene suma importancia romper la alianza que trata de proteger al pueblo iraquí de déspotas y terroristas.
En estas circunstancias fue el candidato de las ansias infinitas de paz quien prometió, antes de las elecciones, la retirada de las tropas españolas que ayudaban a los iraquíes a construir una sociedad mejor. Fue indudablemente esa promesa la que nos puso en la diana, no ya como un objetivo general, sino como objetivo concreto y directo. ¿Cómo podían ignorar los asesinos una promesa tan maravillosa para su causa? Si ganaba el candidato de las sonrisas, ellos alcanzarían una victoria de la mayor trascendencia.
Recientemente han salido a la luz unas consideraciones de terroristas islámicos sobre el 11-M, guardadas en el ordenador de uno de los asesinos. La masacre habría sido el medio deliberado para “poner fin al Gobierno del innoble Aznar”. Algunos analistas demasiado sutiles han querido ver en esas palabras una jactancia triunfalista a posteriori, no un proyecto previo, pues, ¿cómo podían saber por adelantado los criminales que su acción iba a provocar la derrota del PP y no un reagrupamiento de la gente en torno a él? Nunca pueden preverse del todo los efectos de un golpe así, cierto, pero en este caso no había muchos riesgos en la profecía. Otros documentos muestran que los terroristas conocían lo que nadie en el mundo ignoraba, es decir, la debilidad de la sociedad española ante el terror islámico, expresando la conveniencia de golpear a España para romper la alianza occidental en Irak. Una debilidad causada por la intensísima propaganda y movilización izquierdista-separatista durante la guerra y después, así como por la casi nula de respuesta del gobierno conservador. La confusión y la demagogia predominaban en nuestro país en mayor medida que en otros de la alianza pro estabilización de Irak. Por lo tanto era alta la probabilidad de que una gran masa de españoles reaccionase contra el PP y no contra los asesinos.
Esta interpretación es coherente tanto con la lógica general del terror islamista como con los documentos disponibles de sus autores. En otro caso deberíamos creer que aquel golpea a ciegas, sin ningún objetivo preciso, achacándole así un grado de estupidez que quizá esté más bien en tales analistas. Al Qaeda hubo de tener en cuenta, forzosamente, la promesa socialista de otorgar al terrorismo islámico una trascendental victoria política rompiendo la coalición democratizadora de Irak.
Victoria aún mayor de la que podía esperar. Pues luego de retirar efectivamente las tropas, facilitando la labor de quienes masacran indiscriminadamente a los iraquíes que aspiran a la democracia, el nuevo presidente español, felicitado efusivamente por “El Egipcio”, llamó a seguir su ejemplo a los países presentes en Irak. Para la historia quedará este hecho decisivo y desastroso: Al Qaeda, con un solo golpe, ha logrado cambiar de arriba abajo la política interior y exterior de una potencia democrática media como España. Un éxito casi increíble a costa de la vida de “sólo” 191 infieles. Zapatero cumple.
Mamá Cabra se fue a hacer los mandados. Advirtió a sus hijitos que no abriesen la puerta, pues podría venir el lobo y se los comería. Y vino el lobo, pero los cabritillos que eran muy listos reconocieron su ronca voz, y no le abrieron. Y volvió el lobo, pero los cabritillos descubrieron su negra pata, y no le abrieron. Mas el lobo no sólo era malvado; también era porfiado y astuto. Aclaró su voz con claras de huevo; blanqueó su pata, enharinándola. Si el lobo fuese bueno, con tanto huevo y tanta harina podría haberse hecho un hermoso pastel, y haber saciado con él su hambre. Pero como era malo, porfiado y astuto acabó engañando a los cabritillos, y se los zampó.
Amnistía Internacional-España acaba de publicar un informe con el título: “España: poner fin al silencio y a la injusticia. La deuda pendiente con las víctimas de la guerra civil española y del régimen franquista”. Y ha urgido perentoriamente al Gobierno a que repare sin demora el silencio y la injusticia denunciados y a que satisfaga con no menor celeridad la proclamada deuda. Primera observación, y primera superchería. En realidad, no es Amnistía Internacional (AI) la que está induciendo al Gobierno a practicar este tipo de actuaciones, pues tal intención ya había sido avanzada desde hace meses por el propio Gobierno. En realidad, el propósito de AI es meramente ofrecer cobertura ideológica adicional al propósito guerracivilista de Zapatero y sus fieles.
Segunda observación, y segunda superchería. A estos efectos, no se pueden meter en el mismo saco la guerra civil y el régimen franquista. En una guerra, y más si es una guerra civil, resulta poco creíble reducir las atrocidades a sólo uno de los bandos en contienda. En particular, esta sería la hipótesis exigible de una organización humanitaria no partidista, como se pretende AI. Pero, además sabemos que efectivamente fue así. Puede acometerse la macabra aritmética de quiénes asesinaron más. Quizá hasta deba averiguarse. Sin embargo no sería tarea adecuada para Amnistía. Tampoco podría hacerla, para ellos las barbaridades se reducen al bando nacional. Así se desprende de su informe. Por ejemplo, hablan de los fusilamientos de Badajoz, pero ni una palabra de los de Paracuellos del Jarama. Como era de esperar, tampoco dicen nada de la liquidación masiva por los comunistas de los militantes del POUM y de muchos anarquistas (que no eran precisamente “nacionales”). Se escandalizan ante el bombardeo por aviones alemanes e italianos de Guernica, Barcelona y otras ciudades, pero lo único que los escandaliza es la nacionalidad de los bombarderos. Se comprende que en la época el bombardeo de poblaciones civiles produjese estupor e indignación, pero lamentablemente este precedente alcanzó en muy pocos años total universalización. Desde entonces, gobiernos demócratas y despóticos, de derechas y de izquierdas, occidentales y no occidentales, modernos y atrasados, han utilizado y utilizan este recurso en todas las guerras, civiles o internacionales.
Por el contrario, naturalmente bajo el régimen franquista las víctimas de la violencia fueron antifranquistas. Advertirlo es mera redundancia. No lo es, avisar que habrían sido franquistas si la guerra hubiese tenido desenlace opuesto. La inquina guerracivilista de AI, Zapatero y compañía es la mejor demostración. Por eso es bueno olvidar, tan pronto se pueda, las guerras civiles. Integrar la guerra civil y el régimen franquista en un mismo proceso de “reparación” persigue la malévola finalidad de reducir las violencias reprobables, los crímenes de la guerra civil a solos los cometidos por los nacionales.
Tercera observación: han pasado casi setenta años desde la guerra civil. ¿Tienen algún sentido estos propósitos revisionistas? Desde fechas ya lejanas, la llamada oposición democrática (con mucho optimismo, pues su principal componente era el Partido Comunista que, si nunca ha sido muy democrático, en aquellos años lo era menos todavía) intentó promover el restablecimiento de la democracia. Lo relevante de aquellos intentos, a los efectos que aquí interesan, es que incorporaban todos, bien que con distinto énfasis según el momento, un propósito de olvidar el enfrentamiento civil, para evitar que se repitiese. Y cuando finalmente se consiguió la transición a la democracia, la integración de las elites postfranquistas y la oposición en un marco político de convivencia, se basó en este espíritu de olvido y concordia. ¿Fue sólo hipocresía por parte de la oposición sedicentemente democrática? La conducta de AI, ZP y compañía abona esta triste hipótesis.
Cuarta observación: en cualquier caso si, como dice AI, el transcurso de tantos años no dispensa de la necesidad de revisar las pasadas injusticias, ¿quién y dónde sitúa el límite temporal? ¿Por qué no se incluye en el proceso de revisión la II República? Bajo este régimen, ante la impotencia de casi todos los gobiernos y con la complacencia de muchos de los de izquierda, los crímenes políticos impunes fueron fruto diario. Proclamada la República un 14 de abril, un mes después las turbas quemaban iglesias y conventos. En los pocos meses de gobierno del Frente Popular anteriores al estallido de la guerra, los crímenes y violencias políticas fueron incontables. Enumerarlos en el Parlamento le costó la vida a don José Calvo Sotelo, la víctima más famosa de este período.
La misma proclamación de la República fue ilegítima. Se hizo como consecuencia de unas elecciones municipales (¡!) que, además, ganaron los monárquicos, salvo en las ciudades. Quizá deberíamos seguir más. ¿Habrá que reparar a los moriscos y judíos expulsados? ¿Quién y cómo decidirá el punto del pasado en que ha de detenerse la voluntad reparadora? Amnistía Internacional no nos lo aclara. Sí se ha enfundado mono miliciano y se va a la guerra. Le esperan Zapatero, Peces-Barba, Pilar Manjón, Pilar Bardem, etc., mucho miliciano y mucha miliciana. Bailarán con los muertos buenos, y matarán a los muertos malos. Los asesinados por los comunistas y por los socialistas, los asesinados por los etarras, muertos malos que no se mueren nunca del todo, muertos que hay que matar todos y cada día. Muertos sin Amnistía. Muertos sin compañía. “Dios mío, que solos se quedan los muertos”, escribió con menos motivo Gustavo Adolfo Becquer.
Aflautada la voz por las claras de huevo, blanqueada la pata con harina, Amnistía Internacional me ha tenido engañado. Felizmente, he descubierto sus estratagemas y sus afeites. Tras la seductora proclamación de ideales humanitarios sólo habita un agresivo sectarismo izquierdista. Podrá comernos, pero este lobo, que baila con muertos y mata muertos, no puede engañarnos; él mismo está muerto. Ha muerto de odio.
La fascinación que la desgracia de los países pobres ha provocado siempre a los intelectuales de izquierda nace de la visión marxista de que la miseria del tercer mundo es consecuencia directa de la opulencia de occidente. Para estos autoungidos campeones de la justicia social, las sociedades occidentales explotan salvajemente a los países más desfavorecidos, de igual forma que el ama de casa, la clase trabajadora o los homosexuales son oprimidos por el sistema capitalista en los países industrializados. Desde esta perspectiva, los movimientos “libertadores” no serían más que el trasunto de la lucha de clases extendida a escala planetaria: cada vez que una guerrilla comunista mata a un campesino traidor los obreros alemanes son más libres. De igual forma, cada vez que los transexuales madrileños se manifiestan por sus derechos, los pastores nómadas de Burkina Faso se liberan un poco más.
La escatología comunista nutre incesantemente de agravios el acta formal de acusación contra la civilización occidental, culpable de esquilmar en primer lugar los recursos naturales del mundo pobre a través del colonialismo y más tarde de acabar con sus posibilidades de desarrollo a través del imperialismo de las multinacionales. Esta tosquedad analítica, por otra parte consustancial a la esterilidad intelectual de la izquierda, ha sido sin embargo suficiente para que en la agenda política mundial se conjuguen con total desparpajo esta serie de mantras, de forma que hoy en día hasta en las capas más conservadoras e ilustradas se admiten como verdades inmutables.
La clave del éxito de esta operación de agit-prop del marxismo y sus sociedades interpuestas (ecologistas radicales, ONG’s subvencionadas, pacifistas a la violeta, etc.) es haber grabado en la conciencia de occidente la culpa inexorable por todas las atrocidades cometidas en nombre del progreso desde la colonización de otros continentes, cuyo peso debe pender de cada uno de nosotros como un gravísimo pecado que es necesario expiar.
Unido a este complejo de culpa, extendido con la tradicional eficacia marxista, se ha esparcido, también con éxito, una devoción especial por toda expresión cultural tercermundista. Esta fascinación por el pintoresquismo indígena, cuya labor de promoción ha correspondido tradicionalmente casi en exclusiva al movimiento New Age, parte de la base de que las sociedades primitivas atesoran una sabiduría incomparablemente mayor que las pervertidas sociedades occidentales, de cuya decadencia es responsable directo el sistema capitalista. Porque para los cultivadores de los cánones intelectuales del momento, y en mayor o menor medida todos somos newagers, el genio humano no se manifiesta en los hallazgos técnicos que han mejorado la existencia de la humanidad de forma exponencial en el decurso de tan sólo doscientos años (gracias al capitalismo), sino en preservar las relaciones del ser humano con la madre naturaleza (Gaia) en toda su pureza como hacen los aborígenes y los campesinos de las sociedades primitivas. El desarrollo teórico es seductor, pero su base doctrinal no puede ser más ramplona: la modernidad es mala, luego el primitivismo es bueno.
Esta pasión sobrevenida de la izquierda occidental por la causa del tercer mundo ,se ha agudizado especialmente tras la caída del Muro de Berlín, pues a la revolución marxista le quedan cada vez menos adeptos en casa. Por otra parte, el uso instrumental que la izquierda hace de la pobreza del tercer mundo (una forma especialmente abyecta de desprecio) es fácilmente comprobable. Basta constatar el olvido en el que se sumen las causas de las sociedades más míseras, tan pronto empiezan a actuar de forma contraria a lo que dicta el ideal tercermundista. Los tigres y dragones asiáticos alcanzaron el éxito contraviniendo la receta sagrada del marxismo mundialista (subvenciones, socialismo, violencia contra la propiedad y supresión de libertades cívicas) y apostando por seguir los pasos que los países occidentales iniciaron con éxito hace dos siglos. Hoy disfrutan de unos niveles de bienestar homologable a nosotros. La izquierda aún no se lo ha perdonado.
¿Qué les parecería conceder una pensión o indemnización a los miembros de las SS que sufrieron prisión tras el fin de la II guerra mundial? Pues eso es lo que pretenden los grupos ultraizquierdistas que dominan al gobierno español. El diputado autonómico de EU-Entesa en las Cortes Valencianas Ramón Cardona señaló que ha presentado una propuesta de resolución para que los presos políticos durante el franquismo que tengan toda la documentación en regla "cobren inmediatamente sin más dilación". Responsables de atroces crímenes contra la humanidad cometidos durante la guerra civil, terroristas del maquis, o miembros de grupos violentos anarquistas, comunistas y separatistas que operaron durante la etapa final de Franco podrían verse beneficiados de esta revanchista medida.
En un comunicado, Cardona recuerda que por resolución de 13 de mayo de 2002, del conseller de Justicia y Administraciones Públicas, se inició el proceso de solicitud de la indemnización a "los luchadores por la libertad presos por motivos políticos durante la dictadura franquista".
En Valencia, entre estos heroicos luchadores que sufrieron prisión, se encuentran los responsables políticos del asesinato de 233 religiosos beatificados por Juan Pablo II. Baste el ejemplo de una de la hazañas de aquellos pobres presos políticos tan brutalmente represaliados por Franco: El caso de la familia Ferragud. Las hermanas María Jesús, María Felicidad y María Verónica Masiá Ferragud, eran momjas clarisas capuchinas de Agullent, y Josefa Masiá Ferragud, agustina descalza, todas ellas asesinadas junto con su anciana madre, María Teresa Ferragud Roig, intrépida mujer de Acción Católica, que tenía 83 años. Ésta fue detenida en compañía de sus cuatro hijas religiosas, que se habían refugiado en su casa y, ocultas en ella, llevaban una vida de oración junto a su madre. El día de Cristo Rey, 25 de octubre de 1936, fue inmolada, juntamente con sus cuatro hijas. La anciana vio como su casa fue invadida por los milicianos marxistas en nombre de esa “libertad” que reivindica el diputado Cardona. Sus hijas confesaron su condición de religiosas y ninguna quiso renegar de su fe, tras sufrir diversas vejaciones, los “luchadores por la libertdad” cogieron a las monjas para darlas el paseo. La anciana madre dijo: «Donde van mis hijas, voy yo». Delante de ella fueron cayendo una a una sus cuatro hijas religiosas y, al terminar de asesinarlas, le dijeron los milicianos: «Oye vieja, ¿tu no tienes miedo a la muerte?» Pero ella contestó: «Toda mi vida he querido hacer algo por Jesucristo y ahora no me voy a volver atrás. Matadme por el mismo motivo que a ellas, por ser cristiana. Donde van mis hijas voy yo». Los milicianos asesinaron también sin contemplaciones a la anciana.
Resulta que hace calor. Ya, dirán ustedes, estamos en verano. No. El caso es que hace un poco más de lo normal, además no llueve, falta agua y las puntas de consumo de energía son tela marinera, es decir, que a todos nos da al mismo tiempo por poner el aire acondicionado con lo que eso gasta, oiga, que es una barbaridad. Tal es así que a Montilla, ministro de la cosa energética, se le encendió una lucecita en una de esas puntas, como las bombillas que aparecen en los tebeos de Mortadelo y Filemón. Había encontrado la idea genial para solucionar el problema del desajuste entre la oferta y la demanda. Y no pasa por fórmulas para aumentar la producción, eso sería romperse demasiado la mollera. He dicho que había tenido una idea genial, y no es otra que la de promover cartillas de racionamiento de la energía. Es un primer paso, pero ya verán, ya, como vienen otros...
En un país en el que uno no puede manifestarse porque la policía le detiene por no pertenecer a la uniformidad oficial, en el que la Inquisición Rosa tiene más poder que la mayoría heterosexual, en el que cuentan más los asesinos que las víctimas, en el que la libertad de prensa solo es para Polancone, en el que la independencia de los jueces brilla por su ausencia, en el que las minorías dictan las leyes en contra de casi todos, en el que se agrede a quien discrepa mediante la violencia verbal y, a veces, también física, en el que se reinventa la historia a beneficio de inventario de los que gobiernan, en el que se idealiza lo underground y todo lo que suponga romper las reglas del juego y saltarse las normas... En un país así solo faltaba la cartilla de racionamiento para empezar a someternos a la esclavitud del socialismo real. Lo siguiente será, de la mano de Trujillo, un Plan Quinquenal para la construcción de dachas en algún recóndito lugar de las estepas extremeñas.
Hemos reinventado a Marx en versión flamenca y patria. Aquel proclamaba la dictadura del proletariado, y esta es la dictadura republicano-hedonista de Carod, Zerolo y Zetapé, que otra cosa no sé, pero de proletarios tienen lo que usted, querido lector, y yo de monjas carmelitas –que no se ofendan-. Hace unos cuantos años Martin Luther King advertía que “se acerca una época en la que un hombre moral no podrá obedecer una ley que su conciencia le diga que es injusta”. Pues ya ha llegado, como los ETs. Llevamos un año de agresión permanente a las conciencias, individuales y colectivas. Al menos en tiempos de la Revolución de Octubre y sus consecuencias posteriores se trataba de que todo el mundo fuera igual... de pobre. Ahora, además, habrá que ser igual de gay, de progre, de republicano... o de lo contrario aplicarán las cartillas de racionamiento. Claro que, como ocurría en la vieja URSS, también hay clases. Seguro que a Zetapé no le racionan el consumo de energía en el Palacio Real de La Mareta, en Lanzarote, donde pasará el presidente las vacaciones de verano con Sonsoles y sus dos niñas.
Esto del socialismo real está muy bien para los de carné, porque mientras a los demás nos racionan, los supuestos socialistas veranean en palacios, sus esposas tienen asistentes personales, y las amigas modistas y ocasionales niñeras pueden hacer que un vuelo vespertino Málaga-Madrid de Air Europa un domingo se retrase una hora porque la susodicha y compañía llegaran tarde al embarque. En fin, que de la mano de Carod y Zerolo vamos camino, por la senda del socialismo real, de la República Popular Gay y yo, que me siento muy poco monárquico en lo general –y nada gay en lo particular-, en esta tesitura como que me veo más cerca de Letizia que de Zerolo, aunque los dos se escriban con ‘z’. Me van a permitir que cite aquel ardoroso comentario de Ortega y Gasset en 1931 a propósito de la República, “¡no es esto, no es esto!”, que lo dice todo y que bien podría traerse a cuenta de lo que hoy acontece. Zetapé ha decidido hacernos pasar por el aro de esa fatal arrogancia del socialismo y ya verán como acabamos haciendo colas, por lo menos en el Inem.
No voy a hablar de su función como Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo, porque ya se han encargado los interesados en denunciar su juego. Pero no está demás recordar que de aquellos polvos vienen estos lodos. La verdad es que el Rector Peces Barba trabaja a destajo: cuando no ofende a las víctimas, reprime a los universitarios que no comulgan con su credo, y cuando le queda tiempo ataca a la Iglesia, institución que ocupa desde hace años sus peores pesadillas.
Su última intervención no desmerece de tantas sábanas en El País, e incluso de alguna “tercera” de ABC, en las que tacita a tacita, ha ido destilando su conocida opinión sobre la inconstitucionalidad flagrante de los Acuerdos entre la Iglesia y el Estado, o su denuncia del terrible peligro que para las democracias occidentales suponía un señor vestido de blanco que se llamaba Juan Pablo II. Ahora Peces confiesa que los socialistas cometieron un error (pero no teman, fue por grandeza de espíritu y eso tendrá su recompensa) al aceptar que la Constitución mencionara la especial relación que debía mantener el Estado con la Iglesia católica: según él, así se abrió la puerta al neo-confesionalismo, del que tenemos sobradas muestras en nuestros días. Tiembla el Rector de la Carlos III, guardián de las esencias del Estado laico, ante los destrozos que puede provocar a nuestra joven democracia una jerarquía eclesiástica empeñada en anunciar el Evangelio y sus consecuencias morales, y ante el germen de caos social que pueden sembrar esos católicos montaraces que se empeñan en presentarse como tales en público. Hasta aquí la ironía, punto y basta.
Aún tenemos memoria para recordar que este amante de las libertades negó un mísero espacio para que los estudiantes católicos pudiesen disponer de una capilla en su moderna universidad. Y tenemos fresca su reacción cuando un grupo de maleantes agredió al historiador Pío Moa mientras intervenía a invitación de un grupo de alumnos de la Universidad que él preside: ni una palabra de solidaridad con el agredido, sino la advertencia que de ahí en adelante controlaría qué personajes entraban en “su” Campus. Que yo sepa, el debate abierto (¡cuánto más en sede universitaria!) forma parte de la esencia de la democracia, y la expresión pública de la propia identidad cultural, religiosa y política de las personas y de los grupos, es una de las grandes conquistas de este sistema político. Con su proverbial sectarismo, Peces Barba es una rémora para la democracia de cada día, esa sobre la que pontifica en sus escritos.
Por el contrario, el reconocimiento constitucional de la relevancia histórica y social de la Iglesia Católica en España no es una amenaza para nadie. ¿O es que el Rector Peces considera poco democráticos los ordenamientos políticos británico y escandinavo, por poner algún ejemplo? Más aún, el reconocimiento político, cultural y mediático de que el catolicismo es uno de los elementos vertebradores de la realidad española, y de que no debería ser gratuitamente vejado sino cordialmente escuchado, suministraría una buena ración de oxígeno al enrarecido ambiente en el que estamos sumidos desde que un alumno de Peces Barba (no sabemos si aventajado o repetidor) asumió la gobernación de nuestro país. Desde la transición, no habíamos vivido un clima semejante de acoso y derribo a los valores de la tradición cristiana, ni un intento de recorte del espacio público para los católicos como el que ahora se perfila en todos los campos. Y es precisamente ahora cuando Peces Barba hace sonar las alarmas ante una supuesta amenaza neo-confesional. Vivir para ver: ahora resulta que los paladines del librepensamiento se escandalizan porque los obispos invitan a ejercer la objeción de conciencia; ahora vemos que los campeones del pluralismo no aceptan lo que se sale de la partitura que ellos escriben.
En vez de malgastar sus energías intelectuales en aventar fantasmas y en constreñir libertades, haría bien el Rector en sumarse a la reflexión de sus mejores colegas sobre la crisis de esa modernidad que tanto le encandila. Y ya que celebramos el bicentenario de Alexis de Tocqueville, sería bueno que repase sus advertencias sobre los monstruos que puede incubar un sistema democrático cuando se vacía de contenido ideal, cuando se seca su debate interno y cuando el despotismo de la mayoría sustituye al pluralismo cultural que debe alimentarlo.
Que Rodríguez Z. haya convencido o comprado a Fernando Savater –hay muchas maneras de comprar a un filósofo–, para el caso da lo mismo, porque lo que dice Savater es estropajo. Lo que dice él, como lo que dicen los ministros, el PSOE, su pareja cupletista Pradera, algunas asociaciones de víctimas –coartada para no manifestarse contra el Gobierno el 4 de junio–, es mucho peor que un cheque en blanco, o pedirnos confianza ciega y servidumbre voluntaria; es sencillamente una mentira.
Sus argumentos pueden resumirse así: ¿para qué protestar contra negociaciones con ETA, puesto que no las hay ni las habrá? Zapaterito lo ha prometido. ¿Qué se ha votado entonces en el Parlamento? Cuando les tiras de la lengua, matizan: "No las hay, ni las habrá, mientras ETA no deposite las armas y renuncie al terrorismo". Y a renglón seguido viene el chantaje habitual: ¿no es lo que todos queremos, que reine la paz y la concordia en el País Vasco? Los que se oponen a esa "paz" son más criminales que los terroristas.
Contradiciéndose con desparpajo, los mismos, fingiendo olvidarse que han afirmado que no hay ni habrá negociaciones con ETA, argumentan que, puesto que las hubo con el Gobierno de González y el de Aznar, ¿por qué no las podría haber con el actual?
Aceptando un instante esa falacia –porque viajar a Argel, y a Zurich, no es lo mismo que viajar a Perpiñán, ¿visto?–, se les puede devolver el argumento afirmando que son precisamente los desastrosos resultados de esos anteriores "encuentros" los que nutren, entre muchas otras cosas, nuestra desconfianza y nuestro rechazo de la embustera demagogia "pacifista" actual, que no logra disimular la voluntad de rendición. Además, los resultados de esas "conversaciones" anteriores son muy diferentes.
En el caso de Felipe González, recuérdese que estaba entonces en plena luna de miel socialista con François Mitterand, y tras el fracaso de Argel ambos demócratas humanistas organizaron los asesinatos del GAL, siendo comisarios de la policía francesa quienes contrataron a matones a sueldo del hampa para llevar a cabo esa gesta heroica de la que González, en libertad condicional desde entonces, se enteró por la prensa, y Mitterand por la tele.
El Gobierno de Aznar reaccionó de forma radicalmente diferente, impulsando una lucha firme y resuelta contra la banda terrorista pero con el más absoluto respeto de la legalidad democrática. Y no sólo resultó eficaz contra los asesinos etarras, sino que logró el apoyo político del PSOE en el Pacto Antiterrorista.
Y algunos exigen ahora que el PP dé su apoyo a un pacto proterrorista. Porque, dejémonos de tonterías, ¿alguien se cree de verdad que ETA va a rendirse sin condiciones? ¿Que va a entregar sus armas y sus bombas y disolver sus comandos a cambio de nada? Eso, ni Zapatero se lo cree ni el PNV lo aceptaría.
Y ETA ¿qué dice? Lo de siempre, pone bombas. Es su "discurso del método" habitual. La de Madrid, el pasado miércoles, fue de mayor gravedad que las otras recientes, y pese a los chorros de agua turbia de los bomberos-pirómanos sociatas, lo que dicen está clarísimo: "No nos disolvemos, ni abandonamos las armas. Somos y seguiremos siendo los protagonistas de todo". Y como constituyen la más minoritaria de las minorías en el País Vasco, su única arma es el terrorismo, o sea el miedo. Y está visto que es un arma que funciona a las mil maravillas con el Gobierno actual, y no sólo en relación con el terrorismo etarra: lo mismo ocurre con el islámico.
El PNV se beneficia, evidentemente, de este chantaje, presentando el suyo, tan semejante: "Si queréis el 'fin de la violencia' tendréis que aceptar el Plan Ibarreche", o sea la independencia. Hipócritamente, presenta su objetivo –el mismo que ETA– como algo que se puede lograr de forma consensual y negociada, pero, de hecho, con las bombas de ETA como espolón y el miedo como estiércol. Y Rodríguez Z. y sus secuaces se muestran dispuestos a todas las concesiones, a todos los abandonos. Y si aún aparentan remilgos y pronuncian discursos hipócritas es porque saben que la inmensa mayoría de los españoles no está de acuerdo, y que ese desacuerdo también existe en sectores del PSOE. Tienen que traicionar con precauciones, porque el apoyo incondicional de El País no basta.
A veces me entran ganas de escribir lo que tantas veces he oído en conversaciones privadas: "¡Pues que se vayan y se pudran de hambre vascongada en su rincón!". Pero no sólo sería, a fin de cuentas, cobarde, sino inútil, porque incluso si el País Vasco obtuviera embajador en la ONU, pongamos, no cesaría su guerra sucia hasta conquistar Navarra, las regiones vascas francesas y obtener la energía nuclear tan "pacifista" como la de Irán. No, no hay más remedio que reanudar la política firme, emprendida ayer por el Gobierno Aznar, que logró bastantes buenos resultados. No hay más solución que liquidar a la banda terrorista, sin doblegarse ni mentir a la gente.
El presidente de la sonrisa, entre boba y malvada, ya tiene su lugar en la historia de los grandes dislates. Ningún otro vencedor se rindió jamás en el último minuto de la batalla. Pero esa batalla y esa rendición nos están haciendo olvidar lo esencial: cuál es el proyecto de ese hombre para España. Suyo y de sus socios: lo comparten, por eso son socios.
Ya es hora de que los disciplinados columnistas paraoficiales dejen de disculpar al jefe del Gobierno atribuyendo sus actos a la presión de ERC, de Maragall o del PNV, porque él padece las mismas taras ideológicas. Hora de que dejen de hablar de paz, porque no es paz lo que se está buscando ni lo que se está construyendo. Lo esencial es aquello de lo que no se habla: el Plan Zapatero. Que se parece al Plan Ibarreche y al Plan Guevara y al Plan Carod. Como cuatro gotas de agua.
No hay un Plan ETA. Para los planes están los políticos. Ellos, los patriotas vascos, no son políticos: como Mussolini, como Lenin, como Castro, como Hitler, están más allá de la política: son revolucionarios. Y lo que se espera de un revolucionario es que haga la revolución, que cambie radicalmente la sociedad. No es necesario que tome el poder: basta con que presione lo suficiente para justificar que lo tome otro.
Carod ha sido claro en Israel. No ha dicho casi nada, pero es como si lo hubiese dicho todo. Reclamó su bandera –textual: "Mi bandera", eso sí lo enunció–. Frustró el homenaje a Rabin. Colaboró, en cambio, al éxito del homenaje a Arafat, voluntario y en el que "su bandera" orló un retrato del terrorista difunto. Imagino que las autoridades israelíes ignoraban la petición hecha al Congreso por ERC de que se congele la cooperación científica y técnica con Israel y se inste a la UE a hacer lo propio, como se lee en ideesxavui.tk.
Maragall le secundó en todo momento. Juntos jugaron a ponerse una corona de espinas y hacerse fotos. Estaban contentos, tal vez por el éxito de su texto oficial de historia, negacionista y propalestino. Los dos sentaron plaza de judeófobos. También de cristianófobos. El embajador de Zapatero, que no de España, se apresuró a retirar la bandera de todos, a garantizar que sólo estuviese la de Carod, quien consiguió así dos cosas: ofender a España y apropiarse de Cataluña. Antisemita, anticatólico al estilo FAI en días serenos, antiespañol. Algunos se preguntan en virtud de qué perverso mecanismo legal un señor cuya mayor ambición declarada es no ser español alcanza a gobernar en España: debieran saber que no es legal la cuestión, sino política. No gobierna porque pueda en términos electorales, sino porque le dejan.
El Plan Zapatero, el de ese señor que se pasó más de una década en silencio en el Congreso y en su partido, pertenece legítimamente a quien le dio los votos necesarios para que se convirtiera de la noche a la mañana en secretario general: Pasqual Maragall. Fue Maragall quien le hizo candidato para unas elecciones ganadas a costa de doscientas vidas y una sucesión de acciones de cariz golpista, mensajes a móviles, mentiras evidentes, ataques a locales del PP perpetrados por quién sabe quién, información privilegiada.
Es Maragall el que sostiene, en contra de la parte sana y decente del PSOE, a un Gobierno de vocación totalitaria, que prescinde de una oposición que representa a la mitad del país, que hace detener a militantes populares por agresiones a un ministro que nunca existieron, que se burla del problema de la vivienda, que condena a la sequía eterna a extensas zonas del país –España es un país, recordémoslo–, que pretende legitimar en solitario el terrorismo, que interfiere en la vida de los católicos y facilita la de los musulmanes, que deroga todo lo derogable del Gobierno anterior, es decir, deshace todo lo hecho, sin consideraciones previas, sólo por ser obra de otro.
El Plan Maragall es el Plan Ibarreche: irse de España. Sin irse. Sometiéndola. Colonizando políticamente lo que ellos llaman "el resto del Estado": cada uno de nosotros, los distintos, los manifiestamente inferiores. Los que Sabino Arana estimaba menos inteligentes, menos trabajadores y hasta menos viriles. En el fondo de su alma, lo tuerzan como lo tuerzan, Maragall, Carod, Ibarreche y los suyos son trágicamente etnicistas. Ibarreche a la manera tradicional, que Antonio Elorza ha destripado con solvencia en su último libro, Tras las huellas de Sabino Arana. Los orígenes totalitarios del nacionalismo vasco: los vascos somos todos nobles, laboriosos y sexualmente correctos porque tenemos la sangre limpia.
Por parecidos derroteros iban Valentí Almirall y otros padres del nacionalismo catalán. Como contrapartida, no menos etnicista, Blas Infante daba rienda suelta a una arabofilia que tenía más de la fantasía de Washington Irving que de conocimiento siquiera somero del Islam. Pero ya se sabe que el nacionalismo andaluz no entra en estas cuentas, porque Ben Laden se ha hecho cargo de las reivindicaciones pertinentes.
La tragedia, por el momento, no es el desmembramiento de España, sino su sumisión a los intereses de las castas dirigentes de los territorios en los que habita la quinta parte del pueblo español. El desmembramiento llegará, lo están buscando, tal vez por hacer más eficaz y rentable esa política con una fiscalidad separada, con capitales ya no españoles invertidos en España.
Por otra parte, hace siglos que Francia y Alemania desean una España desgarrada, débil y aislada. La única posibilidad de sobrevivir dignamente que hemos tenido en mucho tiempo, la consolidación de las alianzas transatlánticas, también ha sido despreciada y derogada por Zapatero, quien eligió "volver a Europa con humildad".
Maragall y Carod lo están disfrutando. El primero, porque es el adalid del nuevo régimen en nombre de su vieja casta. El segundo, con el entusiasmo del converso, tras abdicar de apellidos paternos en busca de una limpieza de sangre que no posee, feliz de ser aceptado en la corte. Quien no comprenda en Cataluña por qué este individuo quiere limitarle a una lengua y extirparle la otra, que mire su rostro bajo la corona de espinas que sostiene con cuidado de no pincharse y sin que le toque la frente: su ancha sonrisa de resentido satisfecho.
De todas las pasiones del ánimo, incluida la locura amorosa, el resentimiento es la que más desgracias ha generado en la historia. El siglo XX, antes que el de los fascismos y que el del comunismo, ha sido el siglo del resentimiento. Resentimiento sublimado en la Evita de la opereta o resentimiento desnudo en el violador nazi de jóvenes judías universitarias. Pero resentimiento al fin. Lo único que le queda a gran parte de las izquierdas.
El Plan Zapatero es el plan del resentimiento. Él no habla con señoritos: en su ignorancia, cree que el PP es un partido de señoritos, que España es cosa de señoritos y que los señoritos son fascistas por naturaleza. Él habla con gente sencilla como Otegui o como Maragall, como Carod o como Ibarreche, a los que tal vez imagine como muestras del español medio, el uomo qualunque de este país que aún es España. Y que, tal vez por un oscuro deseo de dejar de ser personas corrientes, comprobado como está que ya no pueden ser héroes ni santos ni genios, se conformen con dejar de ser españoles. Es el derecho colectivo que reclaman, en el supuesto de que existan derechos colectivos.
La noche del viernes día 12 de marzo, hubo unas “curiosas” llamadas de la juez antiterrorista francesa Laurence Le Vert a Margarita Robles, ex-Secretaria de Estado de Interior de Felipe González entre 1994 y 1996, comunicándole que al día siguiente se iban a producir detenciones de islamistas por los atentados del día anterior; Margarita se lo comunicó rápidamente a “Pepín” Blanco, que se encontraba cenando con Rubalcaba y otros miembros del PSOE.
Le Vert citó como fuente “a los servicios secretos españoles” (M-20-IX); aunque después se ha sabido que el intermediario directo fue su marido, que es el “grado 33” del Gran Oriente Francés (César Vidal en la COPE).
En “Diálogos en Libertad” (LD del 2-III-05) Federico Jiménez Lozanitos dijo “En el Ministerio del Interior, hasta Mayor (Oreja), hubo un masón que se consideraba el enlace de la izquierda francesa con la española en esas oscuridades y que fue denunciado por Pasqua”.
Por cierto, en la tertulia radiofónica del programa de la COPE “La tarde con Cristina”, del día 4-V-04, se debatió ampliamente sobre la pertenencia de Rubalcaba a la masonería; esta información se amplió días después con la precisión de que Rubalcaba pertenecía a la misma logia que Miterrand.
Quizás por todo ello, un internauta denominado John Howell opinó así el 24-4-2004:
11-M UN CNI PARALELO?: “Por supuesto que hay otro CNI PARALELO, el de los masones obedientes al gobierno mundial que tienen como apoderados mayores de la finca-España a Polanco (“un psicópata del club de Bilderberg, ... Polanco, verdadero poder ómnimodo, en la sombra “) y Gonzalez”.
La noche del 8 de julio, Álvaro Cuesta (M-18-VII-04), representante del PSOE en la Comisión de Investigación del Congreso, amenazó diciendo que si los populares continuaban con su pretensión de que testificaran los confidentes policiales Rafá Zouheir y Emilio Suárez Trashorras ellos harían venir a la ex-Delegada del Gobierno en Asturias, Mercedes Fernández. Al hilo de estas y otras actuaciones similares, Múgica llega a decir que: “existe en estos momentos en la cúpula del Partido Popular una especie de gran desconcierto; resulta cada vez más claro que cualquier tipo de trama que posibilitara el 11/14-M no pasa por un solo partido político”. Por acción u omisión, antes o después del atentado, añadimos nosotros.
En sintonía con estos acontecimientos, aunque de forma velada, Ansón llegó a redactar la siguiente “Canela Fina” (R-27-X-04): ”Con cierto tufillo masónico...ahora, en España, tras la victoria mediática de Zapatero en las elecciones teñidas por la sangre del 11-M, el nuevo Gobierno ha desencadenado una persecución contra la Iglesia Católica sin precedentes en la democracia española y que tiene un cierto tufillo masónico, al estilo de hace siglos : los matrimonios homosexuales, la adopción de niños por los “gays”, el divorcio exprés, el aborto libre, la eutanasia en ciernes, la protección absurda a otras religiones incompatibles con los derechos humanos y nuestra Constitución, la incesante propaganda antirreligiosa en los medios de comunicación públicos, las campañas de descrédito contra algunos obispos, las terminales anticatólicas activadas en los más variados sitios, la liquidación del estudio de la religión en las escuelas y otras muchas medidas.....”.
Habría que añadir los pactos con los independentistas y las múltiples concesiones, y otro largo etc de actuaciones en contra de la “España tradicional”, del mismo “tufillo” secular (muy en la línea de la “Directiva” dada por Alfonso Guerra de que “a España no la conozca ni la madre que la parió”).
En un penúltimo apunte, a continuación resumimos una entrevista a Ricardo de la Cierva (Semanario ALBA, 12-V-05)
Pregunta: Otro fenómeno que Vd. ha estudiado a fondo es el de la masonería. Es ésta una de las sociedades ocultas que más ha influido en la Historia de los últimos siglos. ¿Lo sigue haciendo ahora?.
Respuesta: Muchísimo.
P: ¿También en España?.
R: También.
P: ¿Son algunas de las políticas del Gobierno Zapatero de inspiración masónica?.
R: Todas. Éste es un Gobierno masónico como el Grupo Prisa es un grupo masónico. Y conste que tengo una buena amistad con el señor Polanco, así que no es nada personal. Pero tengo que decir la verdad. La política ferozmente anticristiana y anticatólica de Zapatero en temas como las relaciones con la Iglesia, el ‘matrimonio’ homosexual, la reforma educativa, etcétera, está dirigida a erradicar la influencia de la Iglesia en la sociedad. Eso es la masonería.
P: ¿Tiene pruebas?.
R: Si… Y no le digo más.
Y con relación a atentados del pasado, copiemos lo que dice Pío Moa de uno de ellos en su libro Una historia chocante; Los nacionalismos vasco y catalán en la historia contemporánea: “Cánovas murió asesinado en 1897 por un anarquista italiano tras cuya mano siempre se ha sospechado al independentismo cubano y a la masonería (y a Norteamérica, añadimos nosotros, seguramente por medio de aquella); el asesino, Angiolillo, había tenido trato con el independentismo cubano a través del puertorriqueño Emeterio Betances, y había sido encubierto, en Madrid, por el republicano Nakens, que más tarde encubriría también a Mateo Morral cuando éste perpetró la carnicería de la calle Mayor, en 1906, con unos 30 muertos y cien heridos y mutilados; aunque entre ellos había fuertes desavenencias políticas, Nakens, Betances y Morral, probablemente también Angiolillo, coincidían en su pertenencia masónica”.
La pretensión del socialismo de Zapatero es construir la identidad de la izquierda desde el poder. La cadena de contrarreformas y propuestas –crispantes en su mayor parte–, las alianzas con los partidos antisistema, y el cuestionamiento del modelo de Estado responden a un interés, evidente, y a un sistema simple de ideas.
El socialismo gobernante ha asumido los contenidos del movimiento antiglobalización. Así, abomina del “neoliberalismo” y apoya los nacionalismos integristas, el antiamericanismo, el ecologismo radical y la limosna oficial del 0,7%. La intención es que los electores confundan el socialismo con un sentimiento humanitario universal, lo que es, a todas luces, demagógico, falso e inoperante, como ya denunció Raymond Aron. Los discursos de Zapatero aparecen, entonces, engalanados de eslóganes huecos como “ansia infinita de paz” o “alianza de civilizaciones”, que, en la práctica se traducen en la venta o el regalo de armas.
El socialismo se entiende como la fórmula cumbre de la historia de la Humanidad y, por tanto, debe reordenar la memoria de los españoles. De ahí su interés por reescribir la historia de España, vencer en la guerra civil a pesar de que terminara hace 66 años, e iniciar una segunda Transición saldando cuentas. La izquierda española tiene, desde Mayo del 68, un terrible complejo de “revolución pendiente” que, en la realidad, no busca el desarrollo material, cultural y político del país, sino la configuración de la nueva sociedad en orden a los ideales socialistas, que les permita perpetuarse en el poder.
Para su idea de nueva sociedad es vital borrar algunas de las señas de identidad de lo español: la idea de nación y la base cristiana. Zapatero se ha erigido, así, en el defensor de la España plurinacional, de lo que se deduce la inexistencia de la nación española, concepto que, junto al de “patria”, ha desaparecido de su discurso. El laicismo y el relativismo moral, por otro lado, tienen su reflejo en la ley para emprender la demolición calculada de los valores tradicionales. En el caso del “matrimonio homosexual”, no se trata tan solo de reconocer y garantizar los mismos derechos a todos los ciudadanos –que es la base de la democracia liberal–, sino de desvirtuar la naturaleza y el significado de la institución. ¿Por qué, sino, la insistencia en llamar “matrimonio” al casamiento entre homosexuales, desoyendo a tantas corporaciones, e hiriendo a otro grupo numeroso de ciudadanos?
El relativismo sólo es aplicable al desmontaje de las creencias ajenas. Se impone así la dictadura de “lo políticamente correcto”, a semejanza de los totalitarismos del siglo XX. Este relativismo construye el “ciudadanismo”, aquel republicanismo cívico de Philip Pettit basado en la firmeza de un único principio: la cesión; la cesión constante en política, nombres y valores, sin importar el carácter o representatividad del interlocutor. Desde el poder, y cuando aún queda algo por ceder, los resultados pueden ser las concesiones a una banda terrorista a cambio de que deje de matar, la práctica secesión de algunas partes de España, la vuelta a la servidumbre francesa en el orden internacional, la postración ante Marruecos, o la ruptura del principio de solidaridad entre Comunidades Autónomas.
En consecuencia, el objetivo de una sociedad de iguales, aquel principio por el que Norberto Bobbio distinguía a la izquierda de la derecha, queda en poco más que en la búsqueda de una ciudadanía relativista que, entre la indiferencia y el discurso políticamente correcto, evite discrepancias. Y tendremos ZP para rato.
ENTRE LAS PAGINAS MAS ATROCES DE LA GUERRA CIVIL DESTACA LA «JUSTICIA» IMPARTIDA POR LAS CHECAS. EL HISTORIADOR CÉSAR VIDAL, QUE TRIUNFA EN LA CADENA COPE, PUBLICA UN POLÉMICO LIBRO, EN EL QUE SEÑALA A CULPABLES AUN VIVOS. RECOGEMOS ALGUNOS EXTRACTOS
Los interrogatorios se encaminaban desde el principio a arrancar al reo alguna confesión sobre sus creencias religiosas o simpatías políticas, circunstancias ambas que servían para incriminarlo con facilidad. Tal fue el caso de Dolores Falquina y García de Pruneda, de 25 años, a la que se detuvo el 2 de octubre de 1936.Al día siguiente, de madrugada, se procedió a juzgarla preguntándole «si era de Acción Católica» e instándola a que revelara dónde se hallaban ocultos unos jóvenes falangistas. Dolores Falquina reconoció que efectivamente era secretaria de la parroquia de San José, pero afirmó que desconocía a los jóvenes de Falange.La acusada pensó que al no existir ninguna relación con los muchachos se la pondría en libertad. Sin embargo, aquel mismo día fue sacada de la celda para ser asesinada.
En el curso de este interrogatorio, el acusado no disfrutaba de ninguna defensa profesional e incluso era común que se le intentara engañar afirmando que se poseía una ficha en la que aparecía su filiación política. Como mal añadido, se daba la circunstancia de que los reos eran juzgados de manera apresurada y masiva, lo que facilitaba, sin duda alguna, la tarea de los ejecutores, pero eliminaba cualquier sombra de garantía procesal.Así, por citar un ejemplo significativo, durante el mes de octubre de 1936, un abogado llamado Federico Arnaldo Alcover acudió al Comité para visitar a Arturo García de la Rosa, uno de los dirigentes de la checa. Alcover iba acompañado de un familiar de García de la Rosa y se le permitió asistir a uno de los procedimientos de interrogatorio. Pudo así comprobar que en el espacio de media hora se procedió a interrogar a una docena de personas recurriendo a cuestiones que dejaban de manifiesto los prejuicios de los chequistas. Concluidos los interrogatorios, sin que se tomara acta de lo sucedido ni se procediera a la firma de la misma, se decidía la suerte de los acusados que, en su inmensa mayoría, eran condenados a muerte y asesinados de madrugada.
Los tribunales de la checa seis en total con dos de ellos funcionando de manera simultánea mantenían una actividad continua que se sucedía a lo largo de la jornada, en tres turnos de ocho horas, que iban de las 6 de la mañana a las 14 horas, de las 14 a las 22 y de las 22 a las 6 del día siguiente. (...) La actividad, no ya de los tribunales pero sí de las brigadillas, era especialmente acusada durante la noche y la madrugada, que eran los períodos del día considerados como especialmente adecuados para proceder a los asesinatos de los reos. Las sentencias dictadas por los diferentes tribunales carecían de apelación, eran firmes y además de ejecución inmediata. A fin de ocultar las pruebas documentales de los asesinatos, éstos se señalaban en una hoja sobre la que se trazaba la letra L, igual que en el caso de las puestas en libertad, pero para permitir saber la diferencia a los ejecutores, la L que indicaba la muerte iba acompañada de un punto.
Una vez establecido el destino del reo, éste era entregado a una brigadilla de cuatro hombres bajo las órdenes de un «responsable».Todos los partidos y sindicatos del Frente Popular contaban con representación en las diferentes brigadillas. Sin embargo, ocasionalmente las tareas de exterminio encomendadas a estas unidades eran demasiado numerosas y entonces se recurría para llevarlas a cabo a los milicianos que prestaban servicios de guardia en el edificio de la checa.
Entre los jefes de brigadilla de la checa de Fomento algunos destacarían por su actividad asesina. Tal fue, por ejemplo, el caso de Antonio Ariño Ramis, alias El Catalán. Delincuente común, antiguo recluso en la Guayana francesa, fue responsable directo de multitud de asesinatos en la capital y en poblaciones de la provincia como Vallecas o Fuentidueña del Tajo. Sus acciones en la checa de Fomento serían consideradas por las autoridades republicanas como un mérito, ya que cuando se procedió a disolverla pasó a formar parte del Consejillo de Buenavista, encargado también de tareas represoras.
(...)Desde luego, resulta difícil descartar que al menos en algunas ocasiones la razón fundamental de las detenciones -detenciones que concluían en fusilamientos- fuera meramente el robo. Por ejemplo, el 26 de septiembre de 1936, se procedió al asesinato de Rafael Chico y su hijo Luis Chico Montes, de un cuñado del primero, llamado Hipólito de la Fuente Grisaleña y de Jaime Maestre Pérez, redactor jefe de El Siglo Futuro. El rendimiento económico se produjo al forzar y robar la caja fuerte número 1055 que la familia tenía arrendada en el banco Hispano Americano.
En otras ocasiones, tras los fusilamientos sólo puede suponerse la existencia de antipatías personales. Tal fue el caso de Antonio García García, acomodador sexagenario del cine San Carlos, al que se detuvo y asesinó sin razón clara o el de José Fernández González, un jefe de la tahona sita en la calle Mira el Sol, número 11 al que denunció un antiguo subordinado suyo convertido en chequista.
No faltaron igualmente los casos de asesinatos de grupos enteros de detenidos en claro preludio de lo que iban a ser las matanzas en masa de finales del año 1936. Así, el 28 y 31 de octubre de 1936 se llevaron a cabo dos sacas, en el curso de cada una de las cuales se procedió a asesinar a 70 personas por acusaciones como las de querer ser seminarista.
Resulta obvio que la checa de Fomento sirvió en multitud de ocasiones para exterminar a aquellos que habían sido puestos en libertad por otras instancias judiciales. Así, por citar un ejemplo, el 21 de septiembre de 1936, Francisco Ariza Colmenarejo -que era consciente de esta terrible circunstancia- suplicó al director general de Seguridad que no se procediera a liberarlo mientras las autoridades republicanas no garantizaran su seguridad. Dos días después se expidió una orden de libertad en la que se hacía constar que gozaba del aval del Comité Provincial de Investigación Pública. Entregado así a la checa de Fomento, Ariza Colmenarejo fue asesinado.
En el caso de personas que hubieran incomodado al socialista Largo Caballero y que fueran asesinadas pueden mencionarse al menos dos casos. El primero es el de Angel Aldecoa Jiménez, de 58 años, magistrado, que fue detenido porque había juzgado un atentado relacionado con Largo Caballero, al parecer, no de la manera que hubiera complacido al dirigente socialista. Aldecoa pagó su independencia judicial frente al PSOE con el fusilamiento.El segundo es el de Marcelino Valentín Gamazo. Fiscal general de la República, Gamazo acusó a Largo Caballero por los sucesos de octubre de 1934 en estricto cumplimiento de sus deberes dentro de la legalidad republicana. El 5 de agosto de 1936, un grupo de milicianos llegó a la casa de campo de Rubielos Altos donde residía Gamazo con su familia y tras realizar un registro y proceder a destrozar los objetos religiosos, comenzaron a golpearle delante de sus hijos pequeños a pesar de sus súplicas para que ahorraran a los niños aquel espectáculo. (...) A las doce y media de la noche, en el paraje conocido como Cerrajón, del término de Tevar, Cuenca, Marcelino Valentín Gamazo y sus hijos José Antonio, Javier y Luis de 21, 20 y 17 años respectivamente fueron fusilados.
LAS MATANZAS QUE ORDENO SANTIAGO CARRILLO
(...) Ese mismo día 27 llegaron a San Antón nuevas órdenes de Serrano Poncela ordenando la puesta en libertad de más reclusos.Según el método habitual, al día siguiente, a esos detenidos se les incluyó en dos sacas cuyos miembros terminaron también siendo asesinados en Paracuellos. El día 29 de noviembre tuvo lugar una nueva saca en el curso de la cual fue asesinado, entre otros muchos, Arturo Soria Hernández, hijo del urbanista creador de la Ciudad Lineal. El 30, se efectuaría la última saca de San Antón. Cuando concluyeran, finalmente, las matanzas de aquellos días, millares de madrileños habrían sido asesinados por las fuerzas de la Junta de Defensa cuya Consejería de Orden Público se hallaba dirigida por el comunista Santiago Carrillo. (...)
La responsabilidad directa y esencial de Carrillo en millares de crímenes ha sido confirmada de manera irrefutable tras la apertura de los archivos de la antigua URSS. Al respecto, existe un documento de enorme interés emanado del puño y letra de Gueorgui Dimitrov, factótum a la sazón de la Komintern o Internacional Comunista. El texto, de 30 de julio de 1937, está dirigido a Voroshílov y en él le informa de la manera en que prosigue el proyecto de conquista del poder por el PCE en el seno del Gobierno del Frente Popular. El documento reviste una enorme importancia, pero nos vamos a detener en la cuestión de las matanzas realizadas en Madrid que Dimitrov menciona en relación con el peneuvista Irujo:
«Pasemos ahora a Irujo. Es un nacionalista vasco, católico...Quería detener a Carrillo, secretario general de la Juventud Socialista Unificada, porque cuando los fascistas se estaban acercando a Madrid, Carrillo, que era entonces gobernador, dio la orden de fusilar a los funcionarios fascistas detenidos».
LA VIOLACION Y ASESINATO DE LAS HERMANAS DEL VICECONSUL URUGUAYO
El mayor reto para las legaciones extranjeras era el de poder responder a las peticiones de asilo que formulaban centenares de personas. Buen número de los solicitantes eran ciertamente gente católica y conservadora, pero tampoco faltaban los apolíticos perseguidos por su carrera o su posición social ni los republicanos e incluso los izquierdistas moderados que comprendían que su vida peligraba en medio del marasmo cruento de la revolución.(...)
Las autoridades del Frente Popular no se limitaron a presionar a las legaciones diplomáticas para que les entregaran a los refugiados, sino que en no pocas ocasiones recurrieron al uso de la violencia para conseguir sus propósitos. Así, por ejemplo, el 7 de noviembre de 1936, un grupo de milicianos anarquistas entre los que se encontraba el conocido atracador Felipe Emilio Sandoval, detuvo un automóvil en el que iba el médico de la cárcel Modelo Gabriel Rebollo Dicenta en compañía de un funcionario de la legación noruega llamado Werner. A pesar de que el vehículo llevaba bandera diplomática, los milicianos sacaron de su interior al doctor Rebollo procediendo a asesinarlo. Las violaciones del Derecho Internacional no se limitaron, sin embargo, a vehículos. Así, los locales de la embajada de Brasil, situados en el paseo de la Castellana, números 55 y 57, fueron asaltados el 7 de mayo de 1938 por efectivos de la policía y de los guardias de asalto, que no sólo efectuaron un registro de las dependencias, sino que además se llevaron objetos de valor. En el caso de Alemania e Italia se produjeron sendas irrupciones de milicianos en los recintos diplomáticos una vez que ambos países reconocieron al Gobierno de Franco. Afortunadamente para los refugiados, en su mayoría ya habían sido puestos a salvo. Lo mismo podría señalarse de las embajadas de Finlandia y de Perú, que fueron allanadas siguiendo instrucciones de las autoridades republicanas.
En alguna ocasión, la violencia del Frente Popular contra los diplomáticos que intentaban paliar los efectos del terror revistió características especialmente repugnantes. Tal fue el caso de la descargada sobre la legación de Uruguay. Como forma de intimidación, los frentepopulistas secuestraron un viernes a las tres hermanas del cónsul de Uruguay en Madrid que tenían entre los 18 y los 23 años. Los milicianos procedieron tras el rapto de las muchachas a violarlas y asesinarlas. El sábado aparecieron los tres cuerpos arrojados a una cuneta al este de Madrid. El triple asesinato acompañado de violación era una obvia advertencia del Frente Popular, que prohibió enviar despachos a los corresponsales extranjeros narrando lo sucedido. La respuesta, plenamente justificada, de Uruguay consistió en romper relaciones diplomáticas con la España del Frente Popular.
EL MUNDO DE LA CULTURA SE DIVIDIO ENTRE SOPLONES Y ACUSADOS
Lejos de denunciar lo que estaba sucediendo, no fueron pocos los intelectuales que legitimaron las muertes e incluso unieron sus voces a las de aquellos que indicaban a nuevas víctimas a la vez que exigían su eliminación (...).
El 25, Miguel de Unamuno, que se había manifestado repetidamente contra el Frente Popular y ahora apoyaba a los alzados, fue cesado de su cargo de rector vitalicio de la universidad de Salamanca y tres días después, la universidad de Madrid era objeto de un cambio de cargos y nombramientos que llevarían, por ejemplo, a Julián Besteiro a convertirse en decano de la facultad de Filosofía y Letras y a Juan Negrín a ocupar la secretaría de la facultad de Medicina.
Al igual que había sucedido en Rusia durante la revolución, los intelectuales partidarios del Frente Popular se habían arrogado el derecho de expulsar de la vida pública -e incluso de la física - a aquellos que no comulgaran con su especial cosmovisión. Así, el 23 de agosto, la Alianza de Intelectuales Antifascistas celebró una asamblea cuya finalidad era depurar la Academia Española de la Lengua, cuyos miembros eran mayoritariamente de derechas.El comité de depuración, auténtica checa de la cultura, estuvo formado por Maroto, Luengo, Abril y, por supuesto, el poeta Rafael Alberti. La depuración fue durísima pero pareció escasa a las organizaciones del Frente Popular, que la consideraron un tanto tibia. Nuevamente, los intelectuales decidieron plegarse a los intereses partidistas, unos intereses que desde hacía semanas se escribían en sangre, y el 30 de julio publicaron un manifiesto de adhesión a la República.
La declaración, ciertamente escueta, estaba suscrita por una docena de intelectuales de primera fila y decía así: «Los firmantes declaramos que, ante la contienda que se está ventilando en España, estamos al lado del Gobierno de la República y del pueblo, que con heroísmo ejemplar lucha por sus libertades». Ramón Menéndez Pidal, Antonio Machado, Gregorio Marañón, Teófilo Hernando, Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, Gustavo Pittaluga, Juan de la Encina, Gonzalo Lafora, Pío del Río Ortega, Antonio Marichalar y José Ortega y Gasset».
No deja de ser todo un símbolo que ese mismo día fuera detenido Ramiro de Maeztu, otro de los grandes intelectuales de la época, en un piso de la calle Velázquez, número nueve. Se trataba del domicilio de su amigo José Luis Vázquez Dodero, que había aceptado esconderlo desde la noche del 17 de julio. Fue trasladado inmediatamente a la comisaría de Buenavista, donde un inspector lo puso en libertad al no encontrar ninguna causa legal que motivara su detención.Sin embargo, Ramiro de Maeztu, dado que ya eran las 11 de la noche y que lo esperaba un coche de milicianos a la puerta, solicitó que lo detuvieran.(...) Finalmente sería asesinado en una de las matanzas masivas realizadas en la época en que Carrillo era consejero de Orden Público.
Las motivaciones para aquella conducta de apoyo a una revolución extraordinariamente cruenta se hallaron en ocasiones en la convicción ideológica y otras, como el caso de Bergamín, en el miedo. Un caso similar fue el del poeta Juan Ramón Jiménez. Claro que no estaba sólo el miedo. Además estaba la defensa de los asesinatos por parte de aquellos que, sinceramente, estaban convencidos de que era lo mejor que podía hacerse en aquellos momentos. En honor a la verdad, hay que decir que no fueron muchos aparte de Rafael Alberti y de su mujer.
(...) La poda que pretendían los partidarios del Frente Popular era de tal magnitud que, de haberse podido llevar a cabo, hubiera significado la creación de un páramo cultural sin precedentes en la Historia de España. entre los condenados por la inquisición frentepopulista se hallaban los escritores Enrique Jardiel Poncela, Carlos Arniches, Ramón Gómez de la Serna, Eduardo Marquina, Tomás Borrás, José Juan Cadenas, A. Fernández Arias, Joaquín Calvo Sotelo, Ignacio Luca de Tena, M. Morcillo, Pilar Millán Astray, José María Pemán, Jacinto Miquelarena, Adolfo Torrado, Ramón López Montenegro, Jesús J. Gabaldón, Pedro Mata, Alejandro McKimlay, Antonio Quintero y Felipe Sassone, junto a compositores como Moreno Torroba, Jacinto Guerrero o Rosillo, cuya música debía de contener, presuntamente, corcheas antirrevolucionarias. No fueron, desde luego, los únicos músicos que tenían que temer.(...) Alberti, convertido, gracias a su condición de militante comunista, en dispensador de patentes de limpieza de sangre política, anunció que se negaba a participar como recitador en un acto organizado por la Asociación Profesional de Periodistas dado que en él iba a intervenir también el músico Joaquín Turina, porque no lo consideraba afecto al régimen.
El resultado de la fallida revolución de 1917 fue, posiblemente, mucho más relevante de lo que se ha pensado durante décadas. La derrota de anarquistas, socialistas, nacionalistas, republicanos y socialistas y, sobre todo, la benevolencia con que fueron tratados por el sistema parlamentario no se tradujeron en la integración de aquellos en éste.
Por el contrario, ambas circunstancias crearon en ellos la convicción de que eran extraordinariamente fuertes para acabar con el parlamentarismo y de que éste, sin embargo, era débil y, por lo tanto, fácil de aniquilar. Para ello, la batalla no debía librarse en un Parlamento fruto de unas urnas que no iban a dar el poder a las izquierdas, porque éstas carecían del suficiente respaldo popular, sino en la calle, erosionando un sistema que, tarde o temprano, se desplomaría. En otras palabras, las fuerzas republicanas no creían en una conquista democrática del poder, sino en una visión golpista –calificada eufemísticamente de revolucionaria– que colocara los resortes de la política nacional en sus manos.
No podemos detenernos en examinar meticulosamente los últimos años de la Monarquía parlamentaria. Sin embargo, debe señalarse que el análisis llevado a cabo por los miembros de la visión antisistema republicana pareció verse confirmado por los hechos. Hasta 1923 todos los intentos del sistema parlamentario de llevar a cabo las reformas que necesitaba la nación se vieron bloqueados en la calle por la acción de republicanos, socialistas, anarquistas y nacionalistas, que no llegaron a plantear en ninguno de los casos una alternativa política realista y coherente: sólo se dedicaron a desacreditar la Monarquía constitucional y apuntar a un futuro que sería luminoso, simplemente, porque en él se daría la república, la dictadura del proletariado o la independencia de Cataluña.
La dictadura de Primo de Rivera (1923-30) –un intento de atajar los problemas de la nación partiendo de una idea concebida sobre la base de una magistratura de la antigua Roma– fue simplemente un paréntesis en el proceso revolucionario. De hecho, durante la misma la represión se dirigió contra los anarquistas, pero el PSOE y la UGT fueron tratados con enorme benevolencia –siguiendo la política de Bismarck con el SPD alemán–, y Largo Caballero, que fue consejero de Estado, y otros veteranos socialistas llegaron a ocupar puestos de considerable relevancia en la Administración. A pesar de todo, el final de la década vino marcado por la concreción de un sistema conspirativo republicano que, a pesar de su base social minoritaria, acabaría teniendo éxito.
Desde febrero a junio de 1930, conocidas figuras hasta entonces identificadas con la Monarquía parlamentaria, como Miguel Maura Gamazo, José Sánchez Guerra, Niceto Alcalá Zamora, Ángel Ossorio y Gallardo y Manuel Azaña, abandonaron su defensa para pasarse al republicanismo y, de manera apenas oculta, al golpismo. Finalmente, en el verano de 1930 se concluyó el Pacto de San Sebastián, donde se fraguó un comité conspiratorio oficial destinado a acabar con la Monarquía parlamentaria y sustituirla por una república.
La importancia de este paso puede juzgarse por el hecho de que los que participaron en la reunión del 17 de agosto de 1930 –Lerroux, Azaña, Domingo, Alcalá Zamora, Miguel Maura, Carrasco Formiguera, Mallol, Ayguades, Casares Quiroga, Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos...– se convertirían unos meses después en el primer Gobierno provisional de la República.
La conspiración republicana comenzaría a actuar desde Madrid, a partir del mes siguiente, en torno a un comité revolucionario presidido por Alcalá Zamora, un conjunto de militares golpistas y prorrepublicanos (López Ochoa, Batet, Riquelme, Fermín Galán...) y un grupo de estudiantes de la FUE capitaneados por Graco Marsá. Por si fuera poco –y como había sucedido en las décadas anteriores–, la masonería prestó su ayuda con enorme entusiasmo, convencida de que tenía al alcance de la mano la posibilidad de crear un régimen a hechura suya.
Con todo, debe señalarse que el movimiento republicano quedaba reducido a minorías, ya que incluso la suma de afiliados de los sindicatos UGT y CNT apenas representaba al 20 por ciento de los trabajadores y el PCE, nacido unos años atrás de una escisión del PSOE, era minúsculo. En un triste precedente de acontecimientos futuros, el comité republicano fijó la fecha del 15 de diciembre de 1930 para dar un golpe militar que derribara la Monarquía e implantara la República.
Resulta difícil creer que el golpe hubiera podido triunfar, pero el hecho de que los oficiales Fermín Galán y Ángel García Hernández decidieran adelantarlo al 12 de diciembre, sublevando a la guarnición militar de Jaca, tuvo como consecuencia inmediata que pudiera ser abortado por el Gobierno.
Juzgados en consejo de guerra y condenados a muerte, el Gobierno acordó no solicitar el indulto de los golpistas, y el día 14 Galán y García Hernández fueron fusilados. El intento de sublevación militar republicana llevado a cabo el día 15 en Cuatro Vientos por Queipo de Llano y Ramón Franco no cambió en absoluto la situación. Por su parte, los miembros del comité conspiratorio huyeron (Indalecio Prieto), fueron detenidos (Largo Caballero) o se escondieron (Lerroux, Azaña).
En aquellos momentos el sistema parlamentario podría haber desarticulado con relativa facilidad el movimiento golpista formado por los republicanos, mediante el sencillo expediente de exponer ante la opinión pública su verdadera naturaleza a la vez que procedía a juzgar a una serie de personajes que, en román paladino, habían intentado derrocar el orden constitucional mediante la violencia armada de un golpe de Estado.
No lo hizo. Por el contrario, la clase política de la Monarquía constitucional quiso optar precisamente por el diálogo con los que deseaban su fin. Buen ejemplo de ello es que, cuando Sánchez Guerra recibió del rey Alfonso XIII la oferta de constituir Gobierno, lo primero que hizo aquél fue personarse en la cárcel Modelo para ofrecer a los miembros del comité revolucionario encarcelados sendas carteras ministeriales.
Con todo, como confesaría Azaña en sus memorias, la República parecía una posibilidad ignota. El que se convirtiera en realidad se iba a deber no a la voluntad popular, sino a una curiosa mezcla de miedo y de falta de información. La ocasión sería la celebración de unas elecciones municipales en abril de 1931. Tras las mismas, los republicanos –que perdieron clamorosamente–, de manera antidemocrática lograron provocar un cambio de régimen.
Y es que los republicanos españoles no eran demócratas sino antisistema, utópicos, seres convencidos de que gozaban de una legitimidad derivada de su superioridad moral y política. Ese sentimiento de hiperlegitimidad les permitía, a su juicio, derrocar un sistema parlamentario y sustituirlo por otro que abriera el camino a sus respectivas utopías. Su carencia de convicción democrática y sus objetivos incompatibles explican sobradamente las terribles convulsiones y el fracaso final de la II República.
La leyenda rosada de la II República no sólo ha insistido en el carácter absolutamente impecable de su proclamación, sino que además ha identificado a los republicanos con la democracia y desechado como antidemócratas a los monárquicos. Se trata de una visión de lo sucedido durante los años 30 que ha apoyado expresamente el actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, ¿eran demócratas los republicanos en 1930?
La I República fue un episodio efímero y profundamente lamentable de la historia española del siglo XIX. Durante su breve duración no sólo los escasos republicanos fueron incapaces de articular un sistema político viable, sino que además la nación se vio amenazada por la posibilidad de verse desintegrada en episodios como el del cantón de Cartagena, incluso estuvo a punto de degenerar en una dictadura armada bajo Castelar.
El fracaso republicano –que, a su vez, había sido precedido por otro fiasco monárquico en la persona de Amadeo de Saboya– acabó desembocando en una restauración borbónica. El sistema creado entonces pretendía copiar el que existía en Gran Bretaña, y en buena medida lo consiguió. Dos partidos, liberal y conservador, se alternaron en el poder mientras la nación intentaba modernizarse y superar las secuelas de la invasión francesa de 1808-13 y de las convulsiones decimonónicas.
El alcanzar esa meta se vio obstaculizado por un conjunto de fuerzas antisistema dotadas de una ideología utópica. A pesar de sus enormes diferencias, todas ellas compartían un feroz antiparlamentarismo, una clara oposición a la monarquía, un carácter muy minoritario y una muy reciente aparición en la historia. No otro sería el carácter de los nacionalistas catalanes y después vascos, de los socialistas y los anarquistas, y, por supuesto, de los diversos grupúsculos republicanos.
A inicios del siglo XX el peso social de todas estas fuerzas era reducido, pero, a pesar de todo, tenían la resolución de aniquilar el sistema constitucional y sustituirlo por sus respectivas utopías, utopías que iban de la dictadura del proletariado socialista al jacobinismo republicano, pasando por la independencia de regiones españolas en un régimen idealizado.
Partiendo de esa base, las fuerzas antisistema de carácter republicano pensaron ya desde esa época en una toma del poder no democrática sino apoyada en el ejército, en la subversión de la calle y en la agitación mediática, que les permitiera acabar con la monarquía y abrir cauce hacia sus bien poco compatibles metas. Una clara manifestación de esa visión política fue la denominada "revolución de 1917".
Su origen puede retrotraerse al acuerdo de acción conjunta que la UGT socialista y la CNT anarquista habían concluido a mediados de 1916. El 20 de noviembre ambas organizaciones suscribieron un pacto de alianza que se tradujo, el 18 de diciembre, en un pacto para ir a la huelga general. La misma tuvo lugar, pero no logró obligar al conde de Romanones, a la sazón presidente del Consejo de Ministros, a aceptar sus puntos de vista. La reacción de ambos sindicatos fue celebrar una nueva reunión, el 27 de marzo de 1917 en Madrid, donde se acordó la publicación de un manifiesto conjunto.
Lo que iba a producirse entonces iba a ser una dramática conjunción de acontecimientos que, por un lado, se manifestó en la imposibilidad del Gobierno de controlar la situación y, por otro, en la unión de una serie de fuerzas decididas a rebasar el sistema constitucional sin ningún género de escrúpulo legal. Así, a la alianza socialista-anarquista se sumaron las Juntas Militares de Defensa –la inevitable conexión militar–, creadas por los militares a finales de 1916 con la finalidad de conseguir determinadas mejoras de carácter profesional, y los catalanistas de Cambó que no estaban dispuestos a permitir que el Gobierno sacara adelante un proyecto de ley que, defendido por Santiago Alba, ministro de Hacienda, pretendía gravar los beneficios extraordinarios de guerra.
Frente a la alianza anarquista-socialista, con apoyo militar y catalanista, la reacción del Gobierno, presidido por Romanones –que temía un estallido revolucionario, que conocía los antecedentes violentos de ambos colectivos y que ya tenía noticias de la manera en que el zar había sido derrocado en Rusia–, fue suspender las garantías constitucionales, cerrar algunos centros obreros y proceder a la detención de los firmantes del manifiesto.
Seguramente, el Gobierno había actuado con sensatez, pero esta acción, unida a la imposibilidad de imponer el proyecto de Alba, derivó en una crisis que concluyó en la dimisión de Romanones y de su gabinete.
El propósito del catalanista Cambó consistía no sólo en defender los intereses de la alta burguesía catalana, también en articular una alianza con partidos vascos y valencianos de tal manera que todo el sistema político constitucional saltara por los aires. En mayo, la acción de las Juntas de Defensa contribuyó enormemente a facilitar los proyectos de Cambó. A finales del citado mes el Gobierno, presidido ahora por García Prieto, decidió detener y encarcelar a la Junta Central de los militares, que no sólo buscaba mejoras económicas, también reformas concretas.
Las juntas de jefes y oficiales respondieron a la acción del Gobierno con un manifiesto que significó el regreso a una situación aparentemente liquidada por el sistema constitucional de la Restauración: la participación del poder militar en la vida política. El Gobierno de García Prieto no se sintió con fuerza suficiente como para hacer frente a los militares y optó por la dimisión.
Un nuevo Gobierno conservador, basado en Dato y Sánchez Guerra, aprobó el reglamento de las Juntas Militares y puso en libertad a la Junta Central. La consecuencia inmediata fue que no pocos llegaran a la conclusión de que el sistema era incapaz de mantenerse en pie, que había llegado a tal grado de descomposición que aquellos que debían defenderlo de la subversión no habían dudado en utilizar el rebasamiento de la legalidad que caracterizaba a los movimientos anarquista y socialista.
El hecho de que las Juntas de Defensa parecieran estar en condiciones de poner en jaque el aparato del Estado llevó a Cambó a reunir una asamblea de parlamentarios en Barcelona bajo la presidencia de su partido, la Liga catalanista. Su intención era valerse de las fuerzas antisistema para forzar a una convocatoria de cortes que se tradujera en la redacción de una nueva Constitución.
El canto de muertos del sistema constitucional parecía inevitable y era entonado por todos sus enemigos: catalanistas, anarquistas, republicanos y socialistas. En el caso de estos últimos, se aceptó la participación en el Gobierno con la finalidad expresa de acabar con la monarquía, liquidar la influencia del catolicismo en la política nacional y eliminar a los partidos constitucionales de la vida política. Además, para desencadenar la revolución, los socialistas llegaron a un acuerdo con los anarquistas que se tradujo en la división del país en tres regiones.
Sin embargo, incluso dada la creciente debilidad del sistema parlamentario, pronto iba a quedar claro que sus enemigos –a pesar de su insistencia en que representaban la voluntad del pueblo– carecían del respaldo popular suficiente para liquidarlo.
El 19 de julio tuvo lugar la disolución de la asamblea de parlamentarios. Sólo en Asturias consiguieron los revolucionarios prolongar durante algún tiempo la resistencia, pero la suerte estaba echada. Mientras el comité de huelga –Saborit, Besteiro, Largo Caballero y Anguiano– era detenido, algunos dirigentes republicanos, como Lerroux, se escondían o ponían tierra de por medio. Mientras tanto, los catalanistas de Cambó habían reculado cínicamente. Estaban dispuestos a liquidar el sistema constitucional pero temían una revolución obrera, de manera que rehusaron apoyar a socialistas y anarquistas y, posteriormente, condenarían aquellas acciones.
La reacción no resulta tan extraña si se tiene en cuenta que los socialistas habían trasladado alijos de armas y municiones –"Yo transporté armas y municiones en Bilbao, yo personalmente", diría Indalecio Prieto poco después en las Cortes– con la intención de apoyar la revolución con las bocas de los fusiles. No iba a ser, por otra parte, la última vez que lo harían para derrocar un Gobierno legítimamente nacido de las urnas.
A pesar de todo, el castigo de la fracasada revolución no resultó riguroso, incluso se produjo una campaña a favor de la amnistía de los revolucionarios y, en noviembre de 1917, fueron elegidos concejales de Madrid los cuatro miembros del comité de huelga. Se trataba de una utilización del sistema constitucional para burlar la acción de la justicia que volvería a repetirse en febrero de 1918, cuando fueron elegidos diputados Indalecio Prieto (por Bilbao), Besteiro (por Madrid), Anguiano (por Valencia), Saborit (por Asturias) y Largo Caballero (por Barcelona).
De momento, las variopintas fuerzas republicanas habían fracasado en su intento de aniquilar de manera nada democrática el sistema constitucional. No iba a ser la última vez.
Durante casi un siglo, desde finales del siglo XIX a finales del XX, el marxismo ha constituido la esencia del socialismo y la socialdemocracia; incluso de parte del socialcristianismo, cuya manifestación más escandalosa fue la teología de la liberación. El marxismo aportaba, supuestamente, ciencia al pensamiento progresista. Los socialistas tenían a la historia de su parte, según explicaba “científicamente” el marxismo. Pero la impaciencia ante la lentitud de una historia que no justificaba la desaparición del capitalismo en Rusia, produjo el leninismo. Los partidos comunistas, como vanguardia de la clase obrera, disfrutaban, según Lenin, y posteriormente Stalin y Mao, de la capacidad de acelerar la historia hacia su conclusión lógica, la instauración de una sociedad sin clases, para lo cual se justificaba la utilización de la violencia; violencia científica. En nombre de la historia y de la ciencia el socialismo asesinó a los que consideraba burgueses en todo el mundo; antes de hacerlo, también, con los discrepantes de entre los suyos.
En la medida en que la aplicación práctica de la teoría marxista fue un fracaso económico sin paliativos y que sus predicciones teóricas sobre la evolución de las economías de mercado se demostraron totalmente erróneas, el componente marxista, como tal, fue desapareciendo de todos los partidos socialistas, declaradamente revolucionarios, que lo habían incorporado como verdad científica. Pero el leninismo, la justificación última de la violencia para conseguir unos objetivos políticos y sociales progresistas, permaneció. Un leninismo que se combina, en la actualidad, con el populismo y el nacionalismo en países que han padecido el socialismo real o que han sufrido revoluciones de inspiración jacobina o castrista, y que sigue influyendo en los partidos socialistas de los países desarrollados, que creen contar con una legitimidad diferente y añadida, o capaz de sustituir, en determinadas ocasiones, a la de las urnas. De hecho, el socialismo real sólo terminó cuando los ciudadanos de la antigua Unión Soviética dijeron basta, y no por el reconocimiento del fracaso intelectual del marxismo-leninismo. Y, de una u otra forma, la desaparición de la Unión Soviética socavó el soporte y la referencia política de las izquierdas de todo el mundo, que se encontraron sin modelo, ni capacidad de reformar sobre ese modelo, una práctica común que permitió durante decenios seguir defendiendo un modelo social intervencionista y temeroso de la libertad personal al socialismo y a la socialdemocracia.
En España, el PSOE de Felipe González renunció oficialmente al marxismo tras su segunda derrota electoral en 1979. Pero no lo hizo de la práctica o de la nefasta influencia del leninismo. La práctica del poder no democrático explica la colaboración con el golpismo del 23-F el Gal, las manifestaciones violentas, los insultos y las injurias durante los dos últimos años de gobierno del PP -amparadas en una supuesta indignación por la guerra de Irak- y el ilegal comportamiento entre el 11 y el 14 de marzo de 2004.
La seguridad de que al marxismo lo justificaban la ciencia y la historia permitió, y obligó, a prescindir de la ética, que pasó a ser considerada como una manifestación individualista y burguesa. Los efectos han sido devastadores en los partidos que se siguen llamando socialistas. Recuperar la ética es la tarea más complicada de las que afrontan los partidos socialistas, pues ética significa libertad personal y de conciencia y respeto a las convicciones de los que piensan de forma diferente. La falta de ética tiene efectos devastadores en la acción de gobierno, pues no hay principios a que atenerse.
La ausencia de ética es una constante en el partido socialista español, y por supuesto en el comunista. La ciencia y la historia, en la interpretación socialista española, justificaron el levantamiento de 1934 contra la legalidad republicana y lo que se identificaba con los intereses de la llamada burguesía. La ciencia y la historia justificaron las matanzas y los asesinatos durante la guerra civil, ya fueran por el pecado de ser burgués, como en Paracuellos, o por el de ser, predicar o practicar la religión, saldado con el asesinato de 8.000 religiosos.
La desaparición del marxismo y del otro apoyo teórico de la socialdemocracia, el keynesianismo hidráulico, ha producido un vacío clamoroso en todo lo que tiene que ver con la política, incluida la económica, de los partidos socialistas de todo el mundo, que resulta especialmente llamativa en España. De hecho, no hay ningún planteamiento político coherente en el PSOE, que se mueve entre la tarifa única para el IRPF y la proclamación de la necesidad de limitar los beneficios fiscales de los más ricos. Entre la necesidad proclamada de impulsar la competitividad y la persecución a la excelencia académica y a las exigencias educativas, por considerarlos valores fascistas. Entre el paradigma de la productividad, que levantaban cuando eran oposición, y el pacto político con los sindicatos. Entre la solidaridad entre los españoles, un objetivo progresista que parecía irrevocable, y la presión de los socialistas catalanes para pagar menos impuestos y reducir, en consecuencia, las transferencias a Andalucía y Extremadura. Entre el europeismo militante, con un traspaso sustancial de poderes a las instituciones supranacionales y la ruptura del pacto constitucional, para conceder poderes ilegales a las autonomías de los suyos o de sus aliados nacionalistas.
La miseria intelectual del socialismo español se ha refugiado en la negación de cualquier valor que pueda ser considerado como tradicional. Frente a la defensa de la familia la promoción de los matrimonio homosexuales, frente a la libertad religiosa una política laicista y de apoyo a otras religiones distintas del catolicismo, frente a la libertad educativa el intervencionismo público. En definitiva, una ideología de negación de valores de los que los tienen, sean cuales fueren, de defensa del intervencionismo público, defensa de la lucha de clases, aunque no se formule su existencia. Y de logro del poder por cualquier medio, para favorecer al sindicato de intereses en que se han convertido esos partidos autodenominados progresistas.
Las ideas no son inocentes. Ni las actitudes. Tienen raíces y, más importante aún, consecuencias. La primera batalla que debe ser librada, y ganada, tiene que ser entonces la batalla de las ideas (perdón por la terminología, tan manoseada por el castrismo).
No es casual que estos conceptos presidan el quehacer de los comunistas y de las izquierdas, en todo momento y circunstancias. Es sólo una contradicción aparente que aquellos que se han presentado como abanderados de una supuesta "concepción científico-materialista de la historia" sean los mismos que han entendido como nadie el papel de las ideas como condicionante de la historia. No por gusto los comunistas y su heteróclita parentela de izquierda se han dedicado durante décadas –por cierto, con notable éxito– a controlar los centros productores de ideas en el mundo. El "socialismo real" fracasó como proyecto de sociedad. El propósito de desbancar económica, científica y militarmente al capitalismo resultó finalmente en una bambolla colosal con un coste humano tan inmedible como silenciado. Pero el vicioso manejo de las mentes por sus retorcidas y tramposas ideas ha trascendido a su hundimiento como praxis.
La conocida tesis marxista de que la práctica es el criterio de la verdad se ha convertido en manos de intelectuales, académicos y políticos en su contrario. Para el pensamiento de izquierda, ya sea el más ortodoxo o el más descafeinado de la postmodernidad, la "práctica" es mentira en tanto contradiga a la “idea”. La prolija y abigarrada descendencia teórica de Marx, dueña de universidades, periódicos y editoriales, se ha inventado "deconstrucciones" y "relatividades" para sobrevivir. Así continúa ejerciendo su perversa influencia. La sociedad abierta, la libertad, los valores superiores que trabajosamente han ido formando parte de Occidente son sometidos constantemente al asedio de los múltiples virus mutantes del marxismo. Por eso los grandes desafíos que tenemos por delante, los peligros enormes a que nos enfrentamos, deben ser combatidos y derrotados, ante todo, en el campo de las ideas.
Lo anterior es válido también para el caso cubano. Y lo es en más de una dirección. El castrismo ha sido, desde aquellos tristes y engañosos albores de 1959, un referente –más o menos una variante– de las ideas y de la "praxis" marxista y de las izquierdas a escala planetaria. Y lo sigue siendo a pesar de su fracaso y de su horror. Lo es porque, nos guste o no, no ha sido derrotado en el campo de las ideas. Las ideas de esa heteróclita y abigarrada izquierda que siempre le encuentra justificaciones –también en el campo de la historia–, que siempre alcanza a ver "logros" y "progresos". Que siempre le encuentra aspectos "salvables". Que de un tiempo a esta parte se ve obligada a admitir "errores", pero que inalterablemente es proclive al disimulo y a la disculpa.
Los académicos, los intelectuales y los políticos descendientes del marxismo, incluidos los bastardos o putativos, son esclavos de su ancestro, y aún peleándose muestran coincidencias abrumadoras. Su insuperado pecado original les pierde. Y puede que nos pierda. Por eso debemos descubrirlos y combatirlos. Aquí nos jugamos nada menos que la libertad, y no nos valen declaradas –y probablemente ciertas– buenas intenciones; esas que, como se sabe, empedran el camino al infierno.
Si todas estas reflexiones son válidas para entender los complejos peligros y desafíos a que se enfrenta hoy Occidente, en el que esta heteróclita y abigarrada izquierda, conciente o no según qué casos, actúa como quintacolumnista con sus piadosos y melifluos mensajes pacifistas, "progresistas", multiculturalistas, altermundistas, y deconstructivos, relativistas y laxos en los terrenos de la historia, de la política, de la cultura y de la ética; son igualmente iluminadoras para comprender el tema cubano. Entre otras razones, porque el castrismo está insertado con mimbres dramáticos en el mismo centro del acontecer mundial en el último medio siglo, desempeñando un papel que desborda el propio peso económico, geográfico, demográfico, político y cultural que pudiera en pura lógica tener nuestra Isla.
El castrismo, pese a que muchos se resistan a entenderlo, ha sido y es un centro difusor de lo peor de nuestra época. El castrismo ha sido y es un peligro mayor para los valores de Occidente, acrecentado precisamente por su aparente debilidad e insignificancia, por el bien trabajado ardid ideológico del débil que se enfrenta con su supuesta superioridad moral al fuerte. La seductora aureola de David. La recurrente trampa de las utopías.
El siglo XX ha sido, entre muchas otras cosas, el siglo de los intelectuales (decir de izquierdas sería una redundancia). Y si precisáramos más, el siglo de la traición de los intelectuales a la libertad. Más de la mitad de ese siglo vivió bajo el espanto del nazismo (nacionalsocialismo), el fascismo y el comunismo, y de la escalofriante defensa de tales horrores por parte de grandes sectores de la llamada "intelectualidad". Brillantes filósofos, pensadores, escritores y artistas pusieron su talento al servicio de una u otra de estas ideologías. Pero sobre todo al servicio del totalitarismo comunista. Tanto, que aún hoy desconocen la significación del derrumbe del Muro de Berlín y se aferran, con obstinación impropia de quienes pretenden ser paladines del pensamiento y referentes morales de la sociedad, a los siniestros y esperpénticos despojos que subsisten sólo en Corea del Norte y Cuba –al menos en su más descarada ortodoxia.
No hay enmienda entre nuestros intelectuales. Su visión se halla definitivamente perturbada por una empecinada ceguera que les impide ver la barbarie de los remanentes del comunismo, así como sus espeluznantes émulos actuales del mundo islámico.
Para nuestros intelectuales el terrorismo islámico no es tal, sino resistencia; las salvajes prácticas musulmanas contra las mujeres son expresiones de la diversidad cultural; la locura norcoreana, que mientras hambrea a su pueblo fabrica armas atómicas, es heroica resistencia a la agresión imperialista. Y Cuba, ¡ah, Cuba!, la antigua Perla de las Antillas es, en la ametrópica visión de nuestros intelectuales, la perla de sus demolidas ilusiones.
Nada puede esperar la libertad de los intelectuales. Nada podemos esperar los cubanos que luchamos contra la tiranía. Los intelectuales, la izquierda en general, siempre estarán del lado de Castro, descarada o vergonzantemente. Ahora, en pleno siglo XXI, cuando el castrismo toma un segundo aire represivo, cuando en su decadencia se torna más fanático y peligroso, viene el Gobierno socialista de España a desbrozarle el camino para que la decadente Europa le tienda la mano y le proporcione avales políticos y recursos renovados a la tiranía. Y, al mismo tiempo, la fauna intelectual se nos aparece con un nuevo manifiesto en defensa de la tiranía, escrito alegremente entre tragos de güisqui y lonchas de jamón, bien lejos de la sordidez cotidiana de la Cuba castrista de sus amores. Firmas indelebles en el mural de la infamia que han venido construyendo desde hace un siglo. Antes fueron otros nombres cada vez más olvidables; hoy, los de siempre en los últimos años, los que gustosamente irían como voluntarios (siempre que no hubiera riesgos) a reconstruir el Muro de Berlín.
No puede haber confusión, titubeos o melindres diplomáticos en aras de supuestos consensos deseables, de proyectos inclusivos ideológicos que nos conducirían a la libertad. El pecado de ingenuidad es tal vez el peor de los pecados políticos. La izquierda y los intelectuales de ese gremio nunca van a estar definitivamente de nuestro lado.
En verdad la infamia es una enfermedad crónica de la izquierda.
En el Egipto faraónico fue una práctica relativamente repetida borrar de bajorrelieves e inscripciones epigráficas, con cincel y a martillazos, el nombre del soberano muerto a instancias de su sucesor o sucesores. Alguno (Amenhotep IV o Ejnatón), odiado de manera muy especial por la casta de los sacerdotes, se llevó la palma en esta suerte y el entusiasmo con que persiguieron su memoria complicó en gran medida el trabajo de los historiadores futuros, nuestros contemporáneos. Entroncaba tal cacería onomástica con la creencia primitiva en que la imposición del nombre constituye la verdadera entrada en el mundo de la existencia real, adquiriendo así la persona la entidad que antes era un mero proyecto. Sin embargo, los nada desinteresados perseguidores no consiguieron eliminar del todo el paso de Ejnatón por la tierra y, andando el tiempo, resultó uno de los faraones más populares y conocidos en nuestra contemporaneidad, que no se distingue precisamente por su dominio de aquellos tiempos lejanos. La destrucción de estatuas y pinturas, la quema de manuscritos o el escamoteo de documentos o filmaciones han sido constantes fijas en la historia de la Humanidad. Unas veces por simple odio, otras por pragmatismo cobarde y zafio y no han faltado numerosas ocasiones de pura estupidez. Ni combinaciones globales de todas ellas.
Con la cobardía de la nocturnidad, la reciente retirada de la estatua ecuestre del general Franco en Madrid entra de lleno en el último grupo: pretenden borrar la historia, adulan a los sectores más fanáticos y cortitos de la izquierda (abundantes) y demuestran por enésima vez estar horros por entero de generosidad y amplitud de ideas. Puro talante, pues. No se trata de ser franquistas o antifranquistas, eso se acabó hace mucho. Este que escribe tuvo algunos disgustos por no serlo en aquellos tiempos en que quienes se sumaban al cortejo gobernante obtenían enchufes y prebendas, igual que ahora. Quienes entonces aplaudían al poder lo siguen haciendo –siempre al poder- con independencia de quién lo ocupe. Y los mejores virtuosos del funambulismo, de aquella montaron en coche oficial y todavía no se han bajado: ¿será esto la madurez democrática? El mismo rebaño que en 1974 se habría indignado con gran violencia si a un chiquito se le hubiera ocurrido tirar un huevo contra esa estatua por “poner en peligro la paz de España”, ahora asiente muy convencido a la retirada –Rodríguez, maestro en retiradas- porque “era un dictador y mató a mucha gente”, lo que han oído en la tele. Bravo, qué nivel. No es cuestión de pro o anti, sino de respetar la historia y su recuerdo del modo más fidedigno posible. Hasta para criticar y condenar aquella etapa, o para matizar su valoración, o para entender a nuestro país sin mezquindad y partidismos. La presencia de esa figura ante un ministerio en el centro de la ciudad era un documento por sí sola, amén de su historia misma, que es sabrosa. Los españoles actuales –o los malgaches- no somos propietarios del pasado para deshacerlo, manipularlo o arrojarlo a la basura al antojo de cualquier petimetre más o menos ágrafo, sino depositarios provisionales y nuestro deber, tantas veces incumplido, es preservarlo para las generaciones futuras.
Pero aquí no hay sólo odio a causa de abuelos fusilados (¿Quién no tiene algo así?) o revanchas infantiles para gentes muy mezquinas, el partido del gobierno –que cuenta con uno de los hombres más ricos del mundo como patrón y protector- necesita dar pruebas de rojo, pasar el examen permanente de limpieza de sangre progresista, mientras va instaurando el PRI a la española, a ver si esta vez hay suerte y dura setenta años como la versión mexicana. Ponerse las botas, vamos. Y para ello se precisan gestos, crear y mantener una imagen de izquierda, tanto para su propia parroquia como para la del vecino: preocúpese IU por los votos que le arañan estos numeritos circenses (viajes a Cuba de nuestros mandatarios, fuga de Irak, retirada de la estatua, cascar a algunas señoras mayores a la puerta del Congreso por protestar contra la ley de bodas homosexuales, etc.), ya que no se inmuta ante la irresponsabilidad en que están incurriendo, junto a sus compadres del PSOE, al reavivar el odio que creíamos muerto y enterrado. Cerquita del emplazamiento de la de Franco están las horripilantes estatuas de Indalecio Prieto y de Largo Caballero (especial benefactor de la patria este último): ¿alguien garantiza que no van a necesitar vigilancia y guardia perpetua? ¿Adónde nos quiere llevar este gobierno?
Los archivos de la antigua URSS confirman la responsabilidad de Santiago Carrillo en el genocidio de Paracuellos, con 5.000 asesinatos tal y como pone de manifiesto César Vidal en su último libro: Paracuellos-Katyn. Un ensayo sobre el genocidio de la izquierda.
Dos agentes de Stalin, Gueorgui Dimitrov y Stoyán Minev Stepánov emitieron, durante la guerra civil, sendos informes secretos en los que dan por supuesto que las matanzas se hicieron por orden de Santiago Carrillo, consejero de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid.
Las sacas de las cárceles de Madrid para el asesinato en masa se hacían mediante oficios de Serrano Poncela, el segundo de Carrillo. Dentro de esos terribles eufemismos totalitarios, quienes iban a ser fusilados aparecían en listas con orden de ser puestos en libertad.
Paracuellos-Katyn. Un ensayo sobre el genocidio de la izquierda, de César Vidal, publicado por Libros Libres, es una obra oportuna y necesaria en el momento presente. A anteriores visiones simplistas, ha sucedido una historia-tebeo, de marcado tono propagandista, que sitúa el debate en la Segunda República y la contienda fratricida en una dialéctica demócratas-fascistas. Eso se está vendiendo de continuo a los jóvenes.
Paracuellos aparece en este "ensayo sobre el genocidio de la izquierda" como la terrible manifestación de un proyecto totalitario, compartido por toda la izquierda española. Ésa es una de las novedades: situar al PSOE como lo que era; un partido marxista, visceralmente antidemocrático, totalitario, favorable a la dictadura del proletariado y el partido único.
De hecho, de las matanzas de Paracuellos, también fue responsable la socialista Margarita Nelken. Y el PSOE administró en Madrid 44 checas, donde se torturaba y asesinaba a "enemigos de clase".
Lejos de cualquier concesión a la propaganda progre al uso, Vidal sitúa la tendencia compulsiva al genocidio -el comunismo ha asesinado a más de cien millones de personas- en la ideología originaria: el marxismo.
Terror despiadado
Que la revolución conlleva el asesinato en masa y la eliminación de clases enteras se encuentra en El Manifiesto Comunista, donde se habla de "aniquilación de clases antagónicas" y cuyo clima es de pasión por la violencia. El terror indiscriminado, el asesinato en masa es la nota distintiva de la izquierda revolucionaria y específicamente del leninismo.
Ningún sentido tiene personalizar en Stalin tal perversión como si se tratara de un desviacionismo. Lenin, quien puso en marcha la Checa, preguntaba a los bolcheviques: "¿Creéis realmente que podemos salir victoriosos sin utilizar el Terror más despiadado?". Las directrices exterminadoras son constantes y obsesivas: "Hay que fomentar la energía y el carácter masivo del terror contra los contrarrevolucionarios".
Bien establecida esta premisa, César Vidal desentraña otra mascarada: el PSOE no es un partido de tradición democrática. Nunca Pablo Iglesias lo concibió como tal. Pablo Iglesias y su partido eran marxistas. Siempre pretendieron "aniquilar totalmente el sistema constitucional e implantar la dictadura del proletariado de acuerdo con los principios esenciales del socialismo, lo que incluía el exterminio de sectores completos de la sociedad.
Los pactos con la izquierda burguesa fueron considerados como etapa estratégica. Iglesias ni tan siquiera descartó el asesinato personal como arma legítima de la acción política. En sede parlamentaria, y con referencia a Maura, proclamó: "Hemos llegado al extremo de considerar que antes de que Su Señoría suba al poder debemos llegar al atentado personal".
La izquierda, el conjunto de la izquierda, llega a la Segunda República sin revisionismo alguno, avizorando un triunfo final en el que no existiría la democracia. De ahí que, rechazando el triunfo de la CEDA en 1933, y la entrada en el Gobierno de tres de sus ministros, se lance al golpe de Estado puro y duro la llamada revolución de Asturias, que puede ser considerada el inicio de la Guerra Civil.
En sus mentes, las imágenes de la fatídica mañana del 11 de marzo de 2004 siguen estando igual de presentes que hace un año. Los ciudadanos de Madrid que vivieron y sufrieron el peor atentado terrorista jamás ocurrido en suelo europeo atisban con cierto recelo el futuro; no logran despojarse del miedo que les asalta cada vez que recuerdan los rostros y los cuerpos ensangrentados de las víctimas, y temen la posibilidad de que vuelva a suceder algo parecido.
Sus testimonios dan fe de un cúmulo de sensaciones encontradas que, con motivo del primer aniversario del sangriento atentado, han vuelto a aflorar. La rabia contenida, el dolor profundo, el estupor colosal, el miedo permanente, la indignación y las preguntas difíciles de contestar planean sobre sus reflexiones.
Preguntas sin respuesta
¿De qué ha servido tanto dolor?, ¿por qué ha muerto tanta gente?, se pregunta el sosegado Manuel, un taxista madrileño a quien las imágenes de las explosiones sorprendieron cuando tomaba su primer café en el barrio madrileño de Villaverde.
Elena, la socióloga menuda e incisiva, prefirió construir sus propias conclusiones y tratar de omitir lo que estaba sucediendo. «Fue una estrategia que elegí para autoprotegerme de futuras secuelas», dice con aire afligido.
A Francis, el profesor de secundaria, le tocó dar una de las clases más complicadas de su carrera. La ardua tarea consistía en explicar a sus jóvenes alumnos la palabra terrorismo y sus sinsentidos en una mañana en la que también tenía que preguntar por compañeros suyos que suelen coger el tren para ir a sus respectivos trabajos.
Manuel, un vigilante jurado de Móstoles, se olvidó por un día de que estaba de baja, cogió su muleta y se acercó al escenario de la matanza para echar una mano. Su acto solidario se vio truncado por la magnitud del drama y, al final, tuvo que desistir.
Sus valoraciones de la respuesta de los partidos políticos difieren, pero casi todos los testimonios coinciden en desaprobar la infructuosa labor de la comisión de investigación parlamentaria y en la necesidad urgente de esclarecer lo ocurrido para honrar la memoria de las víctimas. La manipulación informativa es otra laguna que todos han señalado con el dedo acusador. Diego, un joven empresario, cree que en un país donde la prensa está tan politizada era normal que primaran los intereses partidistas.
Historias, todas ellas, de hombres y mujeres a quienes la barbarie terrorista ha convertido en actores del mayor drama de nuestro tiempo.
Ahora hasta el inefable juez Garzón habla de investigar al franquismo. Por ejemplo, el democrático PSOE de ahora se parece poco al de los años treinta. No obstante ¿por qué no investigar al PSOE a ERC y PCE? El PSOE siempre ha sido un partido que se nos ha vendido como democrático. Pero tiene unas sombras terribles en su pasado.
El PSOE debería pedir perdón por una serie de circunstancia que han perjudicado notablemente el paso a la normalización democrática. ¿Acaso no era un partido antisitema democrático desde su fundación hasta el colaboracionismo con la dictadura del General Primo de Rivera? ¿Acaso no participó en el intento de diversos golpes de Estado, entre ellos el de 1934 con el Gobierno democrático que había ganado las elecciones en 1933? ¿Acaso en este golpe de Estado de 1933 no fueron asesinados ya religiosos indefensos en Turón?
¿Acaso el PSOE no mantenía estrechos vínculos con el dictador y asesino comunista Stalin en los años treinta? ¿Acaso el PSOE no asumió la dictadura del proletariado con uso de la violencia para su implantación en España, rompiendo con la democracia? ¿Acaso esto no es evidente al leer las hemerotecas de los años treinta dónde los dirigentes del PSOE de esa época, salvo Besteiro, no ocultaban sus intenciones guerra-civilistas y totalitarias? ¿Acaso en la campaña electoral de 1933 no fueron asesinados más de quince militantes de derechas mientras no fue asesinado ni uno de izquierdas?
¿Acaso la quema de iglesias y la destrucción del patrimonio no estuvo sistemáticamente organizado tal y como se detallan en documentos y señalan los testigos de la época y Pío Moa y otros?
En este sentido, el reto actual de los partidos es continuar por la senda de la democracia, de la Constitución de 1978, que nos dimos nosotros mismos, y mirar al futuro. La historia es la maestra de la vida, por eso es muy interesante conocerla al completo, para evitar los tremendos errores cometidos en el pasado.
A ESPAÑA SERVIR HASTA
MORIR
Pues Felipe vive en Somosaguas
Ha pasado lo que tenía que pasar. A nadie puede sorprender la actitud sectaria, mediocre y rastrera con que el presidente Zapatero ha celebrado los resultados del Referéndum sobre el Tratado Constitucional. Era el guión esperado, y lo ha cumplido escrupulosamente. Dos horas y veinte minutos fueron suficientes para que el presidente del Gobierno se pusiera las medallas del resultado de las urnas.
En una intervención institucional, Zapatero hizo pública la radiografía de su forma de entender la política. Primero dice que la consulta del 20 de febrero era un reto personal; con esa afirmación el Jefe del Ejecutivo reconocía sin ambages que había convocado un plebiscito sobre su gestión política. Después pasa de puntillas sobre la actitud mantenida por sus socios parlamentarios: "no hay perdedores", añade, para luego soltar a sus "perros furiosos" contra el Partido Popular. Zapatero, que no quiso hacer ninguna mención de agradecimiento al apoyo del PP, ha quitado el bozal a Blanco y Rubalcaba que se han lanzado como furias contra los populares. Y por último el presidente del Gobierno ha ocultado la realidad, detrás del teórico "sí claro" están los registros de participación más bajos de la historia reciente de la democracia.
Esta es en definitiva la realidad política que aparece tras los resultados del 20 de febrero. Como tantas otras veces, pero esta vez a la luz del día, el presidente del Gobierno ha utilizado la artimaña, la mentira y el despiste para hacer política. Eso es lo que hay. Y el Partido Popular debe de darse cuenta de una vez por todas. Si los populares insisten en engañarse y mantienen esa actitud del "centrismo de la nada" es evidente que terminarán arrastrados por la corriente.
Zapatero no es de fiar. La realidad es tozuda. Pretender dibujar otra historia es un grave error que el Partido Popular no se puede permitir. El Referéndum deberá ser una lección aprendida. El PP no puede creer al Gobierno. Y sí lo hace será carne de cañón. Desde luego, visto lo visto, los populares deberían romper el llamado "pacto constitucional" que no es más que otra engañifa de Zapatero. Pensar que de ese acuerdo Zapatero-Rajoy va a salir algo bueno es estar fuera de la realidad porque el Gobierno miente y con esas reglas es difícil actuar correctamente.
Y mientras Zapatero se refugia en la mentira. Blanco y Rubalcaba se dedican a rastrear barrio a barrio, para ver qué se vota y cómo se vota. Esto comienza a dar miedo. Del control social hemos pasado al control de los medios de comunicación para terminar controlando también el voto. El PSOE, en una actitud sin precedentes, se dedica a acusar a los ciudadanos de votar una opción determinada. Desde luego o estos dos "elementos" de la política rectifican o votar diferente al Gobierno se va a convertir en un peligro real. Y además, por lo que parece, el barrio donde uno vive es determinante para el voto. Pues, que no se olviden, que Felipe González vive en Somosaguas. Que me lo expliquen.