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  • La tragedia de la II República

    En la república de 1931 hubo dos tendencias principales. Una aspiraba a una democracia liberal, y la otra venía impregnada de mesianismo revolucionario y, por tanto, de demagogia. La primera la auspiciaron los llamados Padres espirituales de la República, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, así como los organizadores del movimiento republicano, Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura.

    La tendencia mesiánica dominaba en la izquierda, desde Azaña, que tenía una concepción despótica (un régimen para todos los españoles pero gobernado forzosamente por los autoproclamados republicanos, es decir, los afines al propio Azaña), hasta el Partido Socialista, que tras haber colaborado con la dictadura de Primo de Rivera pasó a exigir la dictadura del proletariado, es decir, del propio PSOE; pasando por los separatistas vascos y catalanes, o los anarquistas, sistemáticamente violentos.

    Cabe interpretar la evolución de aquel régimen como la pugna entre esas dos concepciones, la democrático-liberal y la despótico-revolucionaria. Desde muy pronto la segunda desbordó a la primera con agresiones brutales, como la quema de iglesias, bibliotecas y centros escolares, y una Constitución sectaria, no laica sino antirreligiosa. Tales abusos expulsaron del ideal republicano a una gran masa de la población, representada en la CEDA, la cual aceptó pacíficamente al nuevo régimen y sus leyes pero no pudo identificarse con él. Ello debilitó el proyecto de una democracia moderna y pluralista donde cupieran todos los españoles.

    En 1933, luego de dos años de experiencia de gobierno de izquierdas, una amplia mayoría de la población votó al centro-derecha, que llegó al poder pacífica y legalmente. Pero la decisión popular fue rechazada por las izquierdas y los separatismos, los cuales intentaron varios golpes de estado, desestabilizaron el Gobierno legítimo y, finalmente, planearon, en sus propias palabras, la guerra civil. La derecha defendió la legalidad republicana, pese a disgustarle, contra el asalto de las izquierdas, que ocasionó una guerra en octubre de 1934 con 1.400 muertos en 26 provincias, y enormes daños materiales.

    Pese a este fracaso, la corriente despótico-revolucionaria, atribuyéndose con pleno fraude la legitimidad republicana, consiguió unirse y volver a la carga. En los comicios de 1936, repletos de irregularidades, ganó, en principio, en diputados, empatando en votos (si bien los supuestos vencedores nunca publicaron los datos fehacientes de las elecciones). Su victoria originó un rápido proceso de descomposición social y política, con cientos de muertes, incendios y destrucciones, culminados en el secuestro y asesinato de Calvo Sotelo, uno de los jefes de la oposición, y el intento fallido contra otros. Este crimen, perpetrado por la policía y milicianos socialistas, prueba la extrema degradación de un Estado cuyos aparatos de seguridad actuaban como grupos terroristas.

    La legalidad había sido destruida por completo desde el Gobierno y desde la calle, y ello causó la Guerra Civil; o, más propiamente, la reanudación de ella después de los episodios de 1934. Vale la pena recordar las invectivas de los "Padres espirituales de la República", y de tantas personas sensatas, contra "los desalmados mentecatos", "los canallas" que habían traído la ruina al régimen y la guerra a España

    Hoy contemplamos con alarma cómo un presidente del Gobierno se declara "rojo", es decir, afín a la ideología más mortífera y tiránica del siglo XX, en rivalidad con la nazi; y reivindica los "valores republicanos", entendiendo por tales los de la corriente despótico-revolucionaria. Le oímos hablar de "Paz, piedad, perdón", pervirtiendo el lenguaje de forma inaudita. Para él, la paz se obtiene liquidando la Constitución; la piedad la dedica a los asesinos y la aparta de sus víctimas; y el perdón, grotesco perdón, consiste en la legalización del asesinato como forma de hacer política y obtener ventajas inadmisibles.

    El Gobierno actual está destruyendo la ley, y por tanto la posibilidad de una convivencia en paz y en libertad en España. Y los ciudadanos demócratas debemos denunciar y frenar este proceso enloquecido.




    DESDE LA IZQUIERDA. El fraude histórico del PSC (1)

    Quiero rescatar esta denuncia al PSC, realizada nada más formar Gobierno Maragall con Iniciativa y ERC, porque aún hoy en España hay socialistas que no se han caído del guindo.

    Autonómicas catalanas, noviembre de 2003. Han sido necesarios 23 años y un nuevo revés para que los votantes socialistas comiencen a sospechar que las derrotas continuadas y sistemáticas, mantenidas a pesar de la evidencia de sus errores, no eran equivocaciones inocentes sino la evidencia de una estrategia llevada durante años por los barones nacionalistas del PSC para eliminar al PSOE de Cataluña. Por decirlo sin matices: los reventós, obiols, molas, maragalls, nadales, etcétera, serían el Caballo de Troya que ha utilizado la burguesía nacionalista para disolver la fuerza socialista de raíz española representada en Cataluña por la emigración, con escasa o nula simpatía al nacionalismo.

    Por eso no comprendimos, pero acatamos, en 1980 la renuncia de Joan Reventós a encarar el incipiente nacionalismo de Pujol. ¡Qué ingenuos! Por entonces creímos que lo hacía obligado por la aritmética electoral y la generosidad socialista para cooperar en una transición tranquila. Más tarde se negaron a matizar el rencor encubierto hacia todo símbolo cultural español que, sutilmente primero, groseramente después, se fue imponiendo desde la escuela y los medios de comunicación públicos y afines.

    Y, puestos ya a transigir, renunciaron a denunciar la política de segregación lingüística cuando a los hijos de sus votantes les inmersionaban en catalán desde preescolar, no para aprender dos idiomas sino para arrancarles de cuajo el sentimiento del que traían de casa. Y cuando alguien protestó contra este monolingüismo no dudaron en apoyar la criminalización que el nacionalismo ponía en marcha contra los disidentes.

    No pudimos sospechar entonces qué extraña misión patriótica se impusieron para evitar el "lerrouxismo", ese espantapájaros utilizado para dejar sin voz a todos los que no estuvieran por la construcción nacional, ni qué extraña visión les condujo a empaquetar en un mismo infierno a los defensores del bilingüismo con los "fachas", otro espantapájaros para callar al disidente. ¿Dónde están aquellas "hordas fachas" de las que nos defendían cada vez que exigíamos derechos lingüísticos? A espaldas de sus militantes andaluces, desnutrían el catalanismo propio para engordar el nacionalismo de sus adversarios políticos.

    El "oasis catalán" se incubó en estos años. Líderes sindicales, asociaciones de vecinos y de padres, claustros y rectorados universitarios, colegios de licenciados, innumerables revistas subvencionadas por las instituciones nacionalistas, prensa escrita y medios audiovisuales de comunicación; todos y cada uno de los espacios sociales y políticos se ponían al servicio de la nueva verdad de época: el nacionalismo. Silencio, cooperación, manipulación, acoso moral al disidente.

    Pronto, muy pronto, el olfato alertó que podías quedar fuera del concurso social, laboral, político si contradecías esa verdad de época. Y los que tenían la obligación de denunciarlo y podían haberlo hecho se dedicaron a apuntalarla. Relegaron su ideología de izquierdas en favor de la nación y renunciaron a la lucha por la igualdad.

    El esfuerzo debido a la justicia social se perdía en discursos etnicistas, como la reforma del Estatuto, la exigencia del federalismo asimétrico (dícese de la reivindicación de la desigualdad en nombre de la patria) o la resurrección de la Corona de Aragón para simular el complejo nacionalista. Nada contra esos cachorros convergentes de ERC cuando, blandiendo el discurso más reaccionario y contrario a la ideología socialista, pretendían acabar con la única revolución social posible en el siglo XXI: la nivelación de la economía a través de los impuestos. Argumento: "España nos roba cada año dos billones de pesetas".

    ¿No había ningún líder socialista para aclararles que Cataluña no paga impuestos, sino que lo hacen los ciudadanos? ¿Ninguno que les recordara que quien gana 45.000 euros en Cataluña paga el mismo 45% que quien los gana en Extremadura? ¿Ninguno que les reprochara que tal argumento, llevado a sus últimas consecuencias, significaría que los de Barcelona podrían exigir gestionar sus impuestos frente a las comarcas menos prósperas de Cataluña, y los ricos de Pedralbes frente a los barrios más pobres de Barcelona? Seguro que la Bonanova tendría los mejores servicios sociales y las pensiones más altas de Europa, pero Nou Barris carecería de lo más elemental. Al final, el más rico del lugar exigiría gestionar sus propios impuestos, ya que su dinero no retornaba a él en su totalidad.

    En lugar de desenmascarar estos discursos de la derecha más rancia, se han confundido con ellos para inventar agravios, crear insatisfacción y provocar frustración: "El Estado nos roba", "El catalán desaparecerá en 50 años", "Mientras Cataluña trabaja, Andalucía vive del paro", "Salamanca se niega a devolver nuestros archivos", "Las autopistas catalanas son las únicas del Estado que pagan peaje"; y, para colmo, "Nos quieren robar el agua del Ebro". "Ni una gota fuera de Cataluña". Crear frustración para presentar al nacionalismo como la única forma de evitarla.

    Durante 25 años, la federación socialista del PSOE, engañada o vendida a los dirigentes con pedrigí nacionalista, acompañada de nacionalcomunistas de salón y sindicalistas burocratizados, les han ayudado a generar esa frustración, y ahora no comprenden por qué los jóvenes han votado al nacionalismo independentista de ERC. ¡Por Dios! ¿Tan difícil es ver que durante 25 años han estado legalizando y ensanchando el espacio nacionalista hasta convertirlo en el único campo de juego, fuera del cual no es posible jugar? ¿No se dan cuenta de que han estado engordando a sus sepultureros? ¿Qué esperaban?

    Era comprensible que lo hiciera el pujolismo: vivía de ese victimismo nacionalista; como comprensible es el empecinamiento de ERC por alcanzar la independencia: es su negocio. Pero que renunciara a su ideología el Partido Socialista Obrero Español sólo podía ser de ingenuos, de acomplejados o de entristas al servicio del nacionalismo. Ahora podemos saber con certeza que ha sido fundamentalmente por esto último.

    Retrocedamos al origen del PSC, a finales de los años 70. Allí encontraremos el origen oculto y ocultado de una estrategia nacionalista cuyo interés fue poner los fines nacionalistas por encima de la ideología socialista [*].

    Cuenta Oriol Bohigas, en Entusiasmos compartidos y batallas sin cuartel, que en 1977 el que llegaría a ser líder del PSC, Joan Reventós, presidente en esos momentos de Convergencia Socialista de Cataluña, le advirtió (así como a Josep Maria Castellet) del "peligro de un triunfo en solitario del PSOE". Por entonces, la Federación Catalana del PSOE, dirigida por Josep M. Triginer, tenía gran implantación social, pero no era nacionalista, mientras el Reagrupament, dirigido por Josep Pallach, era nacionalista pero sin implantación social. Ante ese panorama, Joan Reventós advierte a sus dos amigos de que la única salida era aliarse con el PSOE.

    "Esta situación tenía una doble ventaja: se aseguraban los votos populares propios del partido de González y se garantizaba el catalanismo gracias a Convergencia. Lo que no dijo Reventós, o no recoge Bohigas en sus memorias, es que los catalanistas irían a la cúpula mientras el PSOE ponía el cuerpo militante y electoral. Así se tendría una izquierda 'propia', una lengua 'propia', una cultura 'propia'" (C. A. de los Ríos, La izquierda y la nación, Planeta, 1999).

    Muchos años después, con motivo de la presentación de sus memorias de embajador, el líder socialista Joan Reventós se responsabilizaba de la hegemonía del nacionalismo:

    "Yo rechacé el pacto con Pujol porque los socialistas nos hubiéramos partido en dos mitades. Y preferí la hegemonía de Pujol a que en Cataluña se instaurara con fuerza una opción lerroxista".
    Continuará…

    [*] Esta política de disolver el socialismo en el nacionalismo no la han inventado ni ERC ni el PSC, sino la Alemania nazi de Adolf Hitler. Define así al nacionalsocialismo la Gran Enciclopedia Larousse:

    "Doctrina de Hitler y del Partido Nacionalsocialista. El nombre de 'nacionalsocialismo' señala el intento realizado por ciertos nacionalistas para separar a las masas del socialismo, al que se reprochaba ser internacionalista y, por lo tanto, destructor de la comunidad nacional. Esta teoría fue expuesta por primera vez en el programa de veinticinco puntos redactado por Feder para el Partido Obrero Alemán (1920), y después en Mi lucha, obra de Hitler (1925-1927)".

    Huelga decir que ni en las intenciones ni en la realidad tiene nada que ver el PSC, o ERC, con ese partido nacionalsocialista de infausta memoria, pero no deja de ser inquietante que ambos tomen de aquél el camino de nacionalizar, en lugar de socializar y universalizar.


    La recuperación de la memoria histórica. ¿O DE LA LEGALIDAD REPUBLICANA?

    El tema de la Guerra Civil está hoy de plena actualidad. Recuerdo que en mi primera comparecencia política en los años de la Transición, en la que diserté sobre los fueros del futuro, dije lo siguiente: “Para que la democracia en España sea factible es preciso restañar definitivamente las heridas de la Guerra Civil. Yo tengo un profundo respeto hacia cuantos de buena fe en uno u otro bando creyeron luchar por un futuro mejor. Pero a la vista de los horrores de aquella lucha entre hermanos el corazón se estremece, y sólo quisiera que esa triste página de nuestra historia nunca hubiera tenido lugar. La amnistía debe ser el último acto de la gran tragedia, pero no puede convertirse en el comienzo de una nueva etapa revanchista”.

    Fruto de ese espíritu de conciliación fue la Constitución de 1978. No en vano se le ha llamado la Constitución de la libertad y de la concordia. Los que la hicimos y la votamos estábamos convencidos de que la Guerra Civil, aquel gran fracaso colectivo de los españoles de los años 30, era ya un triste y trágico episodio definitivamente cerrado y enterrado.

    Ocurre que el Gobierno de Rodríguez Zapatero, so pretexto de impulsar la "recuperación de la memoria histórica", ha vuelto a abrir el telón de la gran tragedia, pero de momento no parece tener otro objeto que mostrar los horrores protagonizados por el bando victorioso. Hay incluso una creciente sospecha de que, en último término, la recuperación de la memoria histórica no es más que la tapadera para otra operación política de gran calado: la recuperación de la legalidad republicana. El argumento subliminal es bien claro. Si los fascistas de la derecha derribaron la República, todo cuanto vino después está viciado de raíz, incluida la restauración de la Monarquía. Y si hasta ahora se respeta la figura de Don Juan Carlos –un rey bastante republicano, según Rodríguez Zapatero– es porque impulsó el tránsito a la democracia e impidió en 1981 el triunfo del golpe de Estado de los generales Milans del Bosch y Armada. Pero después ya veremos.

    Hace unos día el hispanista Ian Gibson, en una entrevista publicada en el diario El País (22 de septiembre de 2005), decía: "Las heridas de la Guerra Civil sólo se curarán definitivamente cuando ambos bandos acepten la verdad de lo que pasó en sus respectivas retaguardias durante la contienda fratricida". Parece una reflexión razonable. Pero esta proposición de Gibson parte de un supuesto equivocado, cual es el de la existencia y permanencia en la España de hoy de los dos bandos enfrentados en la Guerra Civil. Y eso no es así, porque la inmensa mayoría de los españoles creyó, con todo fundamento, que la Constitución de 1978 cerraba el paso definitivamente a las dos Españas. A partir de su promulgación sólo habría ciudadanos españoles libres.

    El problema reside en que la recuperación de la memoria histórica consista no en conocer con objetividad el pasado, sino en resucitar a uno de los bandos, el vencido en la Guerra Civil, presentado como protagonista de una titánica lucha frente al fascismo totalitario en pro de la democracia, de los derechos humanos y de un sistema político, social y económico justo y benéfico. Los valores cívicos y morales de la II República habrían sido aplastados por los sublevados de 1936, que no podían soportar un régimen político donde la libertad, la igualdad y la solidaridad constituían el eje fundamental de la acción de los poderes públicos. Los vencidos renacen, pues, de sus cenizas, a través de sus naturales continuadores políticos en la España de hoy, para vindicar su memoria y, de paso, para denunciar la ferocidad genocida del bando vencedor. De ahí a sentenciar la ilegitimidad de todo lo actuado en la Transición, bajo la tutela de los supuestos poderes fácticos del franquismo y de modo especial del ejército, no hay más que un paso.

    Hay otro riesgo aún mayor. En España el bando vencedor de la Guerra Civil ha desaparecido. Nadie reivindica hoy la dictadura como régimen político ni justifica cualesquiera crímenes cometidos durante la Guerra Civil ni la represión posterior. Los partidos políticos que fueron responsables directos del alzamiento de 1936 o han desaparecido o apenas pasan de ser formaciones puramente testimoniales. Dicho de otra forma: ni UPN ni el Partido Popular tienen nada que ver con el franquismo. Ambas formaciones nacieron y se desarrollaron tras la instauración de la democracia con el compromiso claro y nítido de defender el marco de convivencia de nuestra Constitución. La pretensión de que el Partido Popular o UPN pidan perdón por los crímenes cometidos en la retaguardia en la Guerra Civil y por la represión franquista no tiene ningún fundamento. Ni uno ni otro pertenecen a ninguno de los bandos enfrentados.

    Por el contrario, la izquierda española la integran los mismos partidos que tanto contribuyeron al fracaso de la República, como el PSOE, el Partido Comunista y Esquerra Republicana de Cataluña. Más aún, se da la circunstancia de que los partidos que hoy gobiernan España formaban el núcleo esencial del Frente Popular que condujo la II República al precipicio. Aun con todo, esto no fue ningún obstáculo para lograr el consenso que permitió una transición política ejemplar, pues los partidos metieron en el baúl de los recuerdos su pasado para mirar hacia delante. A nadie se le preguntaba de dónde venía, sino a dónde quería ir.

    Sin embargo, la recuperación, al cabo de treinta años, de la memoria histórica puede tener otro efecto perverso, si los partidos históricos caen en la tentación de convertir aquel funesto episodio en una historia maniquea, de buenos y malos, para que al fin los malvados vencedores de ayer sean derrotados por los buenos de hoy. Los partidos históricos del actual sistema, cuando reivindican con orgullo su pasado, están en su derecho, pero no tanto cuando omiten cualquier referencia a sus propias responsabilidades durante la República y la Guerra Civil. O cuando transmiten la idea de que el Partido Popular y UPN son los herederos ideológicos de aquella derecha conservadora, clerical y fascista, enemiga de la democracia, que decidió un buen día porque sí derribar por la fuerza el poder legalmente establecido.

    Se intenta demonizar a la derecha para deslegitimarla como opción de gobierno. Sólo la izquierda progresista tiene derecho a ejercer el poder, porque la derecha es fascismo. ¿Qué puede ocurrir si se sigue por este camino? Pues que se reabran las heridas de la Guerra Civil que creíamos totalmente cicatrizadas, y eso sí que es un esperpento o un desatino.

    Al comentar la frase del hispanista Gibson dije que su proposición era imposible de llevar a cabo porque el bando vencedor ya no existe y es imposible que pida perdón. Por otra parte, la izquierda histórica tampoco parece estar dispuesta a hacerlo, y no hay por qué exigírselo. ¿Entonces? La solución sería dejar hablar a la historia, con objetividad, sin apasionamiento ni espíritu revanchista. Y la historia no es cosa de políticos sino de historiadores. En cualquier caso, seamos conscientes de que obligar a los nietos de la generación del 36 a tener que alinearse, en memoria de sus abuelos, con una de aquellas dos Españas enfrentadas es volver a sembrar odio, resentimiento, confrontación civil.

    Reivindiquemos, pues, el espíritu de la Transición. Rechacemos toda suerte de extremismos. Tendamos la mano y no cerremos el puño. Somos ciudadanos de un país democrático y libre, además de próspero. Aprendamos las lecciones de la historia, pero neguémonos a repetirla.


    El marxismo y las leyes de la historia.

    Hace poco ha llegado a las pantallas españolas la versión cinematográfica de un cuento clásico de Ray Bradbury, El sonido del trueno, escrito en 1952. Bradbury estimó por entonces, cuando la fecha parecía tan inalcanzable como 1984, que en 2055 se podría viajar en el tiempo; y como creía –y cree– que los avances científicos están condenados a la banalización por la propia condición humana, imaginó a un grupo interesado en hacer safaris al pasado remoto en busca de dinosaurios.

    Las cosas están dispuestas de modo que los viajeros en el tiempo tienen sendas trazadas de las que no deben apartarse: una pisada fuera de ese camino puede ocasionar cambios de proyección incalculables. No hay que abandonar nada de lo que se lleve en el territorio temporal visitado, no hay que traerse ningún recuerdo, no hay que alterar nada. Por supuesto, habrá quien viole una de esas normas, y al regreso el presente será radicalmente distinto de aquel del que se partió: decididamente irreconocible, puesto que se habrá modificado toda la cadena de la evolución y las especies derivadas no serán las mismas.

    En el final de la narración de Bradbury se descubre una mariposa muerta bajo la bota de uno de los turistas. El principio del que se parte es evidente: cualquier intervención en el pasado tiene su reflejo en el presente; además, cuanto mayor sea la distancia entre el presente y el punto del pasado en que se intervenga, mayores serán las consecuencias. Se trata de una versión de índole temporal de aquello que la teoría del caos enuncia como espacial al hablar del efecto mariposa: "El batir de alas de una mariposa en Tokio puede producir una tormenta en Ámsterdam".

    La humanidad interviene constantemente en su pasado, que no es natural, sino histórico –el hombre no tiene naturaleza, sino historia, decía Ortega–. Pero con ello ocasiona trastornos igualmente significativos. Otra vez Ortega: la historia es "el sistema de las experiencias humanas que forman una cadena inexorable y única". Claro que ese sistema de experiencias depende de un factor inconstante: la memoria. Y el sistema está en permanente recomposición, porque la historia no es una sucesión de hechos, de acontecimientos, sino el relato que de ellos se hace.

    El sistema de las experiencias es un sistema narrativo. Los románticos fueron los primeros en comprenderlo plenamente y los primeros en callarlo: la suya fue una reescritura total del pasado, subdividiéndolo y espacializándolo para crear naciones que nutrieran el imaginario del Estado, en última instancia un pacto de fe. Fue la remake romántica de la historia lo que permitió reunir en una razonada serie de causas y efectos a Sigfrido con los jóvenes SS, al César con el Duce y, en proyecciones posteriores, a Simón Bolívar con Hugo Chávez. Pero esas genealogías falaces, exaltadoras de la singularidad y de la superioridad de la etnia, llegan a ser pecados veniales cuando se observa el modo en que se trasplantan a los pseudoilustrados, a los neorrománticos y a los positivistas que se ponen a buscar leyes generales que explican el sentido de la historia.

    Hegel tuvo el cobarde mérito de limitar la historia a su tiempo y decir que todo había ocurrido para que el Espíritu universal encarnara en el Estado prusiano. Al menos no se pretendió profeta, y, si bien su lectura del relato histórico es teleológica, poco se interna en el futuro. Más allá fue Marx, y en mucho lo superó el grupo de los que se declararon sus discípulos, sin que maestro y alumnos coincidieran realmente en todos los casos: Lenin, Trotski, Stalin, Mao Tse Tung componen una lista por demás heterogénea para poder aceptar la unidad de esa herencia. Una herencia de la que el propio Marx se distanciaba al decirle a su despreciado yerno, Paul Lafargue, que él no era marxista; aunque el daño ya estaba hecho y docenas de intérpretes, todos ellos convencidos de poseer la verdad, habían establecido que el marxismo es una ciencia, una ciencia de la política y de la historia –el socialismo científico–, y, lo que es peor, que la historia se mueve con arreglo a leyes que determinan su curso y son a su vez determinadas por una necesidad última, por una finalidad establecida por quién sabe quién, a la vista de que los grandes promotores de estas nociones no creían en Dios.

    Era científicamente irremediable el advenimiento del socialismo, por obra del proletariado, suma de todas las alienaciones pero encargado, a la vez, de superarlas y de devolver a la humanidad a su condición esencial, de humanizar al hombre. El proletariado, puesto en su senda por el motor objetivo de la lucha de clases y guiado por su vanguardia esclarecida y esclarecedora, el Partido. Qué partido, ése ya es asunto a discutir, como dolorosamente aprendió Trotski por mano de Ramón Mercader.

    Afirma Finkielkraut que el del proletariado universal ha sido uno de los dos grandes mitos del siglo XX, complementario y potenciador del otro, el de la raza aria. Ambos se extendieron, llegaron por una u otra vía a las cabezas de todo el mundo. El de la raza aria parece haber entrado en el olvido, aunque perviva silenciosamente en algún núcleo austrobávaro. Lo cual no resta un ápice de vida al antisemitismo, que no requiere justificación, ni siquiera pseudorracional.

    El del proletariado, en cambio, goza de bastante buena salud, sobre todo en los países en que no ha existido nunca: nadie puede sostener con un mínimo de respeto a la ortodoxia que son obreros los trabajadores semiesclavos, hombres y mujeres, de los países productores de materias primas, y sólo en China y en los diversos tipos de maquila dominantes en América Latina, Asia y el Magreb se añade valor a las mercancías de acuerdo con el esquema ricardiano adoptado por Marx en el primer libro de El Capital, sin que ello resulte en situación revolucionaria.

    Previendo esa desviación, Lenin y algunos de sus compañeros desarrollaron la teoría del imperialismo y del colonialismo, e inventaron los países obreros, cuya liberación, por la vía de la autodeterminación, derivarían en alguna forma de democracia popular, vale decir, alguna forma de socialismo científico.

    La clave de la acción del proletariado no es su desarrollo ni su progreso, sino su autoabolición, paralela y simultánea a la abolición de la burguesía, en una etapa superior, el comunismo, en la que comenzaría la verdadera historia del hombre. Huelga decir que el socialismo científico, el comunismo soviético, chino, cubano, realizó efectivamente los proyectos del socialismo utópico, falansterial, necesariamente totalitario. Pero a los auténticos creyentes eso no les hace mella. Siguen pensando que el socialismo es inevitable.

    Y es que las intervenciones en el pasado y la deducción de leyes históricas, que, por cierto, no es particular del marxismo –las leyes pueden ser étnicas, espirituales, hasta metafísicamente ligadas a un destino, aunque en todos los casos una parte de la humanidad, vanguardia o reserva racial, intelectual o mística, está llamada a salvar al resto, quiera o no quiera, de su propia inferioridad o entrega inconsciente a la pereza histórica–, están a la orden del día: desde el destino manifiesto de Cataluña y el País Vasco hasta la senda buscada por los indigenistas suramericanos hacia el socialismo precolombino. El pasado ya no es lo que era: Jesús no es ya el Mesías, sino el precursor del socialismo igualitario; el Partido Republicano de los Estados Unidos no es ya el partido abolicionista y progresista del Norte, sino todo lo contrario, mal que les pese a Colin Powell y a Condoleezza Rice; la propiedad ya no es un derecho reconocido como consecuencia de una revolución, sino un robo; la pobreza de unos es resultado de la riqueza de otros, sean personas o naciones.

    Pero las pseudociencias históricas del siglo XX han servido sobre todo a una idea deletérea para Occidente: la de que los hombres no hacen la historia, sino que ésta les viene impuesta por una serie de leyes cuyo cumplimiento sólo cabe acelerar –eso es el marxismo leninismo– pero que, en última instancia, son de hierro. Como esas leyes apuntan al progreso, contribuir a su realización es deseable; pero si no se contribuye a ella no pasa nada: el socialismo es inevitable. Por supuesto, ahí está la reacción, los conservadores, cuyo papel consiste en oponerse al progreso: un reparto de papeles entre buenos y malos que se expresa como tal cada vez más a menudo, en homenajes a leales profesores –con retiradas nocturnas de estatuas– o en alianzas con enemigos de Occidente santificados por la pobreza de sus súbditos.

    No es nada fácil aceptar que Winston Churchill fue un enemigo del progreso: hace falta mucha mala fe y, sobre todo, mucha ignorancia. Tampoco es fácil aceptar que Fidel Castro es un amigo del progreso: hace falta mucha buena fe y, sobre todo, mucha ignorancia. Pero la ciencia marxista tiene una explicación para ello, ha deducido unas leyes que llevan a esa conclusión: claro que no las ha deducido de los acontecimientos, sino del relato de algunos acontecimientos.


    El origen de la corrupción

    Durante décadas la izquierda fomentó mentiras absurdas que todavía persisten, como que los socialistas son más sensibles al sufrimiento de los pobres, que los gobernantes de izquierda son más honestos y dedicados al bien común y que la corrupción es un mal del capitalismo. Por eso los pueblos se asombran cuando ven a los gobernantes socialistas robar a manos llenas los fondos públicos que debieran servir para dar mejor salud y educación a los más pobres, como se ha visto en la enorme corrupción develada en el Gobierno de Lula en Brasil.

    Peor aún son las falsas generalizaciones que origina. Así, se piensa que todos los gobiernos caen siempre en la corrupción, o que la corrupción es un mal de las democracias y que para eliminarla es preciso restringir la libertad. ¡Absurdo! ¿Acaso las dictaduras no han sido más corruptas? La corrupción es un fenómeno que afecta con fuerza únicamente a los gobiernos estatistas, de izquierda o derecha, en los que prevalece la compra y venta de favores y el tráfico de influencias. Las economías más libres, en cambio, se suelen ver muy poco afectadas por la corrupción, como fue el caso de Chile hasta hace poco.

    Los países capitalistas no sufren la corrupción característica de los gobiernos estatistas gracias a la libertad económica. Ésta frena la corrupción porque limita la injerencia del poder en la economía. El poder corrompe, por eso el liberalismo siempre desconfió del poder. En los mercados libres no hay lugar para la corrupción.

    Los estudios de Heritage, Fraser, Cato, Freedom House y Transparencia Internacional muestran que los países más corruptos son los más estatistas. A mayor libertad económica menor es la corrupción, mientras que a menor libertad económica, o más estatismo, mayor es la corrupción. A su vez, a mayor libertad económica, mayor prosperidad.

    La libertad económica es la libertad de trabajar, producir, comprar, vender, importar, exportar sin restricciones ni coerción del Gobierno. Los diez países con economías más libres –Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Luxemburgo, Irlanda, Estonia, Inglaterra, Dinamarca, Suiza y Estados Unidos– están entre los menos afectados por la corrupción. Por otro lado, los países más estatistas, como Brasil, Rusia, Zambia, Argentina, Paraguay, Venezuela, Laos, Zimbabue, Cuba y Corea del Norte, están entre los países más corruptos del mundo, en los que es común la captura del Estado por las élites y el abuso del poder público para beneficio privado.

    Las excesivas regulaciones, controles e intromisiones en la economía que imponen los estatistas, así como las violaciones a los derechos de propiedad, crean el caldo de cultivo ideal para el soborno. Nadie respeta las leyes, y los funcionarios pueden exigir coimas a los productores y enriquecerse a costa del pueblo. La corrupción es inevitable cuando las decisiones económicas se concentran en manos de los funcionarios. La vieja cultura del trámite y la coima, producto del estatismo, no sólo es la causa de la corrupción, también de la pobreza y el atraso.

    Las excesivas restricciones a la libertad económica que soportan los países estatistas en detrimento de su desarrollo no existen en las economías libres. En Paraguay registrar una compañía toma más de 100 días, mientras que en Australia y Hong Kong toma dos. El costo de legalización es superior al ingreso per cápita anual, mientras que en los países desarrollados los trámites son baratos o gratuitos. Lo mismo se observa en todas las gestiones del sector público, desde los interminables trámites y aprobaciones necesarias para una exportación o importación hasta el pago de impuestos. El resultado es que el 70% de la economía es clandestina y en lugar de tributos se pagan coimas.

    La realidad de la corrupción es que la naturaleza humana es proclive a ella. La diferencia entre un país con baja corrupción y otro con alta está esencialmente en el sistema económico, no en la educación, la cultura, la raza o la religión. Los países muy poco afectados por la corrupción tienen economías bastante libres, en cambio los más corruptos son todos estatistas. El único remedio eficaz contra la corrupción consiste en ampliar las libertades económicas, reducir las regulaciones y privatizar los monopolios estatales.


    Origenes del pensamiento progre IV
    El desfonde de la posmodernidad

    Toda esta vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor de disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo. Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas, es capaz de asimilar el material de derribo esparcido por la vulgata marxista y adoptarlo como patrón de conducta.

    La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja voluntariamente de su principal herramienta de supervivencia: La razón. Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observadas como la demostración del carácter autoritario de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie puede responder.

    En la sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio de reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios de comunicación, las películas, etc., presentan por lo general a una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en sus múltiples variantes como modelos de conducta (repase mentalmente el lector cualquier película de “nuestro director de cine más internacional”) o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían suscitar en cualquier mente sana.

    Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en sus múltiples posibilidades.

    Durante la II Guerra Mundial, no fue infrecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente que eran rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será tal brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los derechos humanos, la legalidad internacional emanada de la ONU, la paz mundial o el desarrollo sostenible, que ni un insecto se dejaría matar por ellos.

    Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso la inteligencia humana. En este estado de postración intelectual, no resulta extraño el extraordinario florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las doctrinas descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su principal expresión.

    Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la convierte, de inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.

    El movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural), cuyo origen se localiza en la costa oeste de los EEUU durante la década de los sesenta, que se basa en una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de las culturas más disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más absurdas y una antropología irracional, se trufan con un mesianismo milenarista, un pacifismo ultramilitante y el inevitable toque OVNI, formando una grasienta empanada de imposible digestión. La renuncia intelectual de sus practicantes es tan severa, que dentro del movimiento de la Nueva Era no resulta extraño encontrar a cristianos que creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de Hollywood, cuya evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse fervorosas seguidoras del ascético budismo zen.

    En realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los ideólogos de la guerra contracultural, pues su mística, al contrario que la judeocristiana no está basada en la comunión o el crecimiento personal, sino en la disolución total con un evanescente “todo cósmico”. Este carácter decadente de la ética y la estética New Age, que entroniza el relativismo moral y cultural como un valor a perseguir, convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de la intelectualidad progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos eficaces contra su propaganda anticapitalista.

    Es hora de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le lleven, recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito no depende del dictado arbitrario de unos pocos sino de la aceptación de una mayoría libre. No nos engañemos. Nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este ejército de zombis morales por sus defectos (que los tiene como toda obra humana), sino precisamente por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura, no es su amor por el comunismo o su pasión por la “liberación del tercer mundo oprimido”, sino su odio visceral hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su mediocridad les impide admitir que el éxito de los demás se debe a su superior talento o disciplina; por tanto insisten con empeño en que toda fortuna es fruto del robo y, por extensión, que la riqueza de los países prósperos procede de la explotación injusta de las zonas míseras del planeta. Por eso siguen repitiendo que los que defendemos la libertad civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos adalides de la libertad y el progreso.

    Ahora, más que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que desenmascare todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la tarea es ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos en amplias capas de la población. El éxito de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente las masivas manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social y a los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuestran a nuestro juicio. El nerviosismo de la izquierda lo corrobora. Es como si todos esperaran a que el vecino afirme públicamente que el “rey va desnudo” para sumarse con bravura a esta denuncia de lo evidente. Pues bien, proclamemos ya, ahora, que el rey no sólo va en pelotas, sino que además, estamos dispuestos a rebelarnos contra su tiranía con las herramientas que proporciona a todo hombre la razón, la moral y la inteligencia, para distinguir lo que la Historia ha demostrado que hace a las sociedades prósperas de lo que las esclaviza.

    En última instancia, la única diferencia entre la conquista violenta del poder por una minoría totalitaria, como pretendía el leninismo, y la obtención del mismo por caminos difusos previa aniquilación del arsenal moral e intelectual de la sociedad, si finalmente sucede, sólo estribará en que la agonía habrá sido más larga y las víctimas mucho más numerosas. Es posible que estemos inmersos en una guerra perdida de antemano, pero aún así, nosotros estamos dispuestos a luchar en ella con todas sus consecuencias. ¿Y usted?


    Origenes del pensamiento progre III
    El secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse

    A comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros compañeros del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno, los sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir una escolástica marxista con la que emprender “el largo camino a través de las instituciones”.

    Las figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer, bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro de pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y un joven talento nacido de la propia escuela llamado Herbert Marcuse. Todos ellos arribaron a los Estados Unidos de Norteamérica huyendo del nazismo, encontrando acogida en la Universidad de Columbia, en el Estado de Nueva York.

    A los efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de Francfort es el desarrollo de lo que se llamó “La Teoría Crítica”. La crítica a la que hace referencia su denominación se dirigía, obviamente, hacia la sociedad occidental capitalista, que estos pensadores marxistas declaran férreamente oprimida por una mentalidad tradicional judeocristiana, a la vez que manipulada por las estructuras burocratizadas de los grandes medios de comunicación, que producen una falsa cultura con el objeto de apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.

    Bajo la teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (el mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco filosófico que pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental, a pesar de ser la sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad». A grandes rasgos esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los 60, la más privilegiada de la Historia, se convenciera a sí misma de vivir en un infierno insufrible.

    Pero quizás el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la publicación del libro de Herbert Marcuse "La tolerancia represiva", que muy pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos. Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a los EEUU junto con los demás integrantes de la escuela aunque, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no volvió junto a ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus universitarios norteamericanos ardían en las oleadas violentas de los 60, Marcuse era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamándolos a la rebelión le convirtieron en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el amor y no la guerra».

    En “La tolerancia represiva”, Marcuse construye su acta de acusación formal contra la burguesía, considerándola no como un crisol de conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector sociológico formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales o, en general, los autotitulados conservadores.

    Pero Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del arsenal progre como el concepto de «tolerancia represiva», según el cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (otros lo llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en realidad, una forma escogida de represión. Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz conservador. Un ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que José Bono fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas airadas de un grupo de ciudadanos contra la presencia en la misma de un ministro del Partido Socialista Obrero Español, fueron calificadas como un acto injustificable de exaltación fascista. Por el contrario, las violencias que en los últimos años ha padecido el sector conservador de la sociedad –éstas sí muy reales y, en algunos casos, con riesgo físico más que evidente para los que las padecieron–, el destrozo de las sedes del partido de la derecha o las pancartas con gravísimos insultos a sus representantes políticos (con fotografías incluidas, para que no hubiera duda) sólo merecieron –más daño hacen las bombas de Irak– comprensión y argumentos exculpatorios por parte de estos mismos custodios de la ortodoxia democrática. La circunstancia de que el autor de la palinodia más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico, publicada a raíz del suceso, acumulara en sus manos las carteras de Interior y Justicia, suceso inédito en las democracias avanzadas y, en cambio, algo muy habitual en los regímenes fascistas, sólo añade el tradicional toque esperpéntico de la izquierda cuando se pone a pontificar.

    En realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a sus cuadros con la siguiente consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente».

    Esta técnica dialéctica ha sido adoptada por la progresía contemporánea (cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor) y sigue plenamente vigente sesenta años después. Este y no otro es el origen de lo que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto” –marxismo cultural sería la definición más apropiada en términos históricos–, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión, que desemboca con éxito en la imposición de los tópicos prefabricados en defensa de la agenda cultural, intelectual y moral de la izquierda. Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la propiedad privada en beneficio de un “interés público”, la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar, son considerados también elementos imprescindibles para el progreso de las sociedades. Por el contrario, la religión –cómo cocinar un Cristo para dos personas–, la defensa de la propiedad privada y el capitalismo como elementos imprescindibles para el progreso económico, la familia como forma de organización social o la observancia de un código moral transmitido durante generaciones, son elementos situados en el punto de mira de los acorazados del progreso con carácter permanente. Cualquiera que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural configurado a través de estas consignas, es tachado inmediatamente de reaccionario, fanático o, si persiste en su empeño, de fascista.

    Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto, las únicas expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progre como la justicia social, la redistribución de la riqueza o el tercermundismo anticapitalista. Por otra parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos son los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la izquierda como los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo o el relativismo ético.

    El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer, quien en el número de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas: «el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, periodos vacacionales, etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego». Pero lo más destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas, sin que respondan a la presión de movimientos de masas.

    Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada de la agenda política de la izquierda –hasta los partidos de la derecha conjugan con total despreocupación términos como desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defienden la educación pública, el estado del bienestar, etc.–, en lo que quizás es la última fase de esta larga marcha a través de las instituciones diseñada en su día por Gramsci con dimensiones proféticas y que Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió que “un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre.”


    Origenes del pensamiento progre II
    Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg

    Probablemente, Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs, otro teórico del “terrorismo cultural” según su propia definición, sentaría las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg, principal dirigente de la Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se encargaría, con eficacia estalinista, de extender por occidente las consignas para la subversión.

    El comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis, percibió tras su primera visita a la URSS que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror de masas como arma para la obediencia política.

    Cuando Mussolini, el socialista –conviene no olvidarlo– que acabó creando el fascismo, llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo a uña de avión (en España, los cuadros dirigentes del PCE protagonizaron episodios similares al final de la contienda civil. Otros camaradas, a falta de aviones soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja, llenas por cierto de alhajas y otros objetos valiosos, para pasar la frontera evitando los rigores de una huida a pié con los nacionales pisándoles los talones, como es bien conocido).

    Ya en Rusia, pues ningún otro destino era más apropiado para el exilio de un fervoroso marxista, el italiano, haciendo gala de una honestidad intelectual a la que fue ajeno el resto de “tontos útiles” (Lenin dixit), que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique –“la libertad de crítica en la URSS es total”, proclamaba solemne Jean-Paul Sartre tras una de sus giras turísticas al paraíso proletario–, consignó con frialdad la terrible aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que provocaba entre la población.

    Puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en la tradición judeocristiana, que durante dos mil años había estado infectando el alma de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección prevista por los científicos del marxismo.

    Finalizado este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques –y horrorizado tras comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder– Gramsci volvió a su país con la intención de liderar el Partido Comunista Italiano. Sin embargo, Mussolini tenía planes distintos para el futuro del líder comunista en Italia, así que le metió en la cárcel y tiró la llave.

    En este régimen de enclaustramiento obligado, tan favorable para el recogimiento espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa intelectual de campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el italiano, era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, al mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva a los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiaría radicalmente el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de la Cárcel, son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia. De la importancia seminal de este trabajo, puede hacerse el lector una idea tan sólo indagando en internet a través del motor de búsqueda más popular, utilizando las palabras “quaderni” y el nombre del italiano: el primer resultado que aparece, si se solicitan sólo páginas en español, es un estudio hagiográfico de la obra de Gramsci editado por la UNESCO, quizás el mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que, dicho sea de paso, confirma plenamente las teorías del aludido.

    Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukacs, además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve dictadura de Bela Kum, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukacs –¿Quién nos librará de la civilización occidental?– instauró, como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados. Como se puede ver, los patrones intelectuales de la generación del baby boom tienen su origen en el programa ideológico diseñado por el húngaro con medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol.

    Es importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista. Lo único en lo que diferían respecto a sus antecesores era en los medios para alcanzar esos fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren (como tantas otras cosas), éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. De hecho, podríamos decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del progre del Siglo XXI, y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas con la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara. Ambos pusieron las bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como propia a partir de los años 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida de occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo reliquias del pasado.

    Pero estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la forma de vida occidental sin la participación de la más formidable maquinaria de propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la Kommintern, o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop como Willi Münzenberg.

    Münzenberg había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la revolución bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético le puso a trabajar junto a Karl Radek –un intelectual radical polaco dedicado a “racionalizar” las ideas revolucionarias– y Félix Dzerzhinsky –creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario–, convirtiéndose en el responsable directo de las operaciones de propaganda en occidente.

    Münzenberg utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy sencillo en su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o sencillamente estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo eran, por el contrario, gente con una mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo especial de refinamiento intelectual. Para ello, los hombres de Münzenberg contaron con la colaboración, dentro de occidente, de una auténtica pléyade de escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas, de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy Parker, dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético. Sobre la opinión que el propio Münzenberg tenía de todos ellos, baste señalar el calificativo que empleaba en privado para definirlos: “El club de los inocentes”.

    Bajo su dirección, la Kommintern se convirtió en el primer “multimedia” de la Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión del tipo de mensajes que interesaba a la dirección comunista. El éxito de la estrategia, pudo influir en su posterior reproducción a escala nacional por parte de corporaciones empresariales privadas, cercanas a los centros de poder socialista y con algunos ejemplos exitosos bien conocidos, cuya condición empresarial, rabiosa y saludablemente capitalista, no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU o la moral judeocristiana de los que se nutre diariamente su parroquia.

    Münzenberg, además, fue el creador de la figura de la “agencia de noticias”, que bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación informativa como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de las tareas de espionaje en los países anfitriones.

    Pero además de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de Francfort, fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán, estaba llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión cultural, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, donde recaló huyendo del nazismo (de nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta troupe de intelectuales concienciados. A su examen y al de las claves del combate contracultural que se viene desarrollando desde hace ya medio siglo, dedicaremos el siguiente capítulo de esta serie.


    Orígenes del pensamiento progre I
    La revolución frustrada: Lenin y Rosa Luxemburgo

    Tras la primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por la clase proletaria. En lugar de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas), adoptan la tesis contraria

    Es necesario primero transformar radicalmente el alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del propio Gramsci, “como fruta madura”. El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a la violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.

    A comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, dando como resultado el triunfo de la revolución socialista.

    En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran, tan sólo, una mera cuestión de tiempo.

    Es necesario reseñar, sin embargo, que junto a esta corriente de marxismo contemplativo, coexistían enérgicos líderes partidarios de “ayudar” a la historia a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su “gimnasia revolucionaria”, que las masas debían ir practicando para que el advenimiento marxista no les cogiera con las articulaciones morales anquilosadas, o el más clásico ejemplo de Lenin, que, bastante más desconfiado, no creía que el sistema capitalista fuera a reventar por sí sólo de un día para otro (las famosas “contradicciones internas”); por el contrario, según Lenin, era necesario colaborar de forma exógena con esas contradicciones, inoculando al proceso las dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba.

    Cuando los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver la oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en todo el continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía responder de forma homogénea ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental capitalista, no podía tener mas que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era suficientemente explícita al respecto:

    “En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”.

    Sin embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas alemanes ¾al igual que sus correligionarios ingleses y franceses en sus respectivos parlamentos¾ votaron en el Reichstag como un sólo hombre a favor de los créditos de guerra, aspecto éste terminantemente prohibido por la II Internacional y reivindicado en sus distintos congresos. En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos de corte socialista, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (y no de sus intereses de clase) dejando “la revolución” para otro momento. Los dirigentes marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.

    Ni siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de una vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En lugar de ello, los espartaquistas alemanes, que vieron en la revolución bolchevique la ocasión perfecta para agitar las conciencias de los trabajadores de forma irreversible, fueron molidos a palos ¡por sus hermanos de clase! (los grupos paramilitares encargados de la represión fueron dirigidos por el socialdemócrata Noske, que cumplió este cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia). Rosa Luxemburgo, líder del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la “gimnasia” que ella misa pregonaba a las masas, aunque en este caso no fue precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario, y acabó asesinada a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver varios meses más tarde; otros levantamientos similares en Baviera o Budapest fueron igualmente aplastados con facilidad. Los trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.

    Parecía increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado, el resultado fue exactamente el contrario.

    Era imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave estaba en modificar las conciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y demás centros de pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista, recordemos, como fruta madura. Al estudio de esta estrategia dedicaremos la próxima entrega de esta serie.


    Terrorismo islámico. ¿Quién nos puso en la diana?

    Cuando la matanza del 11-M, la izquierda socialista y comunista, más los separatistas lograron que millones de ciudadanos exculpasen a los asesinos y cargasen las responsabilidades sobre Aznar, con el argumento de que éste nos puso en la diana del terrorismo, al haber intervenido en la guerra para derrocar al genocida Sadam Husein. España sólo intervino en la guerra con apoyo político y moral, pero bastaba y, ello junto a la propaganda anti PP logró crear la impresión de una intervención española armada. Pero eso es lo de menos. Para los acusadores, Sadam no era un tirano genocida, sino un líder representante de su pueblo; y los terroristas no eran tales, sino vengadores del “mar de injusticia” causado por las democracias. En consecuencia, la matanza de Madrid, aunque retóricamente condenable, no dejaba de tener una faceta justiciera, mientras que la postura de Aznar carecía de cualquier justificación: él nos había atraído la venganza de los oprimidos.

    La torpeza extraordinaria de la derecha, su costumbre de replicar a las estocadas con alfilerazos, le impidió aclarar debidamente la realidad, facilitando con ello la confusión sembrada por la alianza izquierdista-separatista.

    Ante todo conviene insistir hasta meter en la cabeza de todo el mundo que España está, de modo general, en la diana del extremismo islámico, por cuanto éste, en sus propias palabras, lucha contra el mundo que llama cristiano. Dentro de ello, la posición de España como objetivo terrorista empeora, porque en el imaginario musulmán –y no solo en el extremista– España es Al Andalus, un territorio a reconquistar si Alá lo permite, que bien pudiera permitirlo en un futuro próximo. Los atentados de Nueva York y otros realizados en España precedieron a la guerra contra Sadam, no reaccionaron a ésta.

    Ello, como consideración general, pero ¿y en concreto? ¿Algún factor ha animado especialmente a los asesinos a golpear en Madrid y en el período electoral? Ante todo debemos observar que el terrorismo islámico no es tan ciego como algunos pretenden. Sus promotores se consideran en guerra contra el Occidente democrático y “cristiano”, y su estrategia está definida en el concepto de guerra de cuarta generación, que no diferencia entre objetivos militares y civiles, y en la que el impacto sobre la población a través de los medios de masas vale más, por su efecto de descomposición social, que grandes unidades del ejército. Ellos mismos han explicado esta concepción, y la experiencia demuestra que saben aplicarla. Dentro de esa orientación, el objetivo esencial actualmente parece consistir en hacer de Irak un segundo Vietnam para Occidente (y no sólo para Usa, pues de un fracaso en la estabilización de Irak resultaría especialmente perjudicada Europa). A ese fin tiene suma importancia romper la alianza que trata de proteger al pueblo iraquí de déspotas y terroristas.

    En estas circunstancias fue el candidato de las ansias infinitas de paz quien prometió, antes de las elecciones, la retirada de las tropas españolas que ayudaban a los iraquíes a construir una sociedad mejor. Fue indudablemente esa promesa la que nos puso en la diana, no ya como un objetivo general, sino como objetivo concreto y directo. ¿Cómo podían ignorar los asesinos una promesa tan maravillosa para su causa? Si ganaba el candidato de las sonrisas, ellos alcanzarían una victoria de la mayor trascendencia.

    Recientemente han salido a la luz unas consideraciones de terroristas islámicos sobre el 11-M, guardadas en el ordenador de uno de los asesinos. La masacre habría sido el medio deliberado para “poner fin al Gobierno del innoble Aznar”. Algunos analistas demasiado sutiles han querido ver en esas palabras una jactancia triunfalista a posteriori, no un proyecto previo, pues, ¿cómo podían saber por adelantado los criminales que su acción iba a provocar la derrota del PP y no un reagrupamiento de la gente en torno a él? Nunca pueden preverse del todo los efectos de un golpe así, cierto, pero en este caso no había muchos riesgos en la profecía. Otros documentos muestran que los terroristas conocían lo que nadie en el mundo ignoraba, es decir, la debilidad de la sociedad española ante el terror islámico, expresando la conveniencia de golpear a España para romper la alianza occidental en Irak. Una debilidad causada por la intensísima propaganda y movilización izquierdista-separatista durante la guerra y después, así como por la casi nula de respuesta del gobierno conservador. La confusión y la demagogia predominaban en nuestro país en mayor medida que en otros de la alianza pro estabilización de Irak. Por lo tanto era alta la probabilidad de que una gran masa de españoles reaccionase contra el PP y no contra los asesinos.

    Esta interpretación es coherente tanto con la lógica general del terror islamista como con los documentos disponibles de sus autores. En otro caso deberíamos creer que aquel golpea a ciegas, sin ningún objetivo preciso, achacándole así un grado de estupidez que quizá esté más bien en tales analistas. Al Qaeda hubo de tener en cuenta, forzosamente, la promesa socialista de otorgar al terrorismo islámico una trascendental victoria política rompiendo la coalición democratizadora de Irak.

    Victoria aún mayor de la que podía esperar. Pues luego de retirar efectivamente las tropas, facilitando la labor de quienes masacran indiscriminadamente a los iraquíes que aspiran a la democracia, el nuevo presidente español, felicitado efusivamente por “El Egipcio”, llamó a seguir su ejemplo a los países presentes en Irak. Para la historia quedará este hecho decisivo y desastroso: Al Qaeda, con un solo golpe, ha logrado cambiar de arriba abajo la política interior y exterior de una potencia democrática media como España. Un éxito casi increíble a costa de la vida de “sólo” 191 infieles. Zapatero cumple.


    Muertos a vindicar y muertos a matar (otra vez). La guerra civil según Amnistía Internacional.

    Mamá Cabra se fue a hacer los mandados. Advirtió a sus hijitos que no abriesen la puerta, pues podría venir el lobo y se los comería. Y vino el lobo, pero los cabritillos que eran muy listos reconocieron su ronca voz, y no le abrieron. Y volvió el lobo, pero los cabritillos descubrieron su negra pata, y no le abrieron. Mas el lobo no sólo era malvado; también era porfiado y astuto. Aclaró su voz con claras de huevo; blanqueó su pata, enharinándola. Si el lobo fuese bueno, con tanto huevo y tanta harina podría haberse hecho un hermoso pastel, y haber saciado con él su hambre. Pero como era malo, porfiado y astuto acabó engañando a los cabritillos, y se los zampó.

    Amnistía Internacional-España acaba de publicar un informe con el título: “España: poner fin al silencio y a la injusticia. La deuda pendiente con las víctimas de la guerra civil española y del régimen franquista”. Y ha urgido perentoriamente al Gobierno a que repare sin demora el silencio y la injusticia denunciados y a que satisfaga con no menor celeridad la proclamada deuda. Primera observación, y primera superchería. En realidad, no es Amnistía Internacional (AI) la que está induciendo al Gobierno a practicar este tipo de actuaciones, pues tal intención ya había sido avanzada desde hace meses por el propio Gobierno. En realidad, el propósito de AI es meramente ofrecer cobertura ideológica adicional al propósito guerracivilista de Zapatero y sus fieles.

    Segunda observación, y segunda superchería. A estos efectos, no se pueden meter en el mismo saco la guerra civil y el régimen franquista. En una guerra, y más si es una guerra civil, resulta poco creíble reducir las atrocidades a sólo uno de los bandos en contienda. En particular, esta sería la hipótesis exigible de una organización humanitaria no partidista, como se pretende AI. Pero, además sabemos que efectivamente fue así. Puede acometerse la macabra aritmética de quiénes asesinaron más. Quizá hasta deba averiguarse. Sin embargo no sería tarea adecuada para Amnistía. Tampoco podría hacerla, para ellos las barbaridades se reducen al bando nacional. Así se desprende de su informe. Por ejemplo, hablan de los fusilamientos de Badajoz, pero ni una palabra de los de Paracuellos del Jarama. Como era de esperar, tampoco dicen nada de la liquidación masiva por los comunistas de los militantes del POUM y de muchos anarquistas (que no eran precisamente “nacionales”). Se escandalizan ante el bombardeo por aviones alemanes e italianos de Guernica, Barcelona y otras ciudades, pero lo único que los escandaliza es la nacionalidad de los bombarderos. Se comprende que en la época el bombardeo de poblaciones civiles produjese estupor e indignación, pero lamentablemente este precedente alcanzó en muy pocos años total universalización. Desde entonces, gobiernos demócratas y despóticos, de derechas y de izquierdas, occidentales y no occidentales, modernos y atrasados, han utilizado y utilizan este recurso en todas las guerras, civiles o internacionales.

    Por el contrario, naturalmente bajo el régimen franquista las víctimas de la violencia fueron antifranquistas. Advertirlo es mera redundancia. No lo es, avisar que habrían sido franquistas si la guerra hubiese tenido desenlace opuesto. La inquina guerracivilista de AI, Zapatero y compañía es la mejor demostración. Por eso es bueno olvidar, tan pronto se pueda, las guerras civiles. Integrar la guerra civil y el régimen franquista en un mismo proceso de “reparación” persigue la malévola finalidad de reducir las violencias reprobables, los crímenes de la guerra civil a solos los cometidos por los nacionales.

    Tercera observación: han pasado casi setenta años desde la guerra civil. ¿Tienen algún sentido estos propósitos revisionistas? Desde fechas ya lejanas, la llamada oposición democrática (con mucho optimismo, pues su principal componente era el Partido Comunista que, si nunca ha sido muy democrático, en aquellos años lo era menos todavía) intentó promover el restablecimiento de la democracia. Lo relevante de aquellos intentos, a los efectos que aquí interesan, es que incorporaban todos, bien que con distinto énfasis según el momento, un propósito de olvidar el enfrentamiento civil, para evitar que se repitiese. Y cuando finalmente se consiguió la transición a la democracia, la integración de las elites postfranquistas y la oposición en un marco político de convivencia, se basó en este espíritu de olvido y concordia. ¿Fue sólo hipocresía por parte de la oposición sedicentemente democrática? La conducta de AI, ZP y compañía abona esta triste hipótesis.

    Cuarta observación: en cualquier caso si, como dice AI, el transcurso de tantos años no dispensa de la necesidad de revisar las pasadas injusticias, ¿quién y dónde sitúa el límite temporal? ¿Por qué no se incluye en el proceso de revisión la II República? Bajo este régimen, ante la impotencia de casi todos los gobiernos y con la complacencia de muchos de los de izquierda, los crímenes políticos impunes fueron fruto diario. Proclamada la República un 14 de abril, un mes después las turbas quemaban iglesias y conventos. En los pocos meses de gobierno del Frente Popular anteriores al estallido de la guerra, los crímenes y violencias políticas fueron incontables. Enumerarlos en el Parlamento le costó la vida a don José Calvo Sotelo, la víctima más famosa de este período.

    La misma proclamación de la República fue ilegítima. Se hizo como consecuencia de unas elecciones municipales (¡!) que, además, ganaron los monárquicos, salvo en las ciudades. Quizá deberíamos seguir más. ¿Habrá que reparar a los moriscos y judíos expulsados? ¿Quién y cómo decidirá el punto del pasado en que ha de detenerse la voluntad reparadora? Amnistía Internacional no nos lo aclara. Sí se ha enfundado mono miliciano y se va a la guerra. Le esperan Zapatero, Peces-Barba, Pilar Manjón, Pilar Bardem, etc., mucho miliciano y mucha miliciana. Bailarán con los muertos buenos, y matarán a los muertos malos. Los asesinados por los comunistas y por los socialistas, los asesinados por los etarras, muertos malos que no se mueren nunca del todo, muertos que hay que matar todos y cada día. Muertos sin Amnistía. Muertos sin compañía. “Dios mío, que solos se quedan los muertos”, escribió con menos motivo Gustavo Adolfo Becquer.

    Aflautada la voz por las claras de huevo, blanqueada la pata con harina, Amnistía Internacional me ha tenido engañado. Felizmente, he descubierto sus estratagemas y sus afeites. Tras la seductora proclamación de ideales humanitarios sólo habita un agresivo sectarismo izquierdista. Podrá comernos, pero este lobo, que baila con muertos y mata muertos, no puede engañarnos; él mismo está muerto. Ha muerto de odio.


    Tercermundismo, excrecencia del marxismo

    La fascinación que la desgracia de los países pobres ha provocado siempre a los intelectuales de izquierda nace de la visión marxista de que la miseria del tercer mundo es consecuencia directa de la opulencia de occidente. Para estos autoungidos campeones de la justicia social, las sociedades occidentales explotan salvajemente a los países más desfavorecidos, de igual forma que el ama de casa, la clase trabajadora o los homosexuales son oprimidos por el sistema capitalista en los países industrializados. Desde esta perspectiva, los movimientos “libertadores” no serían más que el trasunto de la lucha de clases extendida a escala planetaria: cada vez que una guerrilla comunista mata a un campesino traidor los obreros alemanes son más libres. De igual forma, cada vez que los transexuales madrileños se manifiestan por sus derechos, los pastores nómadas de Burkina Faso se liberan un poco más.

    La escatología comunista nutre incesantemente de agravios el acta formal de acusación contra la civilización occidental, culpable de esquilmar en primer lugar los recursos naturales del mundo pobre a través del colonialismo y más tarde de acabar con sus posibilidades de desarrollo a través del imperialismo de las multinacionales. Esta tosquedad analítica, por otra parte consustancial a la esterilidad intelectual de la izquierda, ha sido sin embargo suficiente para que en la agenda política mundial se conjuguen con total desparpajo esta serie de mantras, de forma que hoy en día hasta en las capas más conservadoras e ilustradas se admiten como verdades inmutables.

    La clave del éxito de esta operación de agit-prop del marxismo y sus sociedades interpuestas (ecologistas radicales, ONG’s subvencionadas, pacifistas a la violeta, etc.) es haber grabado en la conciencia de occidente la culpa inexorable por todas las atrocidades cometidas en nombre del progreso desde la colonización de otros continentes, cuyo peso debe pender de cada uno de nosotros como un gravísimo pecado que es necesario expiar.

    Unido a este complejo de culpa, extendido con la tradicional eficacia marxista, se ha esparcido, también con éxito, una devoción especial por toda expresión cultural tercermundista. Esta fascinación por el pintoresquismo indígena, cuya labor de promoción ha correspondido tradicionalmente casi en exclusiva al movimiento New Age, parte de la base de que las sociedades primitivas atesoran una sabiduría incomparablemente mayor que las pervertidas sociedades occidentales, de cuya decadencia es responsable directo el sistema capitalista. Porque para los cultivadores de los cánones intelectuales del momento, y en mayor o menor medida todos somos newagers, el genio humano no se manifiesta en los hallazgos técnicos que han mejorado la existencia de la humanidad de forma exponencial en el decurso de tan sólo doscientos años (gracias al capitalismo), sino en preservar las relaciones del ser humano con la madre naturaleza (Gaia) en toda su pureza como hacen los aborígenes y los campesinos de las sociedades primitivas. El desarrollo teórico es seductor, pero su base doctrinal no puede ser más ramplona: la modernidad es mala, luego el primitivismo es bueno.

    Esta pasión sobrevenida de la izquierda occidental por la causa del tercer mundo ,se ha agudizado especialmente tras la caída del Muro de Berlín, pues a la revolución marxista le quedan cada vez menos adeptos en casa. Por otra parte, el uso instrumental que la izquierda hace de la pobreza del tercer mundo (una forma especialmente abyecta de desprecio) es fácilmente comprobable. Basta constatar el olvido en el que se sumen las causas de las sociedades más míseras, tan pronto empiezan a actuar de forma contraria a lo que dicta el ideal tercermundista. Los tigres y dragones asiáticos alcanzaron el éxito contraviniendo la receta sagrada del marxismo mundialista (subvenciones, socialismo, violencia contra la propiedad y supresión de libertades cívicas) y apostando por seguir los pasos que los países occidentales iniciaron con éxito hace dos siglos. Hoy disfrutan de unos niveles de bienestar homologable a nosotros. La izquierda aún no se lo ha perdonado.


    Sigue el cuento de la memoria histórica

    ¿Qué les parecería conceder una pensión o indemnización a los miembros de las SS que sufrieron prisión tras el fin de la II guerra mundial? Pues eso es lo que pretenden los grupos ultraizquierdistas que dominan al gobierno español. El diputado autonómico de EU-Entesa en las Cortes Valencianas Ramón Cardona señaló que ha presentado una propuesta de resolución para que los presos políticos durante el franquismo que tengan toda la documentación en regla "cobren inmediatamente sin más dilación". Responsables de atroces crímenes contra la humanidad cometidos durante la guerra civil, terroristas del maquis, o miembros de grupos violentos anarquistas, comunistas y separatistas que operaron durante la etapa final de Franco podrían verse beneficiados de esta revanchista medida.

    En un comunicado, Cardona recuerda que por resolución de 13 de mayo de 2002, del conseller de Justicia y Administraciones Públicas, se inició el proceso de solicitud de la indemnización a "los luchadores por la libertad presos por motivos políticos durante la dictadura franquista".

    En Valencia, entre estos heroicos luchadores que sufrieron prisión, se encuentran los responsables políticos del asesinato de 233 religiosos beatificados por Juan Pablo II. Baste el ejemplo de una de la hazañas de aquellos pobres presos políticos tan brutalmente represaliados por Franco: El caso de la familia Ferragud. Las hermanas María Jesús, María Felicidad y María Verónica Masiá Ferragud, eran momjas clarisas capuchinas de Agullent, y Josefa Masiá Ferragud, agustina descalza, todas ellas asesinadas junto con su anciana madre, María Teresa Ferragud Roig, intrépida mujer de Acción Católica, que tenía 83 años. Ésta fue detenida en compañía de sus cuatro hijas religiosas, que se habían refugiado en su casa y, ocultas en ella, llevaban una vida de oración junto a su madre. El día de Cristo Rey, 25 de octubre de 1936, fue inmolada, juntamente con sus cuatro hijas. La anciana vio como su casa fue invadida por los milicianos marxistas en nombre de esa “libertad” que reivindica el diputado Cardona. Sus hijas confesaron su condición de religiosas y ninguna quiso renegar de su fe, tras sufrir diversas vejaciones, los “luchadores por la libertdad” cogieron a las monjas para darlas el paseo. La anciana madre dijo: «Donde van mis hijas, voy yo». Delante de ella fueron cayendo una a una sus cuatro hijas religiosas y, al terminar de asesinarlas, le dijeron los milicianos: «Oye vieja, ¿tu no tienes miedo a la muerte?» Pero ella contestó: «Toda mi vida he querido hacer algo por Jesucristo y ahora no me voy a volver atrás. Matadme por el mismo motivo que a ellas, por ser cristiana. Donde van mis hijas voy yo». Los milicianos asesinaron también sin contemplaciones a la anciana.


    Zetapé y la práctica jocosa del ‘socialismo real’

    Resulta que hace calor. Ya, dirán ustedes, estamos en verano. No. El caso es que hace un poco más de lo normal, además no llueve, falta agua y las puntas de consumo de energía son tela marinera, es decir, que a todos nos da al mismo tiempo por poner el aire acondicionado con lo que eso gasta, oiga, que es una barbaridad. Tal es así que a Montilla, ministro de la cosa energética, se le encendió una lucecita en una de esas puntas, como las bombillas que aparecen en los tebeos de Mortadelo y Filemón. Había encontrado la idea genial para solucionar el problema del desajuste entre la oferta y la demanda. Y no pasa por fórmulas para aumentar la producción, eso sería romperse demasiado la mollera. He dicho que había tenido una idea genial, y no es otra que la de promover cartillas de racionamiento de la energía. Es un primer paso, pero ya verán, ya, como vienen otros...

    En un país en el que uno no puede manifestarse porque la policía le detiene por no pertenecer a la uniformidad oficial, en el que la Inquisición Rosa tiene más poder que la mayoría heterosexual, en el que cuentan más los asesinos que las víctimas, en el que la libertad de prensa solo es para Polancone, en el que la independencia de los jueces brilla por su ausencia, en el que las minorías dictan las leyes en contra de casi todos, en el que se agrede a quien discrepa mediante la violencia verbal y, a veces, también física, en el que se reinventa la historia a beneficio de inventario de los que gobiernan, en el que se idealiza lo underground y todo lo que suponga romper las reglas del juego y saltarse las normas... En un país así solo faltaba la cartilla de racionamiento para empezar a someternos a la esclavitud del socialismo real. Lo siguiente será, de la mano de Trujillo, un Plan Quinquenal para la construcción de dachas en algún recóndito lugar de las estepas extremeñas.

    Hemos reinventado a Marx en versión flamenca y patria. Aquel proclamaba la dictadura del proletariado, y esta es la dictadura republicano-hedonista de Carod, Zerolo y Zetapé, que otra cosa no sé, pero de proletarios tienen lo que usted, querido lector, y yo de monjas carmelitas –que no se ofendan-. Hace unos cuantos años Martin Luther King advertía que “se acerca una época en la que un hombre moral no podrá obedecer una ley que su conciencia le diga que es injusta”. Pues ya ha llegado, como los ETs. Llevamos un año de agresión permanente a las conciencias, individuales y colectivas. Al menos en tiempos de la Revolución de Octubre y sus consecuencias posteriores se trataba de que todo el mundo fuera igual... de pobre. Ahora, además, habrá que ser igual de gay, de progre, de republicano... o de lo contrario aplicarán las cartillas de racionamiento. Claro que, como ocurría en la vieja URSS, también hay clases. Seguro que a Zetapé no le racionan el consumo de energía en el Palacio Real de La Mareta, en Lanzarote, donde pasará el presidente las vacaciones de verano con Sonsoles y sus dos niñas.

    Esto del socialismo real está muy bien para los de carné, porque mientras a los demás nos racionan, los supuestos socialistas veranean en palacios, sus esposas tienen asistentes personales, y las amigas modistas y ocasionales niñeras pueden hacer que un vuelo vespertino Málaga-Madrid de Air Europa un domingo se retrase una hora porque la susodicha y compañía llegaran tarde al embarque. En fin, que de la mano de Carod y Zerolo vamos camino, por la senda del socialismo real, de la República Popular Gay y yo, que me siento muy poco monárquico en lo general –y nada gay en lo particular-, en esta tesitura como que me veo más cerca de Letizia que de Zerolo, aunque los dos se escriban con ‘z’. Me van a permitir que cite aquel ardoroso comentario de Ortega y Gasset en 1931 a propósito de la República, “¡no es esto, no es esto!”, que lo dice todo y que bien podría traerse a cuenta de lo que hoy acontece. Zetapé ha decidido hacernos pasar por el aro de esa fatal arrogancia del socialismo y ya verán como acabamos haciendo colas, por lo menos en el Inem.


    Peces Barba. Doctor dañino.

    No voy a hablar de su función como Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo, porque ya se han encargado los interesados en denunciar su juego. Pero no está demás recordar que de aquellos polvos vienen estos lodos. La verdad es que el Rector Peces Barba trabaja a destajo: cuando no ofende a las víctimas, reprime a los universitarios que no comulgan con su credo, y cuando le queda tiempo ataca a la Iglesia, institución que ocupa desde hace años sus peores pesadillas.

    Su última intervención no desmerece de tantas sábanas en El País, e incluso de alguna “tercera” de ABC, en las que tacita a tacita, ha ido destilando su conocida opinión sobre la inconstitucionalidad flagrante de los Acuerdos entre la Iglesia y el Estado, o su denuncia del terrible peligro que para las democracias occidentales suponía un señor vestido de blanco que se llamaba Juan Pablo II. Ahora Peces confiesa que los socialistas cometieron un error (pero no teman, fue por grandeza de espíritu y eso tendrá su recompensa) al aceptar que la Constitución mencionara la especial relación que debía mantener el Estado con la Iglesia católica: según él, así se abrió la puerta al neo-confesionalismo, del que tenemos sobradas muestras en nuestros días. Tiembla el Rector de la Carlos III, guardián de las esencias del Estado laico, ante los destrozos que puede provocar a nuestra joven democracia una jerarquía eclesiástica empeñada en anunciar el Evangelio y sus consecuencias morales, y ante el germen de caos social que pueden sembrar esos católicos montaraces que se empeñan en presentarse como tales en público. Hasta aquí la ironía, punto y basta.

    Aún tenemos memoria para recordar que este amante de las libertades negó un mísero espacio para que los estudiantes católicos pudiesen disponer de una capilla en su moderna universidad. Y tenemos fresca su reacción cuando un grupo de maleantes agredió al historiador Pío Moa mientras intervenía a invitación de un grupo de alumnos de la Universidad que él preside: ni una palabra de solidaridad con el agredido, sino la advertencia que de ahí en adelante controlaría qué personajes entraban en “su” Campus. Que yo sepa, el debate abierto (¡cuánto más en sede universitaria!) forma parte de la esencia de la democracia, y la expresión pública de la propia identidad cultural, religiosa y política de las personas y de los grupos, es una de las grandes conquistas de este sistema político. Con su proverbial sectarismo, Peces Barba es una rémora para la democracia de cada día, esa sobre la que pontifica en sus escritos.

    Por el contrario, el reconocimiento constitucional de la relevancia histórica y social de la Iglesia Católica en España no es una amenaza para nadie. ¿O es que el Rector Peces considera poco democráticos los ordenamientos políticos británico y escandinavo, por poner algún ejemplo? Más aún, el reconocimiento político, cultural y mediático de que el catolicismo es uno de los elementos vertebradores de la realidad española, y de que no debería ser gratuitamente vejado sino cordialmente escuchado, suministraría una buena ración de oxígeno al enrarecido ambiente en el que estamos sumidos desde que un alumno de Peces Barba (no sabemos si aventajado o repetidor) asumió la gobernación de nuestro país. Desde la transición, no habíamos vivido un clima semejante de acoso y derribo a los valores de la tradición cristiana, ni un intento de recorte del espacio público para los católicos como el que ahora se perfila en todos los campos. Y es precisamente ahora cuando Peces Barba hace sonar las alarmas ante una supuesta amenaza neo-confesional. Vivir para ver: ahora resulta que los paladines del librepensamiento se escandalizan porque los obispos invitan a ejercer la objeción de conciencia; ahora vemos que los campeones del pluralismo no aceptan lo que se sale de la partitura que ellos escriben.

    En vez de malgastar sus energías intelectuales en aventar fantasmas y en constreñir libertades, haría bien el Rector en sumarse a la reflexión de sus mejores colegas sobre la crisis de esa modernidad que tanto le encandila. Y ya que celebramos el bicentenario de Alexis de Tocqueville, sería bueno que repase sus advertencias sobre los monstruos que puede incubar un sistema democrático cuando se vacía de contenido ideal, cuando se seca su debate interno y cuando el despotismo de la mayoría sustituye al pluralismo cultural que debe alimentarlo.


    Cheques en blanco manchados de sangre

    Que Rodríguez Z. haya convencido o comprado a Fernando Savater –hay muchas maneras de comprar a un filósofo–, para el caso da lo mismo, porque lo que dice Savater es estropajo. Lo que dice él, como lo que dicen los ministros, el PSOE, su pareja cupletista Pradera, algunas asociaciones de víctimas –coartada para no manifestarse contra el Gobierno el 4 de junio–, es mucho peor que un cheque en blanco, o pedirnos confianza ciega y servidumbre voluntaria; es sencillamente una mentira.

    Sus argumentos pueden resumirse así: ¿para qué protestar contra negociaciones con ETA, puesto que no las hay ni las habrá? Zapaterito lo ha prometido. ¿Qué se ha votado entonces en el Parlamento? Cuando les tiras de la lengua, matizan: "No las hay, ni las habrá, mientras ETA no deposite las armas y renuncie al terrorismo". Y a renglón seguido viene el chantaje habitual: ¿no es lo que todos queremos, que reine la paz y la concordia en el País Vasco? Los que se oponen a esa "paz" son más criminales que los terroristas.

    Contradiciéndose con desparpajo, los mismos, fingiendo olvidarse que han afirmado que no hay ni habrá negociaciones con ETA, argumentan que, puesto que las hubo con el Gobierno de González y el de Aznar, ¿por qué no las podría haber con el actual?

    Aceptando un instante esa falacia –porque viajar a Argel, y a Zurich, no es lo mismo que viajar a Perpiñán, ¿visto?–, se les puede devolver el argumento afirmando que son precisamente los desastrosos resultados de esos anteriores "encuentros" los que nutren, entre muchas otras cosas, nuestra desconfianza y nuestro rechazo de la embustera demagogia "pacifista" actual, que no logra disimular la voluntad de rendición. Además, los resultados de esas "conversaciones" anteriores son muy diferentes.

    En el caso de Felipe González, recuérdese que estaba entonces en plena luna de miel socialista con François Mitterand, y tras el fracaso de Argel ambos demócratas humanistas organizaron los asesinatos del GAL, siendo comisarios de la policía francesa quienes contrataron a matones a sueldo del hampa para llevar a cabo esa gesta heroica de la que González, en libertad condicional desde entonces, se enteró por la prensa, y Mitterand por la tele.

    El Gobierno de Aznar reaccionó de forma radicalmente diferente, impulsando una lucha firme y resuelta contra la banda terrorista pero con el más absoluto respeto de la legalidad democrática. Y no sólo resultó eficaz contra los asesinos etarras, sino que logró el apoyo político del PSOE en el Pacto Antiterrorista.

    Y algunos exigen ahora que el PP dé su apoyo a un pacto proterrorista. Porque, dejémonos de tonterías, ¿alguien se cree de verdad que ETA va a rendirse sin condiciones? ¿Que va a entregar sus armas y sus bombas y disolver sus comandos a cambio de nada? Eso, ni Zapatero se lo cree ni el PNV lo aceptaría.

    Y ETA ¿qué dice? Lo de siempre, pone bombas. Es su "discurso del método" habitual. La de Madrid, el pasado miércoles, fue de mayor gravedad que las otras recientes, y pese a los chorros de agua turbia de los bomberos-pirómanos sociatas, lo que dicen está clarísimo: "No nos disolvemos, ni abandonamos las armas. Somos y seguiremos siendo los protagonistas de todo". Y como constituyen la más minoritaria de las minorías en el País Vasco, su única arma es el terrorismo, o sea el miedo. Y está visto que es un arma que funciona a las mil maravillas con el Gobierno actual, y no sólo en relación con el terrorismo etarra: lo mismo ocurre con el islámico.

    El PNV se beneficia, evidentemente, de este chantaje, presentando el suyo, tan semejante: "Si queréis el 'fin de la violencia' tendréis que aceptar el Plan Ibarreche", o sea la independencia. Hipócritamente, presenta su objetivo –el mismo que ETA– como algo que se puede lograr de forma consensual y negociada, pero, de hecho, con las bombas de ETA como espolón y el miedo como estiércol. Y Rodríguez Z. y sus secuaces se muestran dispuestos a todas las concesiones, a todos los abandonos. Y si aún aparentan remilgos y pronuncian discursos hipócritas es porque saben que la inmensa mayoría de los españoles no está de acuerdo, y que ese desacuerdo también existe en sectores del PSOE. Tienen que traicionar con precauciones, porque el apoyo incondicional de El País no basta.

    A veces me entran ganas de escribir lo que tantas veces he oído en conversaciones privadas: "¡Pues que se vayan y se pudran de hambre vascongada en su rincón!". Pero no sólo sería, a fin de cuentas, cobarde, sino inútil, porque incluso si el País Vasco obtuviera embajador en la ONU, pongamos, no cesaría su guerra sucia hasta conquistar Navarra, las regiones vascas francesas y obtener la energía nuclear tan "pacifista" como la de Irán. No, no hay más remedio que reanudar la política firme, emprendida ayer por el Gobierno Aznar, que logró bastantes buenos resultados. No hay más solución que liquidar a la banda terrorista, sin doblegarse ni mentir a la gente.


    LA FUERZA DEL RESENTIMIENTO. El Plan Zapatero.

    El presidente de la sonrisa, entre boba y malvada, ya tiene su lugar en la historia de los grandes dislates. Ningún otro vencedor se rindió jamás en el último minuto de la batalla. Pero esa batalla y esa rendición nos están haciendo olvidar lo esencial: cuál es el proyecto de ese hombre para España. Suyo y de sus socios: lo comparten, por eso son socios.

    Ya es hora de que los disciplinados columnistas paraoficiales dejen de disculpar al jefe del Gobierno atribuyendo sus actos a la presión de ERC, de Maragall o del PNV, porque él padece las mismas taras ideológicas. Hora de que dejen de hablar de paz, porque no es paz lo que se está buscando ni lo que se está construyendo. Lo esencial es aquello de lo que no se habla: el Plan Zapatero. Que se parece al Plan Ibarreche y al Plan Guevara y al Plan Carod. Como cuatro gotas de agua.

    No hay un Plan ETA. Para los planes están los políticos. Ellos, los patriotas vascos, no son políticos: como Mussolini, como Lenin, como Castro, como Hitler, están más allá de la política: son revolucionarios. Y lo que se espera de un revolucionario es que haga la revolución, que cambie radicalmente la sociedad. No es necesario que tome el poder: basta con que presione lo suficiente para justificar que lo tome otro.

    Carod ha sido claro en Israel. No ha dicho casi nada, pero es como si lo hubiese dicho todo. Reclamó su bandera –textual: "Mi bandera", eso sí lo enunció–. Frustró el homenaje a Rabin. Colaboró, en cambio, al éxito del homenaje a Arafat, voluntario y en el que "su bandera" orló un retrato del terrorista difunto. Imagino que las autoridades israelíes ignoraban la petición hecha al Congreso por ERC de que se congele la cooperación científica y técnica con Israel y se inste a la UE a hacer lo propio, como se lee en ideesxavui.tk.

    Maragall le secundó en todo momento. Juntos jugaron a ponerse una corona de espinas y hacerse fotos. Estaban contentos, tal vez por el éxito de su texto oficial de historia, negacionista y propalestino. Los dos sentaron plaza de judeófobos. También de cristianófobos. El embajador de Zapatero, que no de España, se apresuró a retirar la bandera de todos, a garantizar que sólo estuviese la de Carod, quien consiguió así dos cosas: ofender a España y apropiarse de Cataluña. Antisemita, anticatólico al estilo FAI en días serenos, antiespañol. Algunos se preguntan en virtud de qué perverso mecanismo legal un señor cuya mayor ambición declarada es no ser español alcanza a gobernar en España: debieran saber que no es legal la cuestión, sino política. No gobierna porque pueda en términos electorales, sino porque le dejan.

    El Plan Zapatero, el de ese señor que se pasó más de una década en silencio en el Congreso y en su partido, pertenece legítimamente a quien le dio los votos necesarios para que se convirtiera de la noche a la mañana en secretario general: Pasqual Maragall. Fue Maragall quien le hizo candidato para unas elecciones ganadas a costa de doscientas vidas y una sucesión de acciones de cariz golpista, mensajes a móviles, mentiras evidentes, ataques a locales del PP perpetrados por quién sabe quién, información privilegiada.

    Es Maragall el que sostiene, en contra de la parte sana y decente del PSOE, a un Gobierno de vocación totalitaria, que prescinde de una oposición que representa a la mitad del país, que hace detener a militantes populares por agresiones a un ministro que nunca existieron, que se burla del problema de la vivienda, que condena a la sequía eterna a extensas zonas del país –España es un país, recordémoslo–, que pretende legitimar en solitario el terrorismo, que interfiere en la vida de los católicos y facilita la de los musulmanes, que deroga todo lo derogable del Gobierno anterior, es decir, deshace todo lo hecho, sin consideraciones previas, sólo por ser obra de otro.

    El Plan Maragall es el Plan Ibarreche: irse de España. Sin irse. Sometiéndola. Colonizando políticamente lo que ellos llaman "el resto del Estado": cada uno de nosotros, los distintos, los manifiestamente inferiores. Los que Sabino Arana estimaba menos inteligentes, menos trabajadores y hasta menos viriles. En el fondo de su alma, lo tuerzan como lo tuerzan, Maragall, Carod, Ibarreche y los suyos son trágicamente etnicistas. Ibarreche a la manera tradicional, que Antonio Elorza ha destripado con solvencia en su último libro, Tras las huellas de Sabino Arana. Los orígenes totalitarios del nacionalismo vasco: los vascos somos todos nobles, laboriosos y sexualmente correctos porque tenemos la sangre limpia.

    Por parecidos derroteros iban Valentí Almirall y otros padres del nacionalismo catalán. Como contrapartida, no menos etnicista, Blas Infante daba rienda suelta a una arabofilia que tenía más de la fantasía de Washington Irving que de conocimiento siquiera somero del Islam. Pero ya se sabe que el nacionalismo andaluz no entra en estas cuentas, porque Ben Laden se ha hecho cargo de las reivindicaciones pertinentes.

    La tragedia, por el momento, no es el desmembramiento de España, sino su sumisión a los intereses de las castas dirigentes de los territorios en los que habita la quinta parte del pueblo español. El desmembramiento llegará, lo están buscando, tal vez por hacer más eficaz y rentable esa política con una fiscalidad separada, con capitales ya no españoles invertidos en España.

    Por otra parte, hace siglos que Francia y Alemania desean una España desgarrada, débil y aislada. La única posibilidad de sobrevivir dignamente que hemos tenido en mucho tiempo, la consolidación de las alianzas transatlánticas, también ha sido despreciada y derogada por Zapatero, quien eligió "volver a Europa con humildad".

    Maragall y Carod lo están disfrutando. El primero, porque es el adalid del nuevo régimen en nombre de su vieja casta. El segundo, con el entusiasmo del converso, tras abdicar de apellidos paternos en busca de una limpieza de sangre que no posee, feliz de ser aceptado en la corte. Quien no comprenda en Cataluña por qué este individuo quiere limitarle a una lengua y extirparle la otra, que mire su rostro bajo la corona de espinas que sostiene con cuidado de no pincharse y sin que le toque la frente: su ancha sonrisa de resentido satisfecho.

    De todas las pasiones del ánimo, incluida la locura amorosa, el resentimiento es la que más desgracias ha generado en la historia. El siglo XX, antes que el de los fascismos y que el del comunismo, ha sido el siglo del resentimiento. Resentimiento sublimado en la Evita de la opereta o resentimiento desnudo en el violador nazi de jóvenes judías universitarias. Pero resentimiento al fin. Lo único que le queda a gran parte de las izquierdas.

    El Plan Zapatero es el plan del resentimiento. Él no habla con señoritos: en su ignorancia, cree que el PP es un partido de señoritos, que España es cosa de señoritos y que los señoritos son fascistas por naturaleza. Él habla con gente sencilla como Otegui o como Maragall, como Carod o como Ibarreche, a los que tal vez imagine como muestras del español medio, el uomo qualunque de este país que aún es España. Y que, tal vez por un oscuro deseo de dejar de ser personas corrientes, comprobado como está que ya no pueden ser héroes ni santos ni genios, se conformen con dejar de ser españoles. Es el derecho colectivo que reclaman, en el supuesto de que existan derechos colectivos.


    Los IDUS DE MARZO ó LA SOMBRA DE LA MASONERÍA ES ALARGADA .

    La noche del viernes día 12 de marzo, hubo unas “curiosas” llamadas de la juez antiterrorista francesa Laurence Le Vert a Margarita Robles, ex-Secretaria de Estado de Interior de Felipe González entre 1994 y 1996, comunicándole que al día siguiente se iban a producir detenciones de islamistas por los atentados del día anterior; Margarita se lo comunicó rápidamente a “Pepín” Blanco, que se encontraba cenando con Rubalcaba y otros miembros del PSOE.

    Le Vert citó como fuente “a los servicios secretos españoles” (M-20-IX); aunque después se ha sabido que el intermediario directo fue su marido, que es el “grado 33” del Gran Oriente Francés (César Vidal en la COPE).

    En “Diálogos en Libertad” (LD del 2-III-05) Federico Jiménez Lozanitos dijo “En el Ministerio del Interior, hasta Mayor (Oreja), hubo un masón que se consideraba el enlace de la izquierda francesa con la española en esas oscuridades y que fue denunciado por Pasqua”.

    Por cierto, en la tertulia radiofónica del programa de la COPE “La tarde con Cristina”, del día 4-V-04, se debatió ampliamente sobre la pertenencia de Rubalcaba a la masonería; esta información se amplió días después con la precisión de que Rubalcaba pertenecía a la misma logia que Miterrand.

    Quizás por todo ello, un internauta denominado John Howell opinó así el 24-4-2004:

    11-M UN CNI PARALELO?: “Por supuesto que hay otro CNI PARALELO, el de los masones obedientes al gobierno mundial que tienen como apoderados mayores de la finca-España a Polanco (“un psicópata del club de Bilderberg, ... Polanco, verdadero poder ómnimodo, en la sombra “) y Gonzalez”.

    La noche del 8 de julio, Álvaro Cuesta (M-18-VII-04), representante del PSOE en la Comisión de Investigación del Congreso, amenazó diciendo que si los populares continuaban con su pretensión de que testificaran los confidentes policiales Rafá Zouheir y Emilio Suárez Trashorras ellos harían venir a la ex-Delegada del Gobierno en Asturias, Mercedes Fernández. Al hilo de estas y otras actuaciones similares, Múgica llega a decir que: “existe en estos momentos en la cúpula del Partido Popular una especie de gran desconcierto; resulta cada vez más claro que cualquier tipo de trama que posibilitara el 11/14-M no pasa por un solo partido político”. Por acción u omisión, antes o después del atentado, añadimos nosotros.

    En sintonía con estos acontecimientos, aunque de forma velada, Ansón llegó a redactar la siguiente “Canela Fina” (R-27-X-04): ”Con cierto tufillo masónico...ahora, en España, tras la victoria mediática de Zapatero en las elecciones teñidas por la sangre del 11-M, el nuevo Gobierno ha desencadenado una persecución contra la Iglesia Católica sin precedentes en la democracia española y que tiene un cierto tufillo masónico, al estilo de hace siglos : los matrimonios homosexuales, la adopción de niños por los “gays”, el divorcio exprés, el aborto libre, la eutanasia en ciernes, la protección absurda a otras religiones incompatibles con los derechos humanos y nuestra Constitución, la incesante propaganda antirreligiosa en los medios de comunicación públicos, las campañas de descrédito contra algunos obispos, las terminales anticatólicas activadas en los más variados sitios, la liquidación del estudio de la religión en las escuelas y otras muchas medidas.....”.

    Habría que añadir los pactos con los independentistas y las múltiples concesiones, y otro largo etc de actuaciones en contra de la “España tradicional”, del mismo “tufillo” secular (muy en la línea de la “Directiva” dada por Alfonso Guerra de que “a España no la conozca ni la madre que la parió”).

    En un penúltimo apunte, a continuación resumimos una entrevista a Ricardo de la Cierva (Semanario ALBA, 12-V-05)

    Pregunta: Otro fenómeno que Vd. ha estudiado a fondo es el de la masonería. Es ésta una de las sociedades ocultas que más ha influido en la Historia de los últimos siglos. ¿Lo sigue haciendo ahora?.

    Respuesta: Muchísimo.

    P: ¿También en España?.

    R: También.

    P: ¿Son algunas de las políticas del Gobierno Zapatero de inspiración masónica?.

    R: Todas. Éste es un Gobierno masónico como el Grupo Prisa es un grupo masónico. Y conste que tengo una buena amistad con el señor Polanco, así que no es nada personal. Pero tengo que decir la verdad. La política ferozmente anticristiana y anticatólica de Zapatero en temas como las relaciones con la Iglesia, el ‘matrimonio’ homosexual, la reforma educativa, etcétera, está dirigida a erradicar la influencia de la Iglesia en la sociedad. Eso es la masonería.

    P: ¿Tiene pruebas?.

    R: Si… Y no le digo más.

    Y con relación a atentados del pasado, copiemos lo que dice Pío Moa de uno de ellos en su libro Una historia chocante; Los nacionalismos vasco y catalán en la historia contemporánea: “Cánovas murió asesinado en 1897 por un anarquista italiano tras cuya mano siempre se ha sospechado al independentismo cubano y a la masonería (y a Norteamérica, añadimos nosotros, seguramente por medio de aquella); el asesino, Angiolillo, había tenido trato con el independentismo cubano a través del puertorriqueño Emeterio Betances, y había sido encubierto, en Madrid, por el republicano Nakens, que más tarde encubriría también a Mateo Morral cuando éste perpetró la carnicería de la calle Mayor, en 1906, con unos 30 muertos y cien heridos y mutilados; aunque entre ellos había fuertes desavenencias políticas, Nakens, Betances y Morral, probablemente también Angiolillo, coincidían en su pertenencia masónica”.


    Nuevo socialismo. ¿En qué cree la izquierda?

    La pretensión del socialismo de Zapatero es construir la identidad de la izquierda desde el poder. La cadena de contrarreformas y propuestas –crispantes en su mayor parte–, las alianzas con los partidos antisistema, y el cuestionamiento del modelo de Estado responden a un interés, evidente, y a un sistema simple de ideas.

    El socialismo gobernante ha asumido los contenidos del movimiento antiglobalización. Así, abomina del “neoliberalismo” y apoya los nacionalismos integristas, el antiamericanismo, el ecologismo radical y la limosna oficial del 0,7%. La intención es que los electores confundan el socialismo con un sentimiento humanitario universal, lo que es, a todas luces, demagógico, falso e inoperante, como ya denunció Raymond Aron. Los discursos de Zapatero aparecen, entonces, engalanados de eslóganes huecos como “ansia infinita de paz” o “alianza de civilizaciones”, que, en la práctica se traducen en la venta o el regalo de armas.

    El socialismo se entiende como la fórmula cumbre de la historia de la Humanidad y, por tanto, debe reordenar la memoria de los españoles. De ahí su interés por reescribir la historia de España, vencer en la guerra civil a pesar de que terminara hace 66 años, e iniciar una segunda Transición saldando cuentas. La izquierda española tiene, desde Mayo del 68, un terrible complejo de “revolución pendiente” que, en la realidad, no busca el desarrollo material, cultural y político del país, sino la configuración de la nueva sociedad en orden a los ideales socialistas, que les permita perpetuarse en el poder.

    Para su idea de nueva sociedad es vital borrar algunas de las señas de identidad de lo español: la idea de nación y la base cristiana. Zapatero se ha erigido, así, en el defensor de la España plurinacional, de lo que se deduce la inexistencia de la nación española, concepto que, junto al de “patria”, ha desaparecido de su discurso. El laicismo y el relativismo moral, por otro lado, tienen su reflejo en la ley para emprender la demolición calculada de los valores tradicionales. En el caso del “matrimonio homosexual”, no se trata tan solo de reconocer y garantizar los mismos derechos a todos los ciudadanos –que es la base de la democracia